Crítica de Cine

Ningún niño, incluido el que fuimos, debe perdérsela

El oso Paddington, en una imagen de la película de Paul King. El oso Paddington, en una imagen de la película de Paul King.

El oso Paddington, en una imagen de la película de Paul King.

Una de las excelencias de la literatura inglesa es su extraordinaria nómina de autores de libros para niños y jóvenes, desde los grandes Stevenson, Kipling o Dickens, el complejo Lewis Carroll y el extraordinario James M. Barrie -padres de Alicia y de Peter Pan- o los monumentales Tolkien y Lewis hasta los encantadores y amables Beatrix Potter, Alan Alexander Milne, Kenneth Grahame, Enid Blyton, P. L. Travers, Roald Dahl o Judith Kerr hasta llegar a J.K. Rowling. Sin olvidar a los extraordinarios ilustradores de sus obras. A esta nómina de grandes o encantadores escritores e ilustradores pertenecen Michel Bond (1926-2017) y Peggy Fortnum (1919-2016), creador literario e ilustradora del oso Paddington, cuyo primer libro fue publicado en 1958 y desde entonces se ha convertido, junto al Winnie the Pooh de Milne, en el oso más popular de la literatura inglesa.

Pese a que el escritor y la ilustradora fallecieran a edad muy avanzada hace uno y dos años, pertenecen más al mundo inglés de su infancia y juventud que al actual. Tienen la inteligencia, la amabilidad nunca cursi y el encanto confortable que muchos identificamos con la Inglaterra anterior a los años 60 y que hacen tan atractiva -y hasta adictiva- su literatura. El protagonista es un oso peruano educado como anglófilo por su tía Lucy que, tras no pocas peripecias, llega a la estación londinense de Paddington (mitificándola -estatua de bronce incluida- como Conan Doyle a la estación Victoria o Rowling a la de King's Cross) para encontrarse con una ciudad agresiva que no responde a su idealizada imagen. Hasta que su encuentro con la familia Brown le demuestra que su soñado Londres también existe.

Además de la suerte de encontrarse en la ficción con la familia Brown, el oso Paddington tuvo la de hacerlo con el inteligente productor David Heyman -que se hizo con los derechos cinematográficos de las obras de Bond y de Rowling- y con el guionista y director Paul King, que filmó sus aventuras con la inteligencia, la sensibilidad, el respeto y el cariño de quien sabe la importancia emocional que este personaje tiene para varias generaciones de lectores infantiles. Y que aprecia en las obras de Michel Bond la defensa de "esos pequeños actos de amabilidad que pueden hacer que el mundo sea un lugar mejor". Resultado de ello fue la estupenda Paddington (2014) a la que ahora, afortunadamente, sucede Paddington 2.

Segundas partes aquí no sólo son buenas, sino iguales o incluso superiores a la primera. Si en aquella Nicole Kidman creaba una estupenda mala, aquí Hugh Grant se redime interpretando a un villano que tiene no poco de autoparodia: un actor fracasado y egocéntrico que persigue un tesoro cuya localización está en un viejo libro que Paddington ha comprado para regalárselo a su tía Lucy. Hay gags espléndidos, una comicidad puramente británica -fina, inteligente, irónica-, extraordinarias interpretaciones con Grant y Brendan Gleeson en cabeza, emoción y ternura no pegajosas, sentido de lo maravilloso y lo inocente, homenajes nunca pedantes a Capra, Chaplin, Jerry Lewis, el Gordo y el Flaco o la comedia negra inglesa y una recreación del más encantador Londres -espléndidamente filmado por Erik Wilson y recreado (¡maravilla del libro troquelado!) por el diseño de producción de Gary Williamson- que devuelve intacto todo lo que leyendo o en una sala de cine nos ha hecho amar a esa ciudad. No consientan que ningún niño deje de verla, incluido el niño que fuimos.

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