Visto y oído

Antonio / Sempere

Envidia

SENTÍ envidia sana hacia Susana Roza en los días de Nochebuena y Navidad.

Sentí envidia sana hacia la sustituta de Ana Blanco ese miércoles y ese jueves porque siempre que llegan estos días y miro a la tele, sueño con estar al otro lado. Con desmarcarme de lo que hace la mayoría y pasar a ser el que cuenta. Llegados estos días, desde siempre, he pensado que el privilegiado no es el que se va, el que libra, el que emigra, sino quien se queda. Como si los sacrificados fuésemos quienes no tenemos una coartada fuerte y creíble para ausentarnos de los rituales prefijados en el calendario. El verdadero privilegio es el de Susana Roza, que contó los atrasos en Barajas y las colas en Renfe sin sufrirlas, que dio paso a lo que sucedía en Belén y que narró con entereza los terribles casos de violencia machista del día de Navidad sin perder la compostura. Cuando despidió sendos informativos la imaginé comiendo en el autoservicio de Torrespaña, bien servida por el personal de guardia, con menos comensales de los habituales en ese lugar cualquier miércoles y jueves.

Sentí más envidia por Susana Roza que por Lorenzo Milá, que fue quien presentó el Telediario de la Nochebuena, ese lujazo. Una edición donde todo es distinto, en la que incluso El Tiempo fue telonero. Pero sentí menos envidia porque parece como si en el caso de Lorenzo no hubiese tanto de extraordinario en el empeño. Hasta su esposísima, Sagrario Ruiz de Apodaca, firmó el guión sin voz en off de quince minutos dedicado a resumir el año en la Familia Real. Una pareja, al final, muy convencional, que vive unida y trabaja unida y se reparte las responsabilidades informativas de la Nochebuena. En las antípodas de quienes ejercen de peones. En todo lo alto. Templando y mandando.

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