Domingo de Ramos

La emoción entre dos varales

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Estaba  llorando al ver pasar el paso de palio. Justo entre el tercer y cuarto varal se le volvieron los ojos esponjosos, la boca esbozó una curva hacia abajo, dibujó una semicircunferencia de melancolía, como la máscara triste de la tragedia. Entre el tercer y cuarto varal, donde quedó arriada su atención por unos instantes con anhelos de eternidad, estaba la verdad legada, el secreto recibido en esa herencia emocional que no se transmite en ningún testamento.

Ese legado sólo puede ser transmitido por quien lo tiene. Y su padre lo tenía. Por eso él lo tiene ahora y lo transmite a hijos y nietos. Justo entre esos dos varales, sólo entre esos dos, se aprecia con toda nitidez la conversación entre la Virgen que lleva el sol por corona y Juanillo el de la Palma como escolta sin cirio apagao. Ahí se produce la tertulia más sacra, así se lo enseñó su padre: "Al ver la Amargura, busca siempre entre el tercer y cuarto varal. Ahí, ahí se ven los diálogos entre la Virgen y el apóstol". Los ojos claros de este señor, de riguroso traje y corbata ortodoxa, siguieron derramando recuerdos al quedar posada la vista entre esos dos varales, al quedarse acariciando esa verdad íntima de un Domingo de Ramos en el que cada cual lleva la cruz de sus verdades. Incluso hay quienes no han recibido ninguno de esos secretos, hay quienes no tienen ningún legado que les esponje los ojos, como pueblos sin historia, como ciudades recién fundadas. Hay quienes son de vocación tardía.

La Paz por el Parque, en 360º. / Vídeo: Antonio Pizarro

La Semana Santa es para todos, acoge a todos, al público de bulla y balcón, de velador y de a pie, de copas largas y de agua en botellín escarchado a un euro, de enseñanzas transmitidas y de neófitos en la materia. De sabios discretos y de cargantes enteraos. De tapa en el Rinconcillo y de buñuelos y gofres en la Puerta Osario.

El paso del Señor de la Victoria cruza la puerta de la parroquia de San Sebastián. / Vídeo: Antonio Pizarro

Si el Estado es la expresión del vacío, ¿qué sentido tiene el vacío de un templo cuando se ha cerrado a la visita matinal y acaba de llegar el primer nazareno? La Iglesia de Los Terceros vacía, con un solitario y prematuro nazareno, es la expresión del gozo que ha de venir, mudos los tres pasos, brillantes las joyas de la Virgen, elegante el mantolín en el monte de Humildad y Paciencia y muy original el bodegón de molletes y frutos secos.

La salida del Cristo de la Buena Muerte, de la Hiniesta. / Vídeo: M. J. López

Estaban sus ojos llorando entre esos dos varales cuando el día había dejado atrás una fugaz procesión de palmas en torno a la Catedral, rápida como Santa Marta de regreso, tan veloz que algunos habituales se quedaron sin la contemplación del cortejo de las capas pluviales y exento de las dignidades mitradas que le dieron lustro en otros tiempos. Ya sólo se aprecia la mitra de don Juan José Asenjo, palma rizada y bisbiseo de oraciones.

La salida de la Hermandad de la Cena. / Vídeo: Juan Carlos Vázquez

Calle Sierpes. Domingo de Ramos por la tarde. La Semana Santa es una vorágine de emociones que se rueda en simultáneo. "Cada año lo echo más de menos", nos dice la viuda en el primer saludo mientras pasa la Borriquita, antifaces levantados, sueños en coches de bebés, padres tostados por el sol de las plazas del Salvador y de la Campana, estampas regaladas, besos, agua, agua y más agua. Hizo sol, tolerable, pero sol. Un sol más grande si cabe con el barco oro y rosa del paso de misterio coronado por la palmera con Zaqueo, vigía de una tarde de reencuentros y de recuerdos. Los nazarenos de la Amargura se aproximan a San Juan de la Palma. Ellos son el mejor pregón de la Semana Santa, el mejor del siglo XXI, del XX y hasta del XIX si por entonces hubiera habido pregones, charlas o exaltaciones del tipo que fueran. Nazarenos blancos, de aristocrático caminar que se cuelan entre las filas de terciopelo verde de una Virgen de Gracia y Esperanza bañada por el sol de la Plaza Ponce de León a redoble de tambor. La Plaza de la Encarnación puede con todo: con los veladores, con las setas, con los puestos, con las cofradías, con los niños de chaquetas y con los canis, con los roedores de pipas y con los consumidores de teléfonos inteligentes. Lo que se ve en la Encarnación estas tardes tiene muy poco que ver con aquello que ocurre entre el tercer y cuarto varal, aquello que se vive en la autenticidad interior, aquello que se va edificando con el paso de los años a base de ir apilando ladrillos de experiencias sellados con el cemento de la memoria. Lo bueno del sol es que salen todas las cofradías. Lo mejor de disfrutar de la certeza de que hará buen tiempo es que se pueden hacer todos los planes del mundo. Pero lo peor de que el buen clima esté garantizado es que a la Semana Santa se le ven las costuras como nunca, las tripas, las miserias de un público estático, de pipas y teléfono, de silla y bordillo. Un público que quizás nunca haya tenido el privilegio de que alguien le explique que entre el tercer y cuarto varal está la verdad que sostiene todo cuanto ocurre estos días, un público tal vez incapaz de saber valorar las joyas que lucía ayer la Virgen del Subterráneo, que no son fruto del talonario, sino de los donantes que han querido dejarle a la Virgen sus joyas y las de sus antepasados, ofrendas de amor verdadero, y un público para el que tal vez haya pasado desapercibido el tocado de tul de Gracia y Esperanza, elegante espuma que embellecía ese rostro de la Dolorosa que cae bien a todo el mundo, como dice José Ignacio Jiménez Esquivias.

