EDUCACIÓN

Enseñanza más allá de la escuela

  • Cientos de niños reciben sus clases en Andalucía de una forma atípica. La caravana de un circo, un hospital o una casa rural, algunos de los lugares a donde llega la educación. En la región hay quince colegios con una sola aula

Celine tiene seis años. Está a punto de terminar el ciclo de Educación Infantil y allá por octubre de este año ya será una nueva estudiante de Primaria. Su historia sería una más entre cientos de miles si no fuera porque la sede de su escuela es una de las caravanas del Gran Circo Mundial, que en estos días hace escala en Sevilla. No sólo este dato es peculiar. Celine es hija de Carlos Alberto de Jesús, un payaso portugués, y Eva de Jesús, rumana, y se entiende en italiano con sus padres. Ni portugués ni rumano, el idioma familiar es el del país de la bota. Pero Celine, que lleva un año de ciudad en ciudad por España, ya escribe con cierta soltura en castellano.

Cada día, Luis Miguel Lozano, maestro, debe de lidiar con casos como el de esta niña. La caravana del circo habilitada como colegio es una torre de Babel con hijos de artistas de las más diversas procedencias. Ahora hay unos diez alumnos, con seis lenguas maternas diferentes: español, ruso, inglés, italiano, rumano, belga y checo. “Son esponjas, y suelen aprender muy rápido. Aquí mismo hay un niño ruso, Alex, el más pequeño, con cuatro años, que tras cuatro meses ya lee perfectamente nuestro idioma”, señala Lozano. Para mayor complicación, las edades oscilan entre los cuatro y los dieciséis años. “El truco para salir airoso es organizar muy bien los tiempos. A primera hora, en asignatura de Lengua, asigno un trabajo a los mayores. Trabajan por su cuenta, no demandan explicaciones y entonces aprovecho para leer con los más pequeños, que para eso necesitan al profesor encima. Y al revés, cuando los benjamines hacen manualidades me centro en los de mayor edad”.

La escuela en el circo es uno de los casos de lo que se denomina enseñanza complementaria. Es un concepto que se aplica a niños y jóvenes cuyas circunstancias especiales no les permiten recibir las clases en una escuela convencional. Lozano explica su caso particular: “Yo soy de Jumilla, en Murcia. Gané mi plaza de funcionario en Huellín (Albacete) y, tras seis años trabajando, allí decidí cambiar. Me presenté a un concurso convocado por el Ministerio de Educación, que consistía en una presentación de méritos y una entrevista personal. Gané la plaza en el Circo Mundial y éste es el segundo año que estoy aquí”. Tiene su propia caravana, y es éste el lugar donde hace su vida.

El de José María Moreno es un caso similar, aunque en un ámbito completamente distinto. Él es uno de los 18 profesores que ganaron el concurso convocado por la Consejería de Educación para el Programa de Educación Infantil en el medio rural. Es el plan previsto para aquellos niños que viven en lugares perdidos y de difícil acceso a un centro escolar.

Todos los días, José María parte desde su residencia en Arcos de la Frontera (Cádiz) hacia una casa particular a unos quince minutos de distancia. Allí, en la puerta, le esperan sus cuatro alumnos: Antonio, Francisco José, Juan Manuel y Carla. Dan clases en la mitad de un espacio habilitado para garaje, originalmente con las paredes de ladrillo y el suelo sin adecentar. En esas peculiares condiciones trabajaba antes José María, quien, para hacer más acogedor el lugar, forró la pared con papel blanco y los dibujos de los niños. Después le tocó el turno al suelo, que se cubrió con losetas. Eso, las estanterías con material escolar y el mueble de salón colocado a modo de separación del resto del garaje terminaron por hacer de aquello un rincón acogedor.

