Con la venia

Números

COMO cofrade me asustan los recalcitrantes recuentos de nazarenos, sus tiempos de paso e itinerarios alternativos. Todo tan perfecto, metódico y ejemplar. Todo contabilizado, medido y vuelto a contar. Nadie del cortejo procesional - entiéndase nazarenos, acólitos, costaleros, músicos, etcétera- se oculta al inexorable cálculo. Pero se suele olvidar algo importante: que detrás de los números vacuos hay siempre hermanos.

Los informes cuantitativos y las arbitrarias propuestas de algunos delegados de día parecen ignorarlos. Los números sólo son cifras y difícilmente identifican a un ser humano, con sus miserias y sus grandezas, con sus creencias y sus devociones singulares, propias de su identidad individual o colectiva de su hermandad. Y esto es grave, muy grave. Pues al final, todos hablamos de lo mismo, de personas, de cofrades, de hermanos, de seres anónimos. No se trata de intentar pasar a cuantas más personas por minuto en un punto determinado, sino fundamentalmente de hacer estación de penitencia según el cumplimiento riguroso de la reglas de cada hermandad. Cumplir las reglas. Este es el verdadero problema de los modelos numéricos. Cumplir las reglas. Y eso debería ser lo verdaderamente importante, es decir, el fin mismo de las cofradías, cada una con su idiosincrasia de paso y no el cuento y recuento de los números frívolos.

La compensación y uniformidad cofradiera empobrece o, peor aún, envicia la Semana Santa. Cada hermandad tiene su estilo, también en el transitar. Pues la verdadera procesión de cada uno va por dentro. Y aquí dentro, en la meditación interior de cada nazareno, acólito, músico, costalero o auxiliar, en su estación de penitencia particular, no hay números, ni horas, ni itinerarios, ni otras cosas cuantificables ni materialistas. Miseria y servidumbre de la vanidad exterior cofradiera. Bien lo sabemos todos.

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