Espirales

Fútbol es (no sólo) fútbol (y II)

Décíamos que este deporte, denostado por algunos intelectuales de nariz altiva, es mucho más que eso y que, a menudo, no funciona sino como fiel barómetro de una realidad que, a veces, se nos escapa invisible. Por ejemplo. A pesar de las bullas que en Semana Santa ocupan las calles de nuestras ciudades siguiendo pasos y extasiándose ante imágenes, a pesar, digo, parece que la práctica de la religión, o aquello que conocíamos por tal, no pasa por su mejor momento: basta asomarse a una misa en día de precepto para constatar cómo, templos llenos hace treinta años, ahora apenas son visitados por una docena de personas. O cómo los seminarios se vacían poco a poco. O cómo los niños casi ya no saben rezar las oraciones más sencillas. Se dice, y no me parece ninguna tontería, que el fútbol se ha constituido en una nueva religión, y que los estadios son las catedrales de nuestro tiempo. Esto, que no es nada novedoso, lo admito, está teniendo su colofón final con las iniciativas que determinados clubes están impulsando.

El Espanyol, el otro club de fútbol de Barcelona, espera ingresar casi cinco millones de euros por la venta de nichos para las cenizas de sus aficionados. ¿Increíble? ¿Chiste? No, créanme. Es cierto. Ya no se trata de aquella escena esperpéntica relatada por Lopera a Carlos Herrera: la del tetrabrí con cenizas de un hincha bético que no quería dejar de asistir a un partido después de muerto y propuso que un familiar lo llevara cada domingo al estadio. No. Hablamos de espacios habilitados para que los seguidores del equipo periquito puedan, en vez de en el campo santo adosado a la iglesia, descansar en el sitio más sagrado según sus particulares creencias. Y no vayan a pensar que serán solo unas cuantas docenas. Se prevé la construcción de cinco mil columbarios.

Cuando leí la noticia comprendí que el puzzle empezaba a encajar. ¿Qué mejor lugar para reposar el sueño eterno que aquel al que vamos todos los domingos en compañía de nuestros –amigotes, hijos– seres más queridos? El proyecto también está siendo desarrollado por el Chelsea, el Manchester United y el Arsenal. Será cuestión de ir pensando si uno quiere que lo depositen en una esquina del antiguo Benito Villamarín o, por aquello de las vistas al mar, del Ramón de Carranza, ambos igualmente queridos.

Pero es que, en otro orden de cosas, el fútbol también nos sirve para aflorar circunstancias verdaderamente llamativas. Así, hace tiempo que defiendo que si hay algo que amalgame todavía a este país sin riesgo de fisura alguno, eso es la Liga de Fútbol Profesional. Que cada tarde dominical los habitantes de Bermeo, Granollers o Llerena se congreguen ante la radio o la televisión para saber el resultado de los partidos es verdaderamente determinante para nuestra supervivencia como Estado uni, pluri, o multinacional. Que los equipos más representativos de los nacionalismos periféricos (léase el Barcelona, el Athletic o la Real) ni se planteen en sus reivindicaciones más delirantes la creación de una liga propia es la mejor arma que se puede utilizar a la hora de negociar cualquier órdago secesionista.

Son los equipos vascos (y catalanes) los que necesitan del resto de los clubes españoles para su mera supervivencia económica e ideológica. No al revés. Y esto, que tan meridianamente claro se ve en el universo de la pelota, es perfectamente extrapolable al mundo –cada vez más espeso– de la política. ¿Incluirá en su consulta de octubre Ibarreche la posibilidad no sólo de una Euskadi “no subordinada a España” sino de una Liga propia?

En una Escocia que también mira a Inglaterra con recelo, el Celtic llora por competir en su afamada Liga. Porque ellos, más alla de veleidades patrioteras, saben bien que la pela es la pela, que el dinero está en la Premier, en jugar en Anfield, o en el Emirate, en ser retransmitidos a medio mundo peleando contra un Liverpool casi espanol o el Chelsea. Es la globalizacion. O son las economías de escala. Algunos todavía no se han enterado.

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