Es una suerte que haya sede permanente, porque antes José María giraba cada pocos meses por las distintas casas diseminadas por la zona. Sus propietarios son gente humilde, tradicionalmente dedicada a la agricultura y a la ganadería de subsistencia. Como Manoli Padilla, ama de casa que ha llevado a Francisco José al colegio mientras su marido se gana la vida en el sector de la construcción. Tras este trabajo, él arreglará el huerto y dará de comer a las vacas y los becerros. Viven, desde hace diez años, en una casa construida por ellos mismos, a tres minutos andando de la escuela. “El niño es un terremoto. Y el colegio le ha venido bien. Antes no hablaba nada y ahora habla por siete”. Lo mismo opina Antonio García. Ha acompañado a su hija Carla al colegio porque en los días de lluvia no puede ejercer su profesión de conductor de máquinas en el campo. Vive en una casa de madera de unos cuarenta metros cuadrados, con su mujer, con su hija Carla y otra niña de un año. La construyó él mismo hace tres años. “Soy de Arcos, pero me llevé quince años en Alicante trabajando en lo que saliera; volví porque me hicieron una oferta y como para construir en madera no hacía falta licencia me hice la casa sobre una plancha de hormigón que yo mismo instalé”. La niña ha crecido bien, sin problemas. “Aquí le cuesta trabajo hablar, pero en casa no hay quien la pare. Es muy preguntona, no se puede hablar nada delante de ella”.

“Aunque los padres digan eso, a estos niños les cuesta más expresarse”, precisa José María, quien, además de seguir el programa escolar oficial, incide, dadas las peculiares condiciones de los niños, en la socialización y el lenguaje. “Ya he terminado, maestro”, dice Juan Manuel, que acaba de finalizar un juego inventado por el profesor, que consiste en asociar un dibujo a una palabra. “También saco material avanzado de internet y se lo doy a lo padres, entre otras muchas cosas, para que trabajen desde casa”. En estos casos de población aislada, también se trata, en cierto modo, de educar a los adultos. “Por ejemplo, en los hábitos higiénicos. Cuando empecé a dar clases lloraban porque yo no les permitía comer chucherías. Y a la salida, los padres les daban de todo. Vinieron del Equipo de Orientación Educativa asignado a esta zona, porque a mí me hacían menos caso. Alguno de los niños tenía los dientes volados. Ahora la cosa ha mejorado mucho. Yo les doy cepillos y parece que en casa los usan. Les pregunto si es así y dicen que sí. Y los niños no mienten”.

Un aula, un colegio. Cuando una escuela tiene sólo de una a cuatro unidades o aulas escolares se considera que son colegios rurales con imposibilidad geográfica de agrupamiento. Es decir, que, por su aislamiento o sus circunstancias, no pueden unirse en un colegio común para una comarca. A veces, los centros son tan pequeños que sólo tienen un aula. Es lo que vivió Raúl Paniagua cuando aterrizó en Cútar. Llegó y le dieron ganas de volverse. Pero respiró dos veces, se encaminó por las estrechas calles del pueblo hacia el Ayuntamiento, se presentó y le dieron las llaves del colegio. “Desde ese instante me convertí en el conserje, el maestro y el director”, bromea cuando recuerda sus inicios en este pueblo de la Axarquía malagueña, de 700 habitantes pero con 186 en el núcleo principal. Tenía cinco alumnos y mucho trabajo que hacer. Ahora han pasado seis años, y Raúl no dejaría su escuela unitaria por nada. Dice que le ha cambiado su concepción de la enseñanza, y en gran parte, su vida. “Ha sido una reconversión. Un cambio de mentalidad a nivel profesional que te hace entender la enseñanza de otra manera. Ahora, no lo dejaría”, comenta este profesor, que ya había pasado por diversos centros de la provincia de Cádiz como titular de Educación Física. “Ahora le digo a los amigos que he dimitido del chándal”, dice, mientras recuerda lo duro que fue al principio, cuando se encontró solo y con niños de tres a seis años que “dependían de mi hasta para desayunar”.

