Editorial

Por encima de los seis millones

LA Encuesta de Población Activa (EPA) proporcionó ayer una nueva base estadística a la larga serie de hitos negativos que marcan esta interminable crisis económica: el mayor número de parados de la historia (6.202.700), la tasa de desempleo más elevada (27,16%), el récord de parados de larga duración (3,5 millones), una tasa de paro juvenil insólita (57,22% entre los menores de 25 años) y un dato estremecedor: casi dos millones de hogares españoles tienen a todos sus miembros activos en el paro. Sin dejar de insistir en que detrás de algunas de estas cifras se cobijan auténticos dramas personales y familiares, todavía podrían haber sido peores si no se hubiera registrado también una disminución de la población activa a causa del efecto desánimo: decenas de miles de españoles se han retirado del mercado de trabajo por la falta de perspectiva de encontrarlo, fundamentalmente jóvenes que se han ido al extranjero e inmigrantes que han retornado a sus países. Andalucía, con un paro absoluto que alcanza a 1.473.700 hombres y mujeres y una tasa de desempleo del 36,87%, vuelve a encabezar la triste estadística nacional de personas sin puesto de trabajo. El Gobierno trata de consolarnos con la idea de que la destrucción de empleo tiene ahora un ritmo menor y un portavoz del PP ha llegado a recomendarnos que no nos dejemos cegar por el número que por vez primera sobrepasa los seis millones de desempleados. Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, advierte que persisten en España desequilibrios macroeconómicos excesivos, razón por la cual "debe mantenerse el impulso de las reformas". Ciertamente, la política de austeridad a ultranza se ha vuelto contra España y contra el conjunto de Europa, ya que la coincidencia del ciclo depresivo en prácticamente todos los países está impidiendo que los ajustes en las economías que arrastran un déficit público excesivo sean compensados con el dinamismo de otras economías nacionales más dinámicas. Hay, por ello, coincidencia cada vez más generalizada entre las instituciones internacionales y los economistas de todo el mundo acerca de la necesidad de abordar una política más expansiva en el continente europeo. Pero aun en el caso de que esta nueva política cuaje -será improbable antes de las elecciones alemanas del otoño-, su impacto positivo en términos de empleo no va a ser muy elevado y la demanda interna seguirá siendo limitada debido a la consolidación fiscal y el desapalancamiento de empresas y familias. Los mercados exteriores aparecen como la única alternativa de fondo a esta situación cuyo dramatismo es realmente frívolo poner en duda.

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