La china está cerca: Sanzol angustiado

T de Teatre. Autor y director: Alfredo Sanzol. Escenografía: Alejandro Andújar. Vestuario: Alejandro Andújar y Adriana Parra. Iluminación: Carlos Lucena. Intérpretes: Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca. Fecha: Viernes 26 de abril. Lugar: Teatro Central. Aforo: Tres cuartos.

Una oficina ocre y en su punto de descomposición. Recordaba a los no-lugares de otro tragicómico, el sueco Roy Andersson, quien seguramente hubiera adornado el gran ventanal del fondo con un edificio cimbreándose o una grúa en pose destructora. En ese espacio deprimente y opresivo, que a veces abusará de nuestra imaginación para convertirse en otros lugares con menos gancho, ocurre lo mejor de Aventura!, híbrido cómico-moral con el que Sanzol parecía haber abandonado la estructura de amalgama de sketches que lo había hecho famoso. No fue del todo así, pues la unidad de la obra, de esta parábola sobre nuestros días de crisis económica, visiones apocalípticas e infame relajo moral, se atomiza en células, pequeños y constantes apartes en los que se continúa ejecutando el arte de la microescena, buscándose el equilibrio entre relámpagos. La impresión, sin embargo, es que la obra funciona, sobre todo, en la duración, con el elenco completo en escena o sujeto a las fuerzas horizontales que marcan sus coreografías de entrada y salida, y se atasca cuando pretende erotizar ese espacio fragmentándolo.

A Sanzol, en Aventura!, le salva la filosofía y le traiciona la moral. Quizás le pierda, sería lógico por otro lado, la necesidad de transmitir su asombro y miedo ante la zozobra que nos acorrala, pero da la sensación de que lo que mejor funciona es lo que se siente menos calculado, lo más impulsivo y natural. Es decir, que más que la deriva mametiana, esa oscuridad algo predecible que se instala en la atmósfera narrativa, nos gustó su condición de provechoso diagnóstico del más palmario de nuestros males, la crisis de lenguaje. El límite de nuestro lenguaje es el de nuestro mundo, dijo el joven Ludwig, y nuestro mundo futuro se atisba delirante, hiperbólico, cenagoso, desesperado, triste, ¿revolucionario?

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