La podredumbre básica de norteamérica

  • Diecinueve años después de su publicación en EEUU llega a España la biografía de Jim Thompson escrita por Robert Polito, una cita ineludible para conocer la vida de un grande de la novela negra.

'Arte salvaje. Una biografía de Jim Thompson'. Robert Polito. Trad. Óscar Palmer Yáñez. Es Pop Ediciones. Madrid, 2014. 634 páginas. 28 euros

"Este es un día típico" es el comienzo del capítulo 15 de Aquí y ahora, la primera novela de Jim Thompson (Anadarko, 1906 - Los Ángeles, 1977).

¿Y cómo sería un "día típico" en la vida de este escritor?

El último fue el 7 de abril de 1977. Jueves Santo.

Murió tumbado junto a su mujer, Alberta. Pesaba 35 kilos. Tenía 71 años. Había dejado de comer porque si no iba a poder escribir más -y no podría después de sufrir una apoplejía que culminó una serie de ictus- no quería seguir viviendo. Así que nada de alimentos. Eso sí, se fumó quemándolos hasta el filtro los dos paquetes de Pall Mall que le llevó su hija Sharon el sábado anterior. "Literalmente se mató de hambre", contó Alberta.

Así era Jim Thompson, un tipo que antes de morir ordenó a su esposa que pusiera en regla todos sus papeles, manuscritos, documentos y derechos de autor porque "ya verás, me haré famoso unos diez años después de muerto". La profecía parece la salida bravucona de un desahuciado en el delirio de sus últimos días. En ese momento sus novelas estaban descatalogadas en Estados Unidos y la escuálida asistencia a su funeral -no sólo porque en Los Angeles Times traspapelaron su esquela y la publicaron después- se limitó a una veintena de personas. Habría estado más que justificado que Alberta respondiese a su marido, tan indulgente como cariñosa: "Claro Jim, lo que tú digas". Pero no. El moribundo no exageraba. Llevaba razón. Y diez años después llegó el boom Thompson.

Fue uno de los grandes. Sobre esto no hay nada que debatir. A ustedes les puede gustar o no la novela negra. Y leerla en verano, como programan los mercachifles del negocio editorial. Esto da igual, van a seguir siendo tan (in)felices o tan buenas o malas personas como hasta hoy tanto si es de una manera o de otra. Pero si se consideran lectores del género y pasan de JT es que han sucumbido de hipotermia con alguna trilogía nórdica.

Las historias de Thompson hierven y dejan quemaduras de tercer grado. Su talla literaria es de las grandes. Incluso en sus obras más flojas y menos inspiradas -que las tiene- hay fogonazos de una calidad literaria con el eco y el efecto de un balazo en una boca abierta. Y sí, para no faltar a la costumbre hay que citar a Hammett y a Chandler, pero también a Cain y a McCoy, exploradores como él del territorio más oscuro que otros prefirieron contemplar desde la zona cómoda y segura de la frontera. Thompson se adentró en los parajes más inhóspitos, más duros, más desagradables y más salvajes, lugares habitados por personajes que conforman esa pústula social que nos asquea -y nos atrae- y nos hace desviar la mirada -o clavarla- y dibujar una mueca de horror -o de morbo- cuando tenemos noticias de ella por los periódicos y el telediario mientras nos dedicamos a creer que se trata de una realidad paralela y que se trata de otro mundo que nada tiene que ver con el nuestro -cuando no convenimos, más estúpidamente aún y para mayor y falsa tranquilidad, que son sólo tramas fabricadas por la industria del entretenimiento para hacernos pasar el rato-.

Las historias de Thompson son crónicas protagonizadas por hombres y mujeres condenados por la fatalidad y el malditismo cocidos a fuego lento en una olla requemada en la que los principales ingredientes son la depravación, la crueldad, el fracaso, la vulgaridad y la perdición. Frente al blanco dental que exhibía la familiar publicidad posguerrera de la era Eisenhower, Thompson rajaba el forúnculo del Sueño Americano y mostraba la pus de la Pesadilla, una sustancia viscosa compuesta a partes iguales de derrota, alienación y desesperanza. Lo explica de forma magistral Stephen King en Elogio del gran Jim Thompson, el prólogo de Aquí y ahora: "Big Jim Thompson fue y sigue siendo un escritor grandioso porque no le tenía miedo al elemento salvaje, porque no tenía miedo a la mierda que a veces se acumula en los sumideros bajo las previsibles y conscientes relaciones sociales. Ningún paciente disfruta cuando el médico se pone el guante de látex y le pide que se agache y se quede inmóvil mientras lo examina… Lo que pasa es que alguien tiene que dar con esas irregularidades. Thompson también sabía que toda sociedad sana necesita una literatura formada por proctólogos tanto como por neurocirujanos".

En Arte Salvaje, la monumental biografía del escritor que ha llegado ahora a las librerías españolas -fue publicada en EEUU en 1995-, Robert Polito (Boston, 1951) indaga en la vida y obra de Thompson. Y desde la admiración, y precisamente por esto mismo sin patinar en la hagiografía, el biógrafo acierta para disfrute del lector interesado al ofrecer un retrato de quien lejos de las fajas y las solapas promocionales y de la fiebre -en el peor sentido del término- actual por el género está considerado, con todo merecimiento, un clásico y un autor de culto, un narrador que desde los quioscos de prensa, las estaciones, los estancos, los drugstores y los supermercados se construyó libro a libro una reputación tan genuina y tan autóctona como el blues, el rocanrol germinal, el cine negro, las películas de serie B o la fotografía documental, algunos de cuyos autores más honestos nos han enseñado, lejos de la propaganda oficial y en palabras de William S. Burroughs, "la podredumbre básica de Norteamérica".

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