Sergio del Molina. Escritor

"El relato de España como país está roto, no se lo cree ya nadie"

  • El autor viaja en 'La España vacía' al país interior, el de los pueblos en trance de desaparición, para intentar entender los recelos entre el campo y la ciudad.

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"Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía", escribe Sergio del Molino en La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (Turner), un libro en el que, apoyado en la tradición literaria y en el cine, pero también y sobre todo en su experiencia de viajero incansable por la España de las carreteras comarcales, intenta comprender las causas del recelo mutuo entre estos dos ámbitos y, de paso, quiénes son realmente los habitantes de esos pueblos en trance de desaparición más allá de la sordidez de la crónica negra y de las fantasías idílicas sobre formas de vida más auténticas, esas postales diseñadas, vendidas y compradas, precisamente, por la gente de ciudad.

-¿De dónde surge el impulso de escribir este libro?

-Pensé que había un hueco al respecto en el ensayismo español, y yo como lector echaba de menos una mirada a esa parte del país. Por otro lado, es un tema que se había ido deslizando en mi literatura y anteriormente, en mi trabajo como periodista, había estado ya muy presente en mis reportajes. Siempre me ha fascinado esa peculiaridad desértica del interior de España, y ya en mi anterior novela, Lo que a nadie le importa, están en germen narrativo muchas de las reflexiones que desarrollo en este ensayo.

-Nació en Madrid, pasó parte de su infancia en un pueblo valenciano y ahora vive en Zaragoza. ¿En qué medida su propia experiencia condicionó la escritura y el sentido del libro?

-En gran medida. Yo no soy de ninguna parte, no tengo raíces en un lugar. He sido un madrileño en Valencia, un zaragozano en Madrid, un valenciano en Zaragoza y también tengo vínculos familiares con Cataluña. Los momentos decisivos para mi identidad los he pasado en varios sitios, por lo que me siento de muchas partes a la vez. Creo que por mi propia biografía tengo una propensión a entender a todos, a asumir distintas identidades.

-Supongo que puede afirmarse que la historia de la relación entre el campo y la ciudad es la historia de un malentendido...

-Sí, bueno, de varios. De toda una sucesión de malentendidos. Pero también es una historia universal de desprecio e incomprensión que tiene que ver con cómo nos organizamos en tribus los seres humanos. Tenemos la manía de construir nuestra identidad, y los nacionalismos en este aspecto son ejemplares, en oposición a la tribu vecina, lo cual requiere en cierta medida deshumanizar al otro para que el nosotros quede afirmado. Esa dialéctica tiene lugar también entre el campo y ciudad.

-¿Cuál de los mitos al respecto le parece más fraudulento?

-Diría dos. Uno es el de la España negra, que persiste aún. Esa imagen del campo como una dimensión embrutecida en la que la asfixia de la vida cotidiana desemboca necesariamente en violencia al estallar las tensiones. No deja de ser un mito universal...

-La dimensión Perros de paja...

-Exacto. Pero luego está la otra: la dimensión Doctor en Alaska, por no dejar los referentes audiovisuales. Esa idea de la Arcadia rural, del pueblecito como comunidad perfecta, como microcosmos donde todo es armonía y quienes viven ahí poseen algún tipo de secreto para alcanzar una comprensión especial y profunda de la humanidad. Los dos mitos me parecen igual de dañinos porque representan una candidez y unos prejuicios de brocha muy gorda.

-¿Quién ha entendido aquí mejor esa brecha entre lo rural y lo urbano?

-Miguel Delibes, sin duda. Es una pena que su obra empiece ahora a estar un poco o bastante olvidada, aunque creo que ya en vida tuvo la desgracia de vivir a la sombra de obras mucho más groseras y cuarteleras como la de Cela. Delibes es para mí el gran cronista, el más sensible y el más hondo, del vaciamiento de España.

-Lo que usted llama en su ensayo el Gran Trauma, el éxodo en aluviones del campo a la ciudad. ¿Cómo va esa herida?

-Lejos de curarse. Todavía estamos bregando con las consecuencias directas y creo que harán falta al menos un par de generaciones para asimilarlo... Hablo desde el punto de vista íntimo. Pero desde el geográfico, el urbanístico, el político y el económico se aprecia también, y mucho. Es más, buena parte de los desajustes que hay en la sociedad española vienen en gran medida de aquel éxodo.

-La que para usted es la gran banda sonora de ese éxodo, el heavy ochentero y el rock obrero que hicieron los hijos de esos emigrantes, sigue sin obtener el sello que lo legitime como expresión cultural reivindicable, ni siquiera ahora, en la Era de la Ironía y el Reciclaje. ¿Añadimos el conflicto de clase a las dificultades de comunicación entre el campo y la ciudad?

-Rotundamente sí. El tema daría para otro ensayo, pero en cualquier caso está relacionado con lo que plantea el libro, que como decía antes es también la historia de un desprecio, lo cual incluye ese trasfondo clasista. La música que generó ese éxodo fue y sigue siendo vilipendiada, y si rastreamos quién desprecia y quién es despreciado podríamos decir que los indies de entonces venían de familias de gatos [madrileños-de-toda-la-vida] y los heavies, de Tomelloso, de la meseta.

-En los últimos tiempos venimos observando que no pocos autores, como usted, se han acordado de que el mundo rural existía. Tras muchos años en los que pocos eran los que no escribían como si fueran del mismo Brooklyn, el gesto es significativo. ¿Qué espera encontrar su generación en el campo?

-Pienso que la diferencia fundamental con respecto a acercamientos literarios de otras generaciones es que ahora son campos no vividos. Son, en todo caso, reconstrucciones de mitologías familiares, privadas. Creo o más bien sospecho que tiene que ver con la ruptura del relato nacional. Una literatura interpela a un país, a un aquí y un ahora, y ese aquí y ahora de España no existe en estos momentos. El relato está roto y no se lo cree ya nadie. Los argentinos o los franceses sí tienen un relato nacional con el que dialogar, o discutir; eso es, por ejemplo, la obra entera de Houellebecq con respecto a la tradición de su país. Aquí, hoy, no podemos hacer eso, porque ya digo, ese relato está destruido. Así que supongo que mi generación busca una nueva mitología partiendo de la intimidad y de la individualidad, una identidad que no podemos encontrar en el plano colectivo. Como ya no tenemos mitos ni iconos, los tenemos que inventar rebuscando en los desvanes de las casas de nuestros abuelos.

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