El miedo o la ficción

Mucho se ha escrito estos días sobre la necesidad y la valentía de una película como Todos estamos invitados. Estamos de promoción. Poco, muy poco, de los métodos y las formas que la convierten en un producto de ficción necesariamente más interesante y efectivo que un buen artículo periodístico o un reportaje televisivo.

El asunto que se trata es grave e importante: el clima de miedo que se vive en el País Vasco como consecuencia de la amenaza terrorista de ETA y sus implicaciones sociales. El propósito, loable: denunciar y visibilizar la realidad cotidiana de los amenazados, el día a día en su círculo más íntimo, laboral y familiar, los intrincados y complejos lazos y silencios que han generado una atmósfera irrespirable. Hasta ahí podemos ponernos de acuerdo y simpatizar sin demasiadas disidencias con las tesis del guión que firman el propio Gutiérrez Aragón, Ángeles González-Sinde y el periodista José María Calleja.

El problema llega, una vez más, ya hemos perdido la cuenta, a la hora de plasmar esas intenciones, ese discurso, en una ficción que se sostenga y le sea fiel en fondo y forma sin contradecirlo, distanciarlo, banalizarlo o anularlo directamente.

Todos estamos invitados fracasa irremediablemente en su intento, y no exactamente por escindirse del relato realista para torcer, como en otras cintas de Gutiérrez Aragón, por el camino de la fábula. Hay en esta cinta una irrefrenable tendencia a convertir el discurso de la realidad, incluso cuando se abre en clave metafórica, en una sucesión de estereotipos, tópicos y esquemas narrativos o dramáticos. Hay también, Gutiérrez Aragón no fue nunca un fino estilista, una palpable pobreza de ideas de puesta en escena (¡esas conversaciones de comedor con turno de palabra, esas ridículas confesiones de pareja!), palmarias limitaciones interpretativas (valdría la de Coronado como muestra) y otros serios problemas estrictamente cinematográficos.

Podemos entender la deriva metafórica de una historia protagonizada por un etarra amnésico (Jaenada), un profesor universitario amenazado (Coronado) y su pareja, una terapeuta de origen italiano (Vanessa Incontrada) que, supuestamente, aporta la mirada externa. Podemos también pasar por alto la dinámica forzada de un guión que, a pesar de su flujo interno, no renuncia nunca a una equitativa literalidad sociológica. Resulta ya mucho más problemático pasar por alto la falta de encaje de todos estos elementos y obviar la ausencia de tensión y profundidad en una historia que la pide a gritos, el continuo trasvase ideológico a los diálogos o soliloquios en voz alta de los personajes, la incapacidad, en definitiva, de Gutiérrez Aragón, para articular y dar forma convincente a sus aspiraciones y materializar un lenguaje cinematográfico capaz de abrazar la realidad y la fábula a un mismo tiempo, en un mismo trazo. Este importante desajuste acaba convirtiendo su película en una indeseada parodia de sí misma, en una acartonada y estereotipada caricatura que contradice el vuelo lírico y la solemnidad política y cívica de su discurso. Lo que nos demuestra, una vez más, que el cine es ante todo y sobre todo una cuestión de formas y de saber cómo usarlas.

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