en tránsito

Eduardo Jordá

Sinvergüenzas

DÍAZ Ferrán, el antiguo presidente de los empresarios españoles, guardaba en su casa un lingote de oro, aparte de que evadía impuestos, blanqueaba dinero y cobraba cien mil euros al mes en dinero negro. No está mal. En Cataluña, hace unos seis meses, la policía detuvo a un ex conseller de la Generalitat (militante de ERC, por más señas) que formaba parte de una red de contrabando de tabaco y que guardaba en su casa 25.000 euros en cajetillas ilegales. Tampoco está mal. Y podríamos seguir y seguir. Y éstos son los casos que se investigan y salen a la luz, porque podemos sospechar que hay muchos más -y quizá más graves- que no se investigan ni son descubiertos, o bien por ignorancia o por falta de medios o porque sus implicaciones políticas y sociales -y hasta institucionales- son tan graves que nadie se atreve a destaparlos. Y todos imaginamos que hay muchos casos así.

Ante una situación así, lo más fácil es caer en la tentación de pensar que somos un país de sinvergüenzas y de pícaros, un país sin remedio que desde los tiempos del Lazarillo desprecia el trabajo manual y que sólo está capacitado para producir embaucadores y farsantes. Y puede que sea así, desde luego, y todos estos ejemplos nos lo demuestran. Y yo incluso iría más lejos, y diría que las ideas que inspiraron la Logse, y la consiguiente marginación de la Formación Profesional de los planes educativos -por considerarla discriminatoria y hasta denigrante para los alumnos-, no sólo procedían de la pedagogía moderna que buscaba una enseñanza más igualitaria, sino también de los viejos prejuicios hispánicos de los hidalgos y los cristianos viejos que desdeñaban el trabajo manual y el comercio, por considerarlos una actividad propia de herejes o de muertos de hambre. Y aunque sé que muchos pedagogos se escandalizarán si leen esto, me pregunto si son de verdad conscientes de las motivaciones que les llevaron, y todavía les llevan, a prescindir de la Formación Profesional en los planes de estudio de un país que tiene uno de los índices de fracaso escolar más altos de Europa.

Pero a pesar de todos los motivos para caer en la desmoralización, no es bueno que empecemos a pensar que vivimos en un país de sinvergüenzas y de pícaros y de irresponsables. ¿Eran pícaros los jornaleros andaluces que trabajaban doce horas al día, y por un salario de miseria, en los años 50 o 60? ¿Eran sinvergüenzas? ¿Habrían sido capaces de esconder un lingote de oro en su casa, o de guardar 25.000 euros en cajetillas de tabaco de contrabando? Ya sé que los modelos de sociedad en que vivían unos y otros son muy diferentes, pero que nadie nos diga que hay una especie de fatídica ley hispánica que nos condena a ser pícaros y sinvergüenzas. Porque no es verdad.

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