La Sevilla del guiri

John Julius Reel

Tienes que estar allí

DuranTe mi última visita a mi familia, intentando hacerme el gracioso, empecé a describir la locura que es Toys 'r' us de Sevilla durante las Navidades. Más que una tienda es un enorme desván de juguetes. Los niños cogen lo que quieren, sin que los padres, y ni siquiera los dependientes digan algo. A la hora del cierre, la tienda parece como si un tornado hubiera entrado y arrasado todos los pasillos.

-Son las consecuencias del socialismo -dijo mi madre-. Todo es para todos. Por eso el país está al punto de la quiebra.

Al resto de mi familia, el comentario le pareció coherente. Sólo mi mujer y yo sabíamos que la refriega que es Toys 'r' us de Sevilla durante esta temporada no nace de una filosofía política sino de un descaro autóctono. Me temo que el descaro de los sevillanos superaría incluso el más libre mercado que pudiera existir. Si en un hipermercado no se permite que los sevillanos se comporten aun peor que en sus propias casas (por lo menos en sus casas, los juguetes se recogen), no irían allí a comprar. El resultado sería lo mismo: la quiebra.

El comentario de mi madre demuestra que puedes tener una opinión lógica sobre una forma de vivir, pero si no la conoces de primera mano, probablemente no acertarás. Tienes que estar allí.

Para mostrar que no sólo los americanos pecamos de prejuzgar, tomemos la condescendiente actitud que solía tener mi mujer frente al célebre patriotismo de mis paisanos. Como muchos españoles y europeos en general, ella lo consideraba pintoresco en el mejor de los casos, e irrisorio en el peor de los casos.

Al ver las Olimpiadas y el respeto solemne y silencioso que nos inspira nuestro himno nacional o, durante el viaje, al tener la bandera americana siempre encima, ondeándose sobre restaurantes, supermercados y centros comerciales, ella ponía la cara de una señora madura mirando a una mocita absorta en la exaltación de un primer amor. Suponía, con aires de suficiencia, saber, si no más, mejor dónde merece volcar tanta emoción, fanfarria y fanatismo.

Un día surgió en conversación el hecho de que nuestro himno suene antes del saque inicial de todos los partidos de deporte en mi país.

-¿Todos?-, me dijo.

-Incluso aquellos que se juegan entre niños -le confirmé-.

-¡Qué empachera!

-Yo habría respondido lo mismo sobre el culto de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder antes de presenciarlo.

Una noche nos sentamos a ver uno de los partidos semifinales de la liga del fútbol americano. El ganador sería uno de los participantes del campeonato más conocido de mi país: el Superbowl. Justo antes del saque inicial, el estruendo del estadio disminuía mientras las cámaras enfocaban a una muchacha acercándose a un micrófono en el centro del campo.

Mi esposa puso los ojos en blanco. Arrancó el himno con flashes de cámara explotando al fondo. Paulatinamente la música y el canto cobraban fuerza e intensidad. Llegaron a su muy, pero muy sostenido crescendo. La cantante, sola en el campo, lo llenaba, sus cuerdas vocales distendidas, su aliento echando vapor en el aire bajo cero. Cantaba sin música y sin acompañamiento. Las cámaras se movían sobre la multitud, más de 80.000 hinchas enfrentados, rabiosos hacía tan sólo unos minutos, odiándose unos a los otros, pero ahora todos solidarios, en pie, mudos, manos sobre el pecho, mirando fijamente la bandera. Se veían los jugadores, moles todos, a punto de ponerse a prueba violenta, hombres que ganaban la vida con la fuerza bruta y la agresividad, sin embargo, en estos momentos, traspuestos por la voz y las palabras que sonaban, algunos de ellos terminando con lágrimas en los ojos. Mi mujer quedó traspuesta también al preguntarse en quiénes o en qué estarían ellos pensando para emocionarse tanto. Tienes que estar allí para dejar a un lado la risilla burlona, y empezar a pensar en el porqué.

No creo que mi mujer llegara a comportarse nunca en un Toys 'r' us americano como me comporto yo, sintiéndome culpable si no compro un peluche que uno de mis hijos ha cogido de las estanterías y ha manchado de mocos. Tal como yo, en Toys 'r' us de Sevilla, siempre me aseguraré de que mis hijos pongan los juguetes en su sitio después de jugar un rato con ellos, aunque en la mayoría de los casos los juguetes se encontraran en el suelo.

Esté donde esté, uno sigue siendo uno mismo, o más bien de dónde es. Pero siempre podemos refinarnos si, al experimentar culturas ajenas, nos involucramos completamente.

Sé lo involucrado que estoy en Sevilla por cuanto de ella no puedo explicar a mi gente. Diría que una buena parte de lo que escribo sobre Sevilla no se puede traducir. El idioma sí, pero no el contenido. Someter a mis amigos de fuera a ello sería incluso de poca educación, como si contara a una multitud un chiste que entienden unos pocos. El alcance limitado de lo que escribo, el escribir únicamente para vosotros, y no para una mayoría, siempre que no lo haga con la intención de excluir, hace mi mensaje más auténtico, como una carta entre viejos amigos llena de referencias y recuerdos que sólo conocen ellos. Son los poetas, no los periodistas, los que tienen que tratar de conseguir lo universal.

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