Hijo de tubero, nieto de cosario: pura mina

  • El 25 de abril de 1998, cuando reventó la balsa de residuos de la mina de Aznalcóllar, Rafael Librero, minero desde los 18 años, recordaría los tres hundimientos que vivió su padre, tubero en la contramina · El último se lo llevó

Fernández no consiente que le llamen de usted, pese a pasear sus exultantes 90 años, ese camino por la vida que inició el año de la revolución rusa. En Aznalcóllar trabajaba de barbero, pero nunca tuvo vocación de rasurar cabelleras. Habló con su padre, que era maquinista de extracción en la mina, que entonces era de los ingleses, y se estrenó como minero en julio de 1941. En abril de 1942, la mina cerró porque los ingleses, cuenta Fernández, no se entendían con Franco y éste no dejaba circular la libra esterlina por territorio patrio. En 1952 volvió a la mina, primero adscrita a Peñarroya, después a Andaluza de Piritas y el 1 de octubre de 1982, el mismo mes del triunfo electoral de Felipe González, se cortó la coleta de una mina en la que había sido sucesivamente peón, listero, encargado de almacén, compresista y técnico de laboratorio.

Tres años antes de que se jubilara Fernández, el 19 de septiembre de 1979, con los 18 años recién cumplidos, entraba en la mina un chaval hecho para esos adentros. Rafael Librero (Aznalcóllar, 1961) había nacido en la Juanita, poblado que llevaba el nombre de uno de los numerosos pozos mineros. Su padre, Higinio Librero, Higinito para los que lo conocieron, era tubero en la contramina. Su abuelo materno, Antonio Gallardo, el padre de la Gallarda, sobrenombre con el que todavía conocen a su madre, la viuda del tubero, trabajaba de cosario, vivía de cargar y descargar vagones con material de la mina en la estación ferroviaria de Camas.

La antigua plaza de Castelar se llama ahora plaza de los Mineros, lo que no le hace ninguna gracia a Fernández. "Los antiguos le seguimos diciendo Castelar. ¡Fue un gran republicano, caramba!". El lugar lo preside un monumento que parece una orquesta de jazz de Nueva Orleans, aunque el único instrumento es un tambor para liar los cables de las poleas que descendían al corazón de la tierra. Se nombran los seis pozos: La Higuereta, San Andrés, Dolores, Santiago, Roberto y Gustavo. Entre los utensilios rescatados para preservar la memoria está la jaula del pozo Santiago. "En esa jaula bajé una vez siendo un niño con mi padre, yo me quedé en la planta cuarta". Higinio vivió tres hundimientos de la mina. El tercero no lo pudo soportar. "Le entró lo que aquí conocemos como tristeza, una obsesión de que nunca más iba a encontrar trabajo. Una pena que se combinó con unos grados de silicosis y le provocó un poco de leucemia que acabó con él en 15 días". Antonia Gallardo, la hija del cosario que llegó a Aznalcóllar desde El Castillo de las Guardas, está habituada a vivir con la desgracia. Perdió a dos hijos de muy corta edad por procesos de calentura. El hermano pequeño del minero falleció hace seis años en un accidente de tráfico. Rafael es un superviviente. Y eso marcó su destino. El 25 de abril de 1998 estaba en el turno de mañana. Cuando los compañeros del turno de noche dieron la alarma de que al pueblo había llegado lo más parecido al fin del mundo, en sus casas pensaron en habladurías, en malentendidos. Y nadie creía que los suecos de Boliden iban a hacer las maletas. "Habían comprado una molienda nueva, faltaban 70 toneladas de mineral por explotar. Cambiaron los camiones que yo mismo conducía, con capacidad entre 80 y 100 toneladas, por dinosaurios que cogían 300 y 400 toneladas".

"Aquí no tenemos nada de historia, una torre árabe en el cementerio y para de contar. Lo demás, mina, mina y mina", dice Rafael para dar a entender que esa hecatombe también destrozaba su historia personal. La mina era su vida. "Yo dejé los estudios cuando una vecina me dijo que mi madre estaba cosiendo para la calle. Me puse a trabajar en el campo, primero espadronando pipas de girasol y después en la forestal. Me avisaron de lo de la mina y como hijo de minero tenía preferencia". El vecino de la Juanita se reencontraba con sus orígenes.

Fernández nació el año de la revolución de Lenin y Librero dos años después de que Fidel entrara en La Habana. Fernández, el minero nonagenario que enseñó a montar en bicicleta a medio pueblo y fundó un grupo de teatro, trabajó con las dos generaciones. "Volvíamos de un entierro y tu padre, Higinio, me dijo que el próximo iba a ser el suyo. No se equivocó". Ni a la muerte le deja Fernández que le llame de usted.

Rafael acaba de mudarse a la calle Viriato, desde la que se ve la torre del Viento, una fortificación muy parecida a las fotos existentes de la torre Martello en la que Joyce ambientó el inicio del Ulises. Si al hijo del tubero y nieto del cosario le dieran a elegir una herramienta en esta especie de museo etnográfico que es la plaza de los Mineros, se quedaría con la luz de carburo que utilizaba su padre para bajar a la mina. "Me ha traído mucha suerte. Cuando nos encerramos en la Catedral de Sevilla, cada cuatro o cinco días venía a casa a asearme. Una de esas noches, durmiendo, soñé que le llevaba la luz de carburo a Santa Bárbara, patrona de los mineros cuya imagen está en la iglesia de la Consolación en la que estaban encerradas las mujeres de los mineros. Se lo conté a mis compañeros. Le llevé la luz de carburo a Santa Bárbara y, qué quieres que te diga, del túnel tan oscuro en el que estábamos empezamos a ver un poco de luz. El caso es que los mineros hemos recuperado una tradición que se había perdido, la de sacar a Santa Bárbara en procesión, de lo que sólo nos acordamos cuando truena".

No sólo el oficio y el bregar. También los síntomas. A Rafael también le visitó la tristeza cuando cerraron la mina. "Estuve año y medio en tratamiento psicológico. Estaba con una depresión tremenda. No quería ni hablar con mi mujer, que me decía: '¿qué te pasa, Gallardo?'. Lunes, miércoles y viernes iba a la consulta de un psicólogo en Sanlúcar la Mayor".

Rafael es uno de los 75 recolocables que tras el encierro de la Catedral trabaja en Egmasa (Empresa de gestión del Medio Ambiente). El mismo escenario, pero en otros menesteres. "Antes, nadie sabía dónde estaba Aznalcóllar. Se han escrito muchos bulos. Decían que tras el vertido las cigüeñas que iban para Doñana tenían el pico torcido. Yo he trabajado con cianuro, con reactivos venenosos, y nunca me pasó nada. Sólo una vez que me caí de un camión descargando material porque no me puse bien la mascarilla de protección y me entró anhídrido carbónico".

A Isabel, su mujer, la conoció en los bailes del pueblo "cuando eran bailes". Se casaron en agosto de 1988 en la misma iglesia donde casi veinte años después se encerraron las mujeres. De luna de miel fueron a Madrid. "La llevé al Valle de los Caídos a ver la tumba de Franco. No le hizo mucha gracia". Se sube con Fernández, 90 atléticos años, a la jaula en la que tantas veces bajó su padre a las entrañas del pozo Santiago.

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