Los nazarenos de la Amargura van conquistado Feria, Regina, Amparo, Gerona, Alcázares… Son afluentes que van a morir al río de San Juan de la Palma, donde está el mar de oro del Señor blanco, despreciado por el Herodes cargado de bisutería, y la playa de bordados caros de esa Virgen que siempre va dialogando entre el tercer y cuarto varal. La tarde está hasta arriba de público, traseras de bares con gente apalancada, vasos de sidra cargados de destilados de todos los colores, botellines exhibidos en los balcones, símbolo de estatus del neocateto, cajas de plástico con torrijas y tenedores de plástico al estilo de una tarde de domingo en Matalascañas, Chipiona o Punta Umbría. Qué más da. Se trata de estar, beber, comer y participar. El verbo es participar, justificación que ofrecen los que se jactan de no creer en la fiesta religiosa pero no se la quieren perder por el temor acomplejado a quedarse excluidos. Los padres de la Borriquita vuelven como un ejército fatigado y alegre al mismo tiempo. Sus caras tienen magulladuras de guerreros. Despeinados, pies doloridos, sudorosos, bolsos en banderolas, llantos, alegrías, un mundo infantil que es pura autenticidad en esa mejor cara de la Semana Santa. Hay pequeños que han aguantado todo el camino con el antifaz levantado, como los nazarenos de madera del Silencio que representan a Mateo Alemán o Tomás Pérez, como los nazarenos negros que serán en dos chicotás más que avancen sus cortas vidas.

Salida de La Amargura. / Vídeo: M. J. López

La Estrella es un cinturón azul y blanco que va entrando en la Magdalena como una aguja en la piel, poco a poco, en silencio, sacando la sangre de las emociones, desplegando los tramos con familiar parsimonia, dejando atrás las calores insoportables de la capilla, alejándose de Triana en esa recta que la lleva al Santo Ángel. El paso de palio de la Cena es un bocado exquisito, de andar elegante, casi imperceptible el movimiento de las caídas del palio, finas formas en una calle de público dispar.

Salida de El Amor. / Vïdeo: Juan Carlos Vázquez

La Semana Santa actual es aliada de la noche, con las costuras más tapadas, el olor a gofres menos intenso, el público más ahormado y las tabernas más sucias pero menos pobladas. El Domingo de Ramos es, sin duda, el día más pasado de medida, donde se aprecia con más claridad la banalización de la fiesta, donde se proyecta con más fidelidad la sociedad consumista de hoy, la que participa más que vive, la que se sienta a esperar las cofradías como sujetos pasivos en lugar de ir a buscar las emociones que hay entre el tercer y cuarto varal. Ahí, ahí es donde se ve a la Virgen de la Amargura hablando con San Juan, ahí es donde está un trozo del mejor Domingo de Ramos, en esa cofradía es donde salen los mejores pregoneros, todos con túnicas blancas de cola, a esas horas en que el nácar de la cara de la Estrella se deja ya ver por su barrio. Los roedores de pipas, los ensimismados del teléfono y los parásitos del portal tal vez no entiendan de los secretos que encierran ciertos varales, quizás no aprecien que el vacío de un templo antes de salir la cofradía es la expresión del gozo inminente, y que el nácar es la octava maravilla del primer día de eso que se llama Semana Santa, que huele a gofre y cera al mismo tiempo, que acoge a sabios discretos y a enteraos recién llegados. Entre dos varales está el mejor Domingo de Ramos, los mejores diálogos, el mejor legado. En las traseras de muchas calles está la cruda realidad, los chillidos, la peor cochambre. Dos caras de la misma moneda.

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