El placer de la pintura

  • El trabajo de Miki Leal, expuesto estos días en Rafael Ortiz, se ofrece a los espectadores como un fantástico estímulo para acercarse a los cuadros y vibrar con sus imágenes

Estamos tan invadidos por las imágenes que apenas somos capaces de ver pintura y vibrar con ella. Por fortuna, los cuadros de Miki Leal (Sevilla, 1974) pueden ser buen antídoto para esta pérdida de sensibilidad.

Vean por ejemplo el gran cuadro titulado Santa Mónica, Bodegón. Sin duda puede verse como una pared llena de carteles. También cabe pensar en Picasso, que ya pintó un Paisaje de carteles hace más de un siglo, y en Rosenquist y su gran mural que pronto cumplirá cincuenta años. Son dos modos de mirar este cuadro: algunos lo ven como réplica de una de esas paredes, tan abundantes en cualquier ciudad, donde envejecen los carteles y otros rebuscan en la historia del arte para rastrear precedentes o paralelos. Son dos miradas razonables, pero las dos dejan atrás el placer de la pintura.

Ese placer que despierta el cuadro puede comenzar con los ritmos. En el cuadro de Leal vienen dados por el contraste entre la pintura del fondo, muy líquida y aplicada en bandas horizontales, y los recuadros de los carteles, concisos, exactos y verticales. A esto se añaden las tensiones entre las figuras: entre el surfista sobre fondo naranja y la gran ola violeta que aparece a su lado, tensión que se apacigua abajo, con el abierto paisaje de fondo amarillo, seguido del óvalo sobre fondo rosa. La alternancia entre las diversas vibraciones contrasta con la solidez del cuadro, del rectángulo donde líneas y pigmentos construyen una firme superficie vertical. A los ritmos hay que añadir el color: el cuadro se ha construido con una gama roja muy diversificada y unos grises con variaciones muy sutiles. En medio, la mancha amarilla del paisaje, color que la mirada atenta descubrirá que se difunde a la izquierda, iluminando algún campo gris o apareciendo en manchas aisladas en apariencia. En tercer lugar, el atractivo de la obra surge de la misma aplicación de la pintura: a primera vista puede parecer descuidada, por la abundancia de chorreones y goteos, pero unos y otros surgen de bandas vigorosas, con lo que adquieren aspectos de vetas que aligeran y hacen fluida la firmeza de la superficie del cuadro.

Si nos paramos delante de un cuadro como éste no es porque nos recuerde a una pared con afiches ni porque nos haga pensar en Picasso o en el pop art, sino por la fuerza del propio cuadro, por la fuerza de la pintura. En la pintura hay al menos dos grandes paradojas. Una de ellas es que siendo algo líquido (por lo tanto débil) y que sólo toca la superficie, es capaz sin embargo de construir espacio con una resolución superior a la de otras formas de arte. La segunda paradoja es que siendo la pintura pura materia y estando por tanto separada de la idea, logra emocionar, despertar recuerdos, estimular el pensamiento.

Las dos paradojas, que son muy responsables de la poética de la pintura, aparecen con mayor claridad en la pintura moderna. A medida que se desdibujan los géneros y se pierden determinadas reglas, crece la osadía del pintor para manejar a sus anchas el color, multiplicar los ritmos y buscar nuevas formas de aplicar la pintura, subrayando unas veces la densidad de su materia y otras su condición líquida. De modo análogo al escritor, que antepone la densidad del lenguaje al contenido de la narración, el pintor extrema su exploración sobre la materia para rastrear nuevas posibilidades poéticas.

Así ocurre también en otro de las mejores cuadros de Leal. Me refiero a La fiesta del surf, situado frente a la puerta de la galería. Aquí las cosas ocurren de otra manera: hay una suerte de enfrentamiento entre un campo de color amarillo, abajo, y otro, arriba, donde los grises vibran continuamente entre el azul y el rojo. Las figuras se conforman por el color, casi perdiéndose en él, o bien se apuntan sólo con un juego de líneas muy firmes. María José Solano, que interpreta acertadamente la pintura de Leal, suele decir que en sus cuadros hay narraciones esbozadas que invitan al espectador a completarlas. Eso es cierto. Pero si el espectador llega a aceptar semejante invitación, es porque la propia pintura lo motiva e impulsa. Asi ocurre también en un cuadro sin duda audaz, La huida. Es cierto que esboza una historia: el hatillo descansando en una rama, el humo del cigarrillo de alguien que no vemos suscitan una historia, pero lo decisivo es el vacío del gran campo de un color difícil de definir, su construcción, a la vez firme y líquida, y los dos discos de luz en el centro.

Podríamos seguir detallando la fuerza de un paisaje como El sueño de Los Pencales o de un excelente cuadro, El baile de la tabla, que puede verse en la oficina del galerista. Pero es preferible que esto quede ya a discreción del espectador. Que sea él quien se deje llevar por el placer de la pintura. No es mal ejercicio.

Miki Leal. Galería Rafael Ortiz (calle Mármoles, 12), Sevilla. Hasta el 20 de julio.

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