La ciudad y los días

Carlos Colón

El traidor y el imbécil

SI hacemos caso a lo que desde un partido se dice sobre el líder de su oponente, el debate de esta noche lo será entre un traidor y un imbécil. Sólo en estos últimos días ustedes han oído a Carlos Iturgaiz (PP) llamar a Zapatero "traidor a España, la libertad y la democracia" y a Felipe González llamar a Rayoy "imbécil" (lo que, comparado con lo primero, es una broma). Son sólo dos ejemplos: todos recordamos los insultos, generalizaciones y simplificaciones que los socialistas han dirigido estas semanas a los populares, y éstos a los socialistas. Oyéndoles parecería que el día 9 sólo podemos elegir entre el retorno a una nacional católica "España negra" (Bermejo) en la que "Rajoy es como Millán Astray" (Carmen Chacón) o al "anticlericalismo absolutamente decimonónico y casposo" (Jorge Fernández) de un PSOE que "no tiene idea de la nación española" y "agrede a las víctimas del terrorismo" (Rajoy).

Afortunadamente, sólo los suyos creen a los líderes; lo que, dado el bipartidismo español, hace que sólo media España crea que Rajoy es un Millán Astray imbécil y sólo la otra media que Zapatero es un traidor. Por lo menos, los suyos creen que el primero es el garante del progreso liberal y el segundo del bienestar socialdemócrata. Ya es algo. Pero el problema no es la confianza que tengan en su líder quienes lo votan, sino la aversión de quienes no lo hacen. Aversión que, en uno y otro caso, se extiende a sus militantes, votantes, simpatizantes y hasta a los lectores de los periódicos y oyentes de las emisoras que se alinean con unos u otros, convirtiendo la convocatoria del próximo domingo en la elección entre dos falsedades: el retorno al integrismo nacional católico si gana la "extrema derecha popular" o a las persecuciones religiosas y la desintegración de España si gana la "izquierda radical socialista". Demonizar al contrincante es un peligroso ejercicio que daña seriamente la democracia y acaba por infectar la sociedad. El minúsculo pero extremadamente violento 1936 en versión skin vivido en Madrid, con el enfrentamiento entre gamberros que se dicen fascistas y antifascistas, es un síntoma.

Como no milito ni en uno ni en otro partido, ni renuncio a pensar por mí mismo, no creo que el debate de esta noche lo vaya a ser entre un traidor y un imbécil. Pero tampoco entre dos grandes políticos. Como se demuestra en que para empujar a los suyos a votarles no han dudado en deteriorar la convivencia democrática alimentando odios que, descendidos a los infiernos urbanos o a las cloacas radicales, algo pueden haber tenido que ver con los sucesos de Madrid.

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