La región más transparente

  • El primer disco de la onubense Rocío Márquez presenta un ramillete de cantes clásicos con letras y arreglos de hoy, un soplo de frescura y sabiduría flamenca.

Claridad. Rocío Márquez. Guitarra: Alfredo Lagos y Guillermo Guillem. Universal.

En este primer disco de Rocío Márquez la cantaora onubense revela una nueva faceta de su personalidad artística: las músicas son todas populares, las letras las firma Márquez. El disco se abre con el cante con el que más y mejor se identifica Márquez, ese que en Huelva aprenden al mismo tiempo que dan sus primeros balbuceos, los fandangos, mezclados en este caso con la jota de Aroche. La voz de Rocío es clásica y fresca a un tiempo. Ésa es su gran baza cantaora, la que la identifica en el panorama flamenco actual. El arreglo arpegiado de Alfredo Lagos le da un delicioso punto de claridad y pulcritud a la voz. Contrasta la delicadeza de la jotilla con la fuerza que imprime la cantaora al fandango. Y todo eso con las percusiones bailables, de romería popular, de Jorge Tejerina. En la etérea falseta final Lagos se desdobla. Como diría aquél: ¡qué momentazo! Sabiduría cantaora e inteligencia para unir con gusto estas dos melodías de diversa procedencia. Olé. Un cuadro antiguo, sí, que acaba de nacer.

Las manillas del reloj es una canción por tangos con estribillo en la que, de nuevo, soñamos en los melismas, nos dejamos llevar a regiones más transparentes. Claridad bulerías arromanzadas autorreferenciales: con un guiño a la Perla de Cádiz y otro a Vallejo. Las melodías pertenecen a estos enormes cantaores y las letras glosan su arte. Una de las características cantaoras más brillantes de esta intérprete queda bien patente en estas bulerías: cuando más difíciles se ponen las cosas, cuando más se complica la melodía, con agudos imposibles, o el ritmo, con esos prodigiosos trabalenguas, más sereno es el decir flamenco de Rocío Márquez. Eso sólo se puede hacer desde el dominio técnico impresionante que demuestra esta cantaora. También contribuye a esta sensación la templanza de Lagos: Márquez ha encontrado en este guitarrista su complemento ideal.

En esta misma línea la toná por romance, prodigio de intimismo, rezo hecho cante, diálogo íntimo con la divinidad, lejos de las grandilocuencias habituales en este palo, ni en cuando a volumen, ni en expresión. El preludio a la seguiriya es una instantánea de intimidad, de regocijo interno. Otro mensaje de optimismo. Seguiriyas rítmicas, bailables, con remate por cabales en tonos mayores: otra vez es Vallejo el modelo, tanto por el dominio rítmico y melódico como en la íntima dicción jonda. A mí no decirme es una deliciosa guajira-tanguillo-tango que grabó en 1917 la Niña de los Peines con la etiqueta de rumba. La flauta de Jorge Pardo puntualiza, sigue, acentúa y se mantiene siempre, con buen sentido, en segundo plano.

La habanera llega en forma de bulería lenta. La felicidad en forma una melancolía dulce, allí donde la pereza se apodera sanamente de nuestros huesos, en un mediodía eterno, está una vez más en los melismas y en el carácter imprevisible de la pieza: silencios abiertos en donde cualquier cosa puede pasar. El soprano en libertad y la guitarra punteando a discreción.

En los verdiales suena por vez primera el coro masculino. Pero lo hace, oh sorpresa, sustituyendo el habitual ritornello instrumental de la guitarra. Es un mecanismo sencillo, variar las piezas del puzzle, cambiarlas de lugar teniendo cuidado de que encajan de nuevo. En eso, el maestro Morente no tenía igual y es un modelo a seguir. El recurso aquí es tan efectivo que marca toda la pieza y la preña de entusiasmo. Márquez se vuelve a tirar a la piscina a sabiendas de que lo que va a encontrar es un blando y generoso colchón de agua que nos lleva a la gloria. En este género mestizo de lo popular y flamenco es donde más cómoda se encuentra la voz de Márquez, por la pujanza, la vitalidad de lo primero, y la estilizada serenidad de lo segundo. En la taranta es la guitarra de Guillermo Guillem la que resuena. Canónica la interpretación, sin duda el número más ortodoxo, incluso en lo literario. Un pedazo de verdad. El buen decir los cantes mineros. La nana es una brillante canción con piano.

Tiene fuerza, tiene conocimiento, afinación. Vocación, voluntad, ganas. En este disco el aficionado va a encontrar entrega y una apuesta por la vida, por el cante. Optimismo, en tiempos oscuros. El trabajo de producción ha ido, inteligentemente, por la línea de la limpieza, de la depuración, huyendo del barroquismo instrumental. Envuelta en un diseño art nouveau que hoy es, claro, vintage, llega la nueva voz fresca de esta intérprete preñada de presente.

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