Mari Carmen, Ramón, Miguel y el resto de padres y vecinos colaboran a una misma voz en el colegio. “Poco a poco fui descubriendo posibilidades que al principio no ves. Y éstas pasan por contar con la implicación de las familias y de los vecinos”. Así, Miguel, Gerardo, Ramón y Marina, los niños, aprenden un día a trabajar el barro con la madre de ésta, y otro poesía con el padre de Ramón. Ana, una vecina inglesa, se presta a enseñarles el idioma y acaban con clases magistrales de plástica. La jardinería, las fiestas temáticas o las excursiones son aportaciones adicionales que reciben los pequeños de mano de todos sus vecinos. “La escuela está abierta para todos, y es importante reforzar los vínculos entre nosotros”, explica el profesor para quien otra de las claves de esta enseñanza personalizada es el trabajo en grupo. Por eso, hasta en la hora de la lectura participa Ramón. Es el más pequeño, tiene tres años, y sus compañeros le ayudan para que repita las palabras que van leyendo.

También hay inconvenientes. El principal es la falta de lazos interpersonales. Como dice el padre de Ramón, “hay familias con más niños que los de este colegio”. Así, Marina con 5 años, es la única niña de los cuatro. Ramón, con 3 años, no tiene compañero de juegos, y Gerardo, de 5 años, y Miguel, de seis, cuando más disfrutan es cuando acuden a un centro Guadalinfo a jugar con el ordenador. “Tratamos de proporcionar a los chavales el mayor número de experiencias para compensar esa carencia”, explica Raúl.

A pesar de ello, la balanza sigue volcada hacia lo positivo. Mari Carmen Agüera, la madre de Marina, tiembla sólo de pensar que algún día pudiese desaparecer la escuela, porque esto implicaría entre otras cosas, que con solo cinco años tuviese que coger un autobús hacia el pueblo más cercano donde ahora acuden cuando terminan infantil. “Es un círculo vicioso. La gente se va porque no hay servicios, y las administraciones no los ponen porque no hay gente. Han cambiado las formas de vida pero es una pena que los jóvenes se marchen del pueblo y éste tenga que desaparecer”, lamenta Ramón Ortega, quien recuerda que hace décadas era un colegio mixto numeroso; hace quince había 17 niños y hoy quedan cuatro: Miguel, Gerardo, Marina y Ramón, dispuestos a regalar todos los días una historia a su maestro.

Aulas en hospitales. ¿Qué ocurre cuando un niño está enfermo? Si no se puede mover de casa, se pone en marcha, de inmediato, el Programa de Atención Educativa Domiciliaria. En este caso el trabajo lo realizan voluntarios de la Fundación Save The Children desde 1999, gracias a un acuerdo de colaboración con la Consejería de Educación y en coordinación con el profesor tutor donde esté matriculado el alumno. El año pasado 160 escolares se beneficiaron de este plan. Si el niño está ingresado en un centro hospitalario, entonces actúa alguno de los 44 docentes asignados para este fin, sin contar con los 12 que trabajan en alguna de las Unidades de Salud Mental Infantil y Juvenil repartidas por Andalucía. Por la ciberaula del Hospital Reina Sofía de Córdoba pasan al año unos 1.000 alumnos para seguir sus estudios, con tres profesores encargados de su seguimiento. Ainara tiene diez años y lleva 51 días ingresada. Se ha tenido que someter a varios injertos de piel, pero ya se está recuperando y “está muy animada”, según cuenta su madre, Paqui. Cuando llegó de Jaén a tratarse en el complejo sanitario cordobés pensaba que iba a perder ventaja con respecto a sus amigos de clase, que seguirían estudiando todos los días. Sin embargo, cuenta con toda la atención necesaria y acude todos los días a la escuela para seguir con sus ejercicios de matemáticas.

Juan Expósito es el alma mater de este proyecto. Lleva veinte años al frente de la escuela y recuerda como, en 1986 compartía espacio con enfermeros, médicos y auxiliares. “Al mismo tiempo que ponían una venda tratábamos de explicar el proceso de la célula”, recuerda. Ahora cuentan con unas instalaciones propias dotadas de ordenadores para los mayores, juegos para los más pequeños y mesas para dar clase a los alumnos de Primaria y Secundaria.

