Una mujer entre dos mundos

En una ocasión le preguntaron a la reina qué amor se debía escoger con preferencia, si aquel de un hombre joven o el de alguien ya avanzado en años. Leonor respondió, sin dudar: "el amor, bueno o mejor, nunca se mide por la edad, sino por la cualidad del hombre, la honestidad y la delicadeza de sus costumbres; sin embargo, por un instinto natural, los hombres jóvenes prefieren generalmente entregarse al amor de las mujeres maduras..., y al contrario, los hombres mayores prefieren la compañía de las doncellas y sus besos...; en cambio, una mujer, no importa que sea joven o de más edad, busca sobre todo los favores de los hombres jóvenes...".

La mujer que hoy nos sorprende con esta libertad y desenfado, rompiendo esquemas sobre una Edad Media atrasada y oscura, se llamó Leonor de Aquitania. Casó con los dos reyes más poderosos de la Cristiandad, Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra, y concibió, a su vez, una estirpe inolvidable de príncipes, cuya sola mención (Ricardo, Enrique, Guillermo) evoca en nuestra memoria el mundo de los torneos y la épica de las Cruzadas. ¿Pero quién fue realmente esta mujer del Mediodía y, sobre todo, por qué caminos se decidió su impar destino?.

Régine Pernoud, la gran medievalista y escritora francesa, se sintió atraída, desde muy pronto, por ella. No fue, desde luego, la primera, ni la única, pues la gran Dama del siglo XII, sedujo por igual a historiadores ingleses y franceses, desde el romanticismo. Sin embargo, la Pernoud tenía unas cualidades innatas para la divulgación histórica, asentadas en el rigor de su experiencia de treinta años en los archivos nacionales franceses, y demostradas en sus inolvidables biografías femeninas: Juana de Arco (1959), Eloisa y Abelardo (1970), La Reina Blanca -sobre Blanca de Castilla, nieta de Leonor y esposa del rey San Luis de Francia- (1972); y en un libro de conjunto, La mujer en la época de las Catedrales (1980), en el que defendía la tesis de que la mujer, liberada del yugo del derecho patriarcal romano, gracias al cambio de costumbres que introdujo el Evangelio, llegó a gozar de apreciable autonomía de decisión; una época feliz que inauguró la reina Clotilde, en el siglo VI, y concluyó la propia Leonor.

En la heredera de la Casa de Aquitana se reúne, en efecto, toda la cultura anterior. El saber de los monasterios y el de las cortes feudales, antes de que la Universidad, el Clero y la propia Monarquía pusieran punto final a estos siglos, mal conocidos, de envidiable libertad para la mujer. Leonor, desde luego, hizo valer su fuerte personalidad, en todas las etapas de su vida, sobreponiéndose, a menudo, a situaciones adversas. Casi siempre actuó con prudencia y sentido de gobierno, salvo en los años locos de Paris cuando, por un capricho, estuvo a punto de provocar una guerra (se evitó por la mediación de Bernardo de Claraval que amonestó a su marido, el rey Luis). Pero, entonces, ¡acababa de cumplir veinte años!

En su época de madurez, como reina ya de los ingleses, después de su matrimonio con Enrique II Plantagenet, ejerció como firme gobernadora, en paridad con su marido: redactaba actas en su propio nombre, se hacía rendir cuentas e impartía justicia solemnemente el día de Navidad. Fueron años plenos y felices, en los que concibió hijos príncipes y una niña, la infanta Juana. El resto de la historia es más conocida, por muchas veces filmada en inolvidables películas: el distanciamiento de su esposo, la identificación con el destino de sus hijos y, sobre todo, con Ricardo, su bienamado, que no regresó de Tierra Santa. Más tarde, vendría la guerra y la desmembración del reino.

Si no se cumplieron los planes juveniles de la reina que quiso reunir las dos Coronas, esta mujer consiguió algo más valioso y duradero para la cultura occidental: unir el mundo de su Aquitania natal, de raíz romana y cristiana, con la Galia del norte y su ancestral cultura de magos y de guerreros. Las mejores páginas del libro de Régine Pernoud están dedicadas a esta Reina de los trovadores que desde el Poitou, por caminos enfangados y sombríos bosques, llevó la cultura del amor provenzal hasta las tierras frías de los normandos. Allí se escucharon, por vez primera, los templados cantos de Marcabrú, y Bernat de Ventadorn, facilitando una extraordinaria ósmosis con el material folclórico céltico (bretón, galés e irlandés) de la que salió el milagroso destilado del roman artúrico.

Régine Pernoud. Traducción de Isabel de Riquer. Editorial Acantilado. Barcelona, 2009. 332 páginas. 22 euros

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