La ciudad y los días

Carlos Colón

Dos sonrisas en la madrugada

AMANECEN los dos días más largos de Sevilla horas antes de que salga el sol. Uno es el Viernes Santo, que amanece a medianoche en la Resolana. El otro fue ayer, el 15 de agosto que amanece a las cinco de la madrugada en la Catedral. Y las dos veces la luz que alumbra la medianoche y la madrugada tiene forma de sonrisa.

Cuando se abre la Basílica, el Señor de la Sentencia se ha echado a un lado, por amor a su Madre y compasión de los hombres, para que se desborde por las puertas abiertas de par en par el fulgor verde y oro del paso quieto que tiembla de impaciencia. Y en él, visible hasta el menor detalle desde la última fila de la bulla que se aprieta ante los ventanales del Bar Plata, porque esta cara derrota distancias, brilla de la Esperanza, ese don que Joaquín Romero Murube llamó la sonrisa de nuestra alma. Toda la cofradía, desde las bocinas de la Cruz de Guía hasta los ciriales hambrientos de los chorreones de cera que los hacen aún más poderosos, desfila ante Ella: dos mil almas con cuerpos de terciopelo y merino, plumas, corazas y medias rosa que la Macarena besa con sus ojos una a una, dándoles la gracia única de ser heraldos de la Esperanza.

Cuando se abren las puertas de la Catedral a las cinco de la madrugada del 15 de agosto una multitud espera ya para ocupar los bancos y asistir a la misa de las cinco y media. Antes de que acabe otra multitud aguarda tras los últimos bancos para ocupar su lugar en la misa de seis. Y lo mismo se repetirá en la de seis y media. Si es casi un milagro que en los tiempos que corren se abarroten los aledaños de la Catedral para asistir a esta procesión delicadamente severa, góticamente sobria y renacentistamente elegante, ¿qué decir de esas naves llenas a las cinco y media de la madrugada para asistir a la que para mí, junto a la que se dice ante el Señor del Gran Poder en la noche del Sábado de Pasión, antes de la apertura de su besamanos, es la misa más bella del año? Puertas abiertas de par en par a la noche y a la ciudad aún dormida, olor a nardos, altas nervaduras góticas entrevistas en la oscuridad de este valle invertido y esta montaña hueca, como Teophile Gautier llamó a la Catedral de Sevilla; y presidiendo esa inmensidad sin ser vencida por ella, la Virgen de los Reyes ofreciendo el don de su Hijo con una alegría sólo contenida por su majestad, prometiendo glorias con la misma sonrisa con que la Macarena promete resurrecciones rasgando con su cara todas las sentencias de muerte. Dos sonrisas por las que se escapa un resplandor de eternidad obran el prodigio sevillano de estos amaneceres en la madrugada.

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