El tránsito

Eduardo Jordá

Los límites de la codicia

UNO de los problemas más graves de la izquierda europea es la pérdida del sentido de la realidad. Y el problema es grave porque esa izquierda desconcertada y a veces delirante le está poniendo las cosas muy fáciles a los demagogos y a los sinvergüenzas (y pido perdón por la redundancia). Cuando ya no existen límites para la codicia de algunos empresarios y especuladores, cuando hay gente que se cree con derecho a hacer lo que le dé la gana sólo porque tiene dinero y ganas de exhibirlo, y cuando cualquier perturbado se cree autorizado a imponer sus caprichos porque los considera derechos invulnerables que le deben ser garantizados por toda la sociedad, sería bueno que hubiera una izquierda lúcida que hiciera algo más que tocar los bongós en una acampada solidaria con Cuba y con Venezuela, casi siempre financiada, por cierto, con dinero público de la corrupta y decadente Unión Europea.

Ya es hora de que la izquierda abandone el territorio irreal de los mitos y se atreva a meterse en las arenas movedizas de la realidad. Sería bueno, por ejemplo, que en vez de esgrimir conceptos abstractos que en realidad no significan nada (conciencia colectiva, solidaridad con el Tercer Mundo, antiglobalización), resucitara las viejas virtudes de los estoicos, en las que quizá cabe todo eso que conocemos como humanismo: la cordura, por ejemplo, de saber controlar la ambición social y el deseo de poseer cosas y más cosas que no sirven para nada. Y la prudencia, con su compañera inseparable, la austeridad. Y la comprensión (que no es más que la vieja indulgencia). Y la alegría que surge del orgullo de saber resistirse a la codicia. Ya es hora de darse cuenta de que negarse a regalarle un móvil a un niño de diez años, o controlar los programas de televisión que ve, y razonarle por qué no debe verlos, es mucho más importante que cualquier vacuo discurso solidario.

Sería bueno que la izquierda abando-nara de una vez esa obsesión por las lenguas minoritarias que la hace ponerse a cuatro patas frente a la ikurriña y la bandera catalana. A la izquierda le sobran filólogos y ex seminaristas y le hacen falta pensadores y moralistas (¿dónde hay un Orwell, dónde hay un Camus, dónde hay una Simone Weil?). Y a la izquierda le hace falta menos histerismo sobre la Guerra Civil (que terminó, no conviene olvidarlo, hace setenta años), y más perspicacia a la hora de juzgar esta sociedad. No podemos aceptar que las únicas reglas que existan en este mundo sean la codicia y el capricho, la violencia y la chulería, la exhibición bochornosa de la riqueza y la idolatría del lujo. Se puede vivir de otro modo. Se debe vivir de otro modo. Y la izquierda haría bien en darse cuenta de ello.

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