EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Ejemplaridad

EL abogado de Iñaki Urdangarín ha dicho que la ejemplaridad de las conductas sólo la marca la ley, pero eso no es cierto en absoluto y hasta da vergüenza que un profesional del Derecho pueda decir una cosa tan simplona. La ejemplaridad es un valor moral que no tiene nada que ver con las leyes, sino con las mínimas formas de convivencia que regulan esa complicada malla de pesos y contrapesos que nos permiten la vida en una sociedad civilizada.

Es legal, por ejemplo, acudir a un funeral vestido con una camisa hawaiana y agarrado a dos figurantes femeninas de Torrente IV, pero algo tan simple como el sentido del ridículo o el respeto hacia los demás nos impedirá hacerlo. Y tampoco parece muy ejemplar, por muy legal que sea, que un gobernante anuncie drásticos recortes de pensiones o de salarios si lleva en la muñeca un bonito reloj de 5.000 euros, por citar uno de los muchos objetos de lujo obsceno que suelen llevar algunos gobernantes. Por supuesto que no hay nada ilegal en ese reloj, pero los ciudadanos que vean recortadas sus pensiones o sus salarios tendrán todo el derecho del mundo a considerar que ese reloj es un insulto y una humillación y una vergüenza. Es así de simple.

Iñaki Urdangarín no realizó sus labores de asesoramiento en Canadá ni en Nueva Zelanda ni en Dinamarca, que son los países menos corruptos del mundo, sino en las Baleares y en la Comunidad Valenciana cuando eran gobernadas por una camarilla de dirigentes del PP que situaron esas dos comunidades autónomas en unos índices de corrupción política dignos de Tailandia o México. De hecho, un número significativo de los cargos públicos con los que Urdangarín hizo sus trabajos de asesoría -o lo que fuesen- están ahora imputados en casos muy graves de corrupción y es verosímil que acaben condenados a penas muy altas de cárcel. Éste es el caso del mallorquín Jaume Matas, el ex presidente de Baleares que tuvo que pagar una fianza de tres millones de euros, nada menos, por un caso de desvío de fondos públicos. Cualquier persona de la calle se da cuenta de que la conducta de Urdangarín fue anómala por el simple hecho de asesorar a estos personajes. Y a todo esto hay que añadir el palacete de Pedralbes, que costó mucho dinero y que muy pocas familias podrían haberse comprado, y después el sospechoso alejamiento a Washington de toda la familia Urdangarín, cuando empezaron a circular los rumores de que Iñaki Urdangarín se había comportado de una forma que no tenía nada de ejemplar. Es cierto que por ahora no se ha podido comprobar que hubiera nada ilegal en lo que hizo. Pero su conducta demuestra, como mínimo, que fue un irresponsable que estuvo jugando con fuego. Y cualquiera sabe en qué va a acabar el incendio que él mismo inició.

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