El poliedro

La corrupción, principio y fin

Tras Andalucía y Valencia, Cataluña se suma a la ceremonia de la corruptela política española

MAL de muchos, consuelo de tontos, dice ese refrán que simboliza el sentimiento que ha movido a más de uno, aquí por el Sur, a sentir un cierto alivio al ver que no sólo en Andalucía se "trinca" con la coraza de los votos democráticos: en los palaus de la música y en los ayuntamientos catalanes también cuecen mongetes, que así se llaman las habas (o algo parecido) allí. La línea de la costa nostra, desde Cataluña hasta Portugal, pasando por Valencia y Andalucía, está salpicada de vergonzosos "convolutos", que decía aquel embajador alemán, Guido Brunner, ya fallecido. Contubernios y mangazos por doquier, propios de un país en la senda de la banana, el nuestro. Como es cierto que los sobornos y las componendas delictivas han sido un rasgo maquillado de nuestra economía durante los años del subidón, es cierto también que, en los dos años y pico que llevamos de bajonazo, la vida pública española se ha ido envenenando, dejando los trapos sucios al aire. Antes que el mercado laboral rígido y dual; antes que unos mercados energético y de telecomunicaciones todavía por liberalizar; antes de la verdadera reforma del comercio; antes de todo eso, está un problema principal, originario: el de la corrupción creciente, el gran cáncer de la vida política y económica -con mayúsculas- en nuestro país. Un mal transversal que salpica a todo y que no sólo no remite, sino que crece sin pausa. La naturalidad con que asistimos a la desfachatez y el cinismo pijo de Ricardo Costa (o al de la familia Pajín, Leire incluida: cada uno, en su registro), la indolencia con que convivimos con el ya clásico circo bandolero marbellí, la patente de corso de la añeja poca vergüenza (presunta, OK) de Alavedra o Prenafeta; la corrupción española, en fin, es el gran problema estructural, y quizá nuestro verdadero problema económico. Desde este detestable estado de cosas al populismo, a la simplificación de la realidad y a la venida de nuestros berlusconis -recuerden que un día existieron en Italia la Democracia Cristiana y el Partido Comunista-, pudiera no haber mucha distancia. La corrupción es el principio del fin del sistema, al menos tal y como éste está concebido ahora mismo. Esta debacle institucional se acelera enormemente con la crisis, tan profunda y maligna como nadie había predicho (visionarios a posteriori excluidos).

Esta semana ha teñido más de gris el escenario de nuestras relaciones sociales, de nuestra economía, por tanto. Llueve sobre mojado. Ciertas noticias no ayudan a mantenerse optimistas. Con un oponente débil y debilitado -el presidencial Zapatero-, el PP se está cargando una oportunidad histórica de entrar a gobernar cuando se prevé, Dios lo quiera, que España retome la senda del crecimiento: un aval para gobernar dos legislaturas. La oposición no sólo no ayuda al país, es que no se ayuda a sí misma, lo que quiera que sea esa amalgama de ambiciones mal disimuladas que simboliza al Partido Popular a día de hoy. Castilla la Vieja pone cordura y cierta dignidad en este triste panorama: el presidente de Castilla-León, Juan Vicente Herrera (un outsider, por otro lado), ha condicionado en estos días su continuidad como político candidato del Partido Popular a que se acabe, de una vez, la pelea de gallera de su partido con la excusa de Caja Madrid, y las veladas amenazas de tirar de la manta de Costa&Cía. En este puente de los Santos y de los Difuntos, no está de más pensar en resucitar la decencia. O lo hacemos, o nos veremos abocados, como Quevedo, a mirar los muros de la patria nuestra, si un tiempo fuertes, ya desmoronados. A pasarlo bien.

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