“Esto te cambia la vida, el ritmo es muy distinto y aquí haces la veces de psicólogo, maestro e incluso médico. Recuerdo que un paciente de 11 años, que estaba en fase terminal, me dijo un día que sabía que se iba a morir, pero que no quería; en esos momentos no sabes qué hacer, pero tienes que sacar fuerzas y darle ánimos, aunque sin engañarle”. Y es que los niños le han dado en muchas ocasiones lecciones de superación. Un marroquí, trasplantado de hígado, que llegó a Córdoba sin conocer el español, aprendió el idioma en la escuela del hospital. Esto fue hace cuatro años. Ahora ha vuelto al centro sanitario porque ha empeorado, pero “es un gran compañero que ayuda a los demás enfermos y ya es capaz de resolver las dudas en español”. Los vínculos que se forman entre maestro y enfermo son muy duraderos. “Todos los días recibimos al menos una visita de un antiguo alumno”, asegura Expósito, quien siempre recordará la frase que le dijo la madre de un niño enfermo durante su entierro: “Mi consuelo es que cinco minutos antes de morir se estaba riendo contigo”.

Inmigrantes. Hace algunos años, María del Carmen Franco decidió dedicarse a ayudar a uno de los colectivos escolares más desfavorecidos, el de los alumnos inmigrantes. Ella es una de las profesoras de ATAL (Aulas Temporales de Adaptación Lingüística), cuya misión fundamental es procurar la adaptación del niño al sistema educativo. La filosofía es la de matricularlo en el centro como un alumno más, de manera integradora, y emplear las ATAL como complemento de refuerzo. Es lo que ocurre, por ejemplo, en los colegios públicos Montemayor y Zenobia de la localidad onubense de Moguer, que tiene en María del Carmen Franco a la persona encargada de enseñar al alumnado sus primeras palabras en castellano, ya que la inmensa mayoría llegan a España sin noción alguna de nuestra lengua. Durante una hora, ella se reúne cada día con sus seis o siete alumnos inmigrantes. “Son esponjas. Lo aprenden todo muy rápido, aunque las deficiencias que presentan cada uno de ellos son básicas en el vocabulario, la expresión y la comprensión escrita”, afirma. En concreto, en el colegio Montemayor de Moguer, uno de los centros en el que trabaja esta profesora, están matriculados 51 niños marroquíes, 29 rumanos, 10 polacos, 5 búlgaros, 3 argelinos y un ucraniano. Pero el trabajo con unos es más complicado que con otros. Los niños marroquíes son los que presentan mayor dificultad, ya que “su grafía, abecedario e incluso la dirección en la que escriben es totalmente diferente a la nuestra, por lo que hay que empezar desde cero”. Y hay que tener en cuenta, además, a su familia y su experiencia. “Depende mucho de ellos. Hay casos en los que he tenido que enseñar al niño a coger el lápiz porque no lo habían visto nunca y tan sólo verlo les sorprendía. Es algo que a nosotros nos parece insólito pero en realidad es muy normal, sobre todo entre los más pequeños, los de tercero de primaria, que es nivel a partir de cual que trabajamos”.

En esto de la educación complementaria hay miles de historias. Joana tiene diez años y cursa sexto de Primaria. En octubre de este año ya habrá pasado de curso probablemente. Ella sería una más entre miles si no fuera porque la sede de su escuela es una de las caravanas del Gran Circo Mundial. Es barcelonesa y domina el inglés y el italiano. La prueba de que el estudio es algo en su vida es que quiere estudiar Veterinaria, pero no para ejercer. Por puro placer. En el fondo, lo que ella quiere hacer es el número de la tela que cuelga de la carpa del circo y domar elefantes. Domadora, sí, pero formada.

Texto elaborado con la colaboración de Elena Ontiveros (Huelva), Anabel Calero (Córdoba) y Mayte Cortés (Málaga).

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