Tribuna

luis chacón

Experto financiero

Herencia, impuesto y demagogia

Si buceamos en la fiscalidad municipal sólo encontraremos razones para afirmar sin sonrojo que, en el caso de la legislación tributaria, los españoles no somos iguales ante la ley

Herencia, impuesto y demagogia Herencia, impuesto y demagogia

Herencia, impuesto y demagogia

El griterío sobre el impuesto de Sucesiones demuestra que el nivel de debate político en España roza el analfabetismo. El recurso al sentimentalismo ramplón y a la demagogia más barata es efecto de un populismo que infecta a todos los partidos. Mentir interesadamente sobre un impuesto que no se liquida más que dos o tres veces a lo largo de la vida es fácil. Recurrir al argumento de que el estado nos quita algo nuestro es ridículo; nunca me han retenido el IRPF de otro en mi nómina, ni el IVA de mis compras lo paga ningún filántropo. Y aun así, en el caso del impuesto de Sucesiones el argumento se desmorona un tanto ya que el hecho de que un bien sea de nuestros progenitores no lo hace nuestro per se. Pero contraatacar, como ha hecho el PSOE, con el manido argumento de que es sólo lo pagan los ricos y que el PP protesta porque quiere proteger a los suyos es de un surrealismo caricaturesco. Ojalá. Si todos los votantes del PP fueran ricos, España sería un paraíso.

Sí lleva razón el PP en que hay enormes diferencias entre los tipos impositivos a aplicar en función de la comunidad autónoma de residencia del causante. Pero no es menos cierto que si algo caracteriza a nuestro sistema fiscal es la absoluta desigualdad entre los contribuyentes en función de su lugar de residencia. Las comunidades autónomas aplican recargos y deducciones propias en el IRPF y si buceamos en el proceloso mundo de la fiscalidad municipal sólo encontraremos razones para afirmar sin el más mínimo sonrojo que, en el caso de la legislación tributaria, los españoles no somos iguales ante la ley. No hay dos ayuntamientos que apliquen tipos parecidos en el IBI, el impuesto sobre vehículos o el ICIO, independientemente de que sus respectivos vecinos puedan aparcar en la misma calle porque cada una de las aceras pertenece a un término municipal.

En este debate, la mayoría de los participantes sufren el síndrome de Humpty Dumpty, el personaje de Alicia que afirmaba con absoluta superioridad que cuando yo empleo una palabra significa lo que yo quiero que signifique,… ¡ni más ni menos! Y sucede, ante todo, con un concepto que ha tenido cierto éxito mediático; la doble imposición. Técnicamente, se habla de doble imposición cuando se aplican dos o más tributos sobre un mismo objeto tributario o sobre idéntico hecho imponible. Que una vivienda pague un impuesto al adquirirla y otro al enajenarla - por venta, donación o herencia - no es doble imposición ya que son hechos y situaciones diferentes. Pero da igual, suena técnico y queda muy bien en el debate. Otra cosa es que si la transmisión inter vivos de cualquier bien inmueble paga IVA o ITP, ¿qué argumento hay para que no estén gravadas la donación o la transmisión mortis causa? Más aún cuando estas son gratuitas y aquellas requieren un desembolso económico por parte del adquirente. Pero, en fin, no se trata de argumentar técnicamente que para eso están los expertos.

Analicemos ahora el resbaladizo capítulo de la justicia. No hay concepto más subjetivo para los ciudadanos, pero lo que debería estar claro es que si un gobierno cree injusta una ley, debería derogarla. Me pregunto por qué el mismo PP que protesta de la injusticia esencial del impuesto no lo derogó cuando gobernó, o al menos, en las dos legislaturas en las que dispuso de mayoría absoluta.

Siempre hay posibilidad de argumentar a favor y en contra de cualquier impuesto. Al fin y al cabo, la política fiscal es profundamente ideológica. Para unos, este impuesto es el medio más directo para conseguir una redistribución de la riqueza y un factor importante para crear una sociedad igualitaria. Otros creen que es una confiscación injustificada de la propiedad privada por parte del estado y defienden que la transmisión de la riqueza propia debe estar exenta de cargas tributarias. Un argumento habitual a su favor es la hipótesis de Carnegie que defiende que la recepción de una herencia reduce la participación de un individuo en el mercado de trabajo. También se incide en que sería anómalo gravar a las personas por el dinero que obtienen con su trabajo y no por lo que perciben sin contraprestación. En fin, que razones hay tantas como personas.

El impuesto sólo existe en la mitad de los países de la OCDE y en la mayoría están exentos los herederos directos. Lo que ha puesto sobre la mesa esta algarada es el problema de fondo de nuestro parcheado sistema fiscal que permite a todas las administraciones imponer tipos impositivos con más afán recaudatorio que eficiencia y provocando importantes desigualdades en el trato a los ciudadanos. Por tanto, lo que debería iniciarse es un debate en profundidad en el que consensuemos sobre qué estamos dispuestos a pagar impuestos y como liquidarlos en igualdad de condiciones para todos. Lo demás, seguirán siendo fuegos de artificio.

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