EN LA RETINA: MARISMAS DEL GUADALQUIVIR

Escepticismo marismeño

  • Un investigador recupera un álbum que retrata cómo fue la transformación de las islas del Guadalquivir y el afán especulador de algunos de sus promotores

El marismeño es escéptico. Nunca creyó en la transformación de las marismas del Guadalquivir, quizás porque sospechaba que sólo podía ser especulativo el interés de aquel inglés que en los años 20 se enamoró del territorio en una cacería. Y quizás no se equivocaron demasiado. Remigio Eric Fisher trabajaba en 1923 en una empresa en el Delta del Nilo cuando fue invitado para cazar patos y decidió invertir en unas marismas inundadas y convertirlas en una tierra fértil de cultivo donde crecieran algo más que lirios. Le acompañaba Lord Milnor, presidente de la empresa donde trabajaba Fisher, que aceptó el desafío de éste y partió hacia Francia para buscar el dinero necesario para constituir una sociedad: 20 millones de pesetas procedentes de capitales franceses y suizos fueron suficientes para fundar en 1926 la compañía Islas del Guadalquivir S.A., conocida como al de los ingleses. Mientras tanto, Fisher se había encargado en Sevilla de simpatizar con los personajes más influyentes de la sociedad para garantizar el buen término de su proyecto. Y lo consiguieron. Con la compra de la finca Rincón de los Lirios comenzó una aventura no exenta de conflictos de intereses y capitales que dieron lugar a la competencia de dos compañías que se disputaron la transformación de las marismas.

Ésta se inició con la construcción de grandes infraestructuras: muros de defensa, colectores y estaciones para sanear los terrenos.  En abril de 1927 el Rey Alfonso XIII visitó los trabajos, acompañado de la reina, el príncipe de Gales y el heredero de éste, Jorge, que asistieron a la colocación de la primera palmera en el  poblado que aún lleva su nombre, Alfonso XIII.  A finales de dicho año, la marisma ya era otra: una carretera, una línea de ferrocarril de vía estrecha y otra telefónica daban la vuelta a la Isla Mayor, mientras que se hacían ensayos de trigo, cebada, algodón y arroz en el Rincón de los Lirios. Estos ensayos se llevan a cabo en las vetas, extensiones de terreno mínimas comparadas con los lucios que forman parte de la marisma y que, a diferencia de éstos, son terrenos fértiles que permitieron resultados excelentes. Se cultiva y recoge con éxito arroz, algodón, trigo, tabaco, pimientos... Así se refleja en las fotografías del álbum de la compañía Islas del Guadalquivir que cayó en 1982 en manos del profesor José González Arteaga, un marismeño de La Puebla del Río obsesionado con las marismas lejanas y cerradas que conoció de niño. “Investigando para mi tesis doctoral, en un archivo de una finca, un administrador me ofreció un álbum de fotografías que me dejó alucinado, el álbum de la compañía de los ingleses que sirvieron de prueba a los accionistas para hacer subir sus acciones en la bolsa londinense”, comenta el profesor.

Su tesis fue confirmada en 1990, meses antes de fallecer, por el ingeniero alemán Emilio Plate Thielin, que trabajó en la marisma y conoció de cerca los intereses especulativos de Fisher que, según estas fuentes, una vez que se enriqueció abandonó el proyecto, que pasó por dos compañías más, y sumió en la pobreza a los marismeños que llegaron a ilusionarse con un futuro más allá de garrochas y pasto para el ganado.

Pero el milagro floreció en las marismas. Fue unos años después, en plena Guerra Civil, cuando Rafael Beca Mateos, empresario de Alcalá de Guadaíra, a instancias del general Queipo de Llano y Ramón de Carranza, el marqués de Soto Hermoso, recibe en 1937 el encargo de poner en cultivo de arroz parte de las marismas. El objetivo era alimentar a la tropa, ya que el arrozal había quedado en manos del bando republicano en el resto de España. Unos 300 presos valencianos, no todos instruidos en las faenas agrícolas, fueron los encargados de la mano de obra y convertir en realidad el sueño marismeño: transformar unas marismas inundadas y yermas en la principal zona de producción de arroz del país. Así se mantiene hoy.

Los primeros colonos que poblaron la marisma en los años 40 fueron forasteros, valencianos y, sobre todo, andaluces de otras provincias, extremeños y canarios. Los marismeños tardaron en perder su escepticismo, la herencia de un tal Fisher que se encaprichó con las marismas.

José González Arteaga acaba de publicar el libro El Rincón de los Lirios. Las islas del Guadalquivir 1927-1930, editado por el Centro de Estudios Andaluces.

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