Maribel Verdú, actriz

"Con el paso del tiempo, todo se magnifica o se cae por los suelos"

  • La intérprete presenta en el Festival de Málaga '15 años y un día', un drama sobre la adolescencia, el perdón y la memoria dirigido por Gracia Querejeta.

En 15 años y un día, la película de Gracia Querejeta que protagoniza Maribel Verdú (Madrid, 1970) junto a Tivo Valverde, Belén López y Aarón Piper, la actriz borda un magistral plano secuencia de seis minutos de duración en el que su personaje, una madre, realiza una confesión ante su hijo herido y en coma de ésas que ponen los vellos de punta. Sólo esa escena bastaría para demostrar que Maribel Verdú, tanto delante de una cámara como encima de un escenario, es una de las grandes. Afortunadamente, hay muchos más ejemplos.

-En 15 años y un día la memoria es un argumento esencial. ¿Cómo se lleva usted con su memoria?

-La memoria es importante, pero también te puede jugar muy malas pasadas. A menudo, conforme pasa el tiempo, le das vueltas a las cosas y lo que parecía haber sido algo de lo más terrible después ya no te parece tan malo. Y al revés. Con el paso del tiempo, todo se magnifica o se cae por los suelos. En mi caso, lo que quiero es tener más memoria durante muchos años para aprender muchos buenos papeles y no olvidarlos, poder evocarlos cuando quiera. A lo largo de mi carrera he tenido la suerte de interpretar textos maravillosos que a menudo me han sido útiles no sólo para mi trabajo, también para mi vida. Pero hay un problema: tengo muy mala memoria.

-¿Le resulta más fácil ahora quemarse menos a la hora de meterse en papeles duros como el de esta película?

-La primera y única vez que me quemé con un papel fue haciendo 27 horas. Me tiré cuatro meses en una depresión profunda a costa de aquel personaje, una yonqui al borde siempre de la muerte. Montxo Armendáriz hizo una película muy gris y muy dura, pero yo no tenía experiencia, era mi segundo largometraje. Después me di cuenta de que no podía dejarme empapar de aquella manera, de que yo era una mujer completamente distinta al personaje y no podía permitir que me invadiera así. Más tarde, con la experiencia, he llegado a la conclusión de que no me merece hacer una película si eso significa tener que sufrir y pasarlo mal. Yo quiero disfrutar de mi trabajo. Imagínate, con todos los dramones que he tenido que tragar en mi vida, si no lo pensara así todo el mundo tendría que ir dándome el pésame a todas horas. Ahora, a veces hago una determinada escena y a lo mejor me quedo impactada después durante un rato, pero una vez que el director dice "corten" la vida sigue, y no pasa nada. Ahora soy capaz de concentrarme para meterme en la piel de mi personaje en medio minuto. Y eso es algo grandioso, ¿sabes? Porque, ¿qué somos los actores? Somos grandes mentirosos, pero hay que ser el mejor mentiroso, el más hábil, para que la gente se crea tu mentira.

-¿Cómo se llevan en usted la actriz de cine y la de teatro?

-No puedo vivir sin cine, pero tampoco sin teatro. Yo hago teatro desde el colegio y siempre echo de menos el directo, la adrenalina, ese momento en que todo está en tus manos, en que si hay algún problema imprevisto tienes que decidir tú sola y sobre la marcha. Pero tampoco sabría qué hacer sin las cámaras, sin la tensión del cine, sin los momentos irrepetibles que suceden en un rodaje, por más que haya otros muy aburridos. Del cine me apasiona también la técnica, las secuencias complicadas, los retos que tienes que superar sin que luego se note en la pantalla. Dos de los directores más complejos técnicamente con los que he trabajado han sido Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón. Su complejidad es mayúscula, mucho más que la de Coppola, que en realidad se mueve mucho en planos más cortos. Y disfruté muchísimo trabajando con ellos.

-Pero, ¿los rodajes tan técnicos no tienden a deshumanizar la relación que entablan el director y sus actores?

-Es que directores como Cuarón y Del Toro son capaces de llevar adelante una cosa y la otra. Sus retos son muy emocionantes: con ellos no sólo tienes que estar bien como actriz, es que técnicamente todo tiene que salir tal y como ellos quieren. A veces es muy difícil, pero me pone mucho trabajar así, se aprende un montón.

-Al actuar, ¿hace suya la ley de que menos es más?

-He descubierto que las interpretaciones que más me gustan son las que con muy poco lo dan todo. Eso sí, hay que tener cuidado porque tampoco se trata de no hacer nada. Muy al contrario. Es como ese punto en el que si te pasas es un horror y si no llegas la gente se pierde algo. Pero creo que en el cine, especialmente, es preferible no pasarse. En Blancanieves descubrí que una mirada vale más que mil palabras, y eso que mi personaje tenía mucho de caricatura. A veces con un solo gesto puedes decir más que con mucho texto. En una escena muy importante de 15 años y un día, de alto contenido emocional, Gracia llegó a pedirme que lo marcara un poco más. Y lo cierto es que sus instrucciones hacia los actores suelen ir justo en la dirección contraria. ¡Casi no me creía lo que me estaba pidiendo!

-Muchos actores considerarían que han tocado techo con una trayectoria como la suya. ¿Qué ilusiones le quedan?

-Lo que más ilusión me hace es repetir con los directores con los que disfruto, con los que me lo paso bien, con los que no tengo que sufrir, con los que me cuidan. Aunque sí, claro, también quiero trabajar con directores con los que aún no he trabajado.

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