Martes Santo

Del aplauso a la crítica, del acierto al error

  • El mal tiempo puso en jaque a las cofradías, que reaccionaron de muy distinta forma: prorrogando las salidas, cambiando la decisión a última hora y sacando un paso bajo la lluvia.

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Día de oídos cansados y orejas doloridas de auriculares. Jornada de radio. Las malas noticias son las primeras en llegar. El Cerro no sale, ni los Estudiantes, ni San Esteban... Un estribillo de ilusiones frustradas que fueron hilvanando un Martes Santo donde muchos cofrades bebieron el cáliz amargo de unos pasos que no se movieron de su templo, de dobladillos de capas que sólo conocieron la humedad de un suelo donde la cera y el agua se daban la mano en una peligrosa comunión para cualquier viandante. La única ilusión se esfumó en San Lorenzo tras una frustrada salida que ya es tema de avivado debate para días venideros.

Definitivamente es la semana de los porcentajes de lluvia. El lunes, un 35%. Ayer, un 75%. Y así continuará la fiesta, con jornadas estigmatizadas por una cifra y un tanto por ciento. Hoy es del 30%. Y a partir de mañana mejor ni pensarlo. Junto a ello, una clase de meteorología. Los sevillanos -aunque sólo sea una vez al año- sienten curiosidad por esta ciencia y los hay que hasta se creen doctores en cuestiones de tormentas, anticiclones, entradas de borrascas y otros aspectos atmosféricos. Raro es que alguien no diserte estos días sobre la procedencia de las nubes que tiznan el cielo en un intento de explicar lo que el sentimiento no comprende.

Ese sentimiento que ayer albergó la esperanza de que ocurriese como el Lunes Santo, en el que los malos presagios sólo dejaron sin salir a la del Polígono. Frustración que parecía ya más que olvidada cuando la segunda jornada de la Semana Santa se consumía en sus últimos compases. La Virgen de los Dolores buscando San Vicente con la escolta de unos naranjos de los que abril desprendió su aroma. Gana adeptos esta entrada que regala a los sentidos la estampa de una celebración tan clásica que a veces parece más soñada que real, a tenor de las imágenes que desparrama la propia fiesta en las horas centrales del día, cuando la falta de respeto de algunas personas es más que frecuente. Sobraba quizás luz, añoradas penumbras en las que sí se sumergió la Virgen de las Aguas al buscar su plaza del Museo por Alfonso XII. Sonó Margot y Saeta Cordobesa. Luz de luna y cirios. Había motivos para la esperanza.

Pero la mañana trajo la realidad, la cruel realidad. El cielo, que amaneció del celeste tan glosado por los tópicos, fue cubriéndose de nubes. Pura ceniza. A partir de ahí la historia es una retahíla de decisiones prorrogadas, inmediatas, incomprensibles, aplaudidas, lloradas, contadas a pie de micrófono o a pie de atril. Porque en días como éstos no está todo dicho y la sorpresa puede llegar cuando el oyente de pinganillo en oreja se entera de que los Javieres se pone en la calle en el momento en el que la ciudad es visitada por los contados e inoportunos chubascos de ayer. Caras de estupefacción. Maruja Vilches, hermana mayor en funciones, se disculpa por tener que deshacer con su "voto de calidad" un "empate" entre los oficiales de junta de gobierno dispuestos a salir y los que no. La decisión fue hacer la estación de penitencia.

¡Y vaya penitencia! Vilches pidió a sus hermanos que rezaran durante el recorrido para que el agua fuera clemente y no les afectara mucho. Era una "cuestión de fe". Los modelos -según afirmó- avalaban la decisión. Pero mucho tuvieron que rezar los nazarenos de los Javieres para que la lluvia se presentara en el momento justo de plantar la cruz de guía bajo el dintel de Omnium Sanctorum y no en mitad del recorrido. Se acabó lo que se daba. Vuelta atrás y a quedarse en casa. Hubo quien respiró tranquilo y otros que empezaron a utilizar calificativos nada delicados sobre lo ocurrido.

Mientras, Meteorología -rebautizada con el nombre un tanto extraño de Aemet- se convertía, de nuevo, en el druida de la celebración. Partes, modelos y llamadas. Muchas llamadas. