Crítica de Teatro

Más ideas y menos sensibilidad

No le viene bien a los responsables de la obra que el último jalón en el imaginario del universo chatterleyano fuese la carnal y elegante película que dirigiera además una mujer, Pascale Ferran, que sí que supo mostrar lo que un cuerpo puede. Aquí han sido dos hombres los que han inventado una secuela judicial al caso de adulterio con la intención de proponer, sin excesivas complicaciones ni ambigüedades, un sentido homenaje a las mujeres del mundo ("las que fueron, son y serán"; sic.).

No se invierte demasiado, más allá de la funcional y a priori atractiva escenografía de Sean Mackaoui (estructuras de metal que sugieren cimientos mínimos pero inamovibles), en El lunar de Lady Chatterley, que apuesta todo su tiempo en el muy cinematográfico cronotopo "del alegato": el lugar y el momento en el que la mujer, condenada de antemano por la sociedad, puede al menos resarcirse tomando la palabra y, como aquí ocurre, adjetivando (coloreando a fin de cuentas) lo que la miopía de la sociedad patriarcal sólo vislumbra en un sepia ordenado y absurdamente jerárquico. Esa hora de discurso, cortocircuitada por breves y poco conseguidas fugas verticales, brinda la arcilla que Ana Fernández debe ir poco a poco calentando para irle sacando formas.

Y con todo en contra, con un texto previsible, autocomplaciente y anacrónico, no sale del todo mal parada; proyectando mejor la palabra que el gesto, impecable en el increscendo solitario al que le obliga la obra, pero perdida al ceder el "monólogo de celda" que esto debiera de haber sido a un diálogo con sombras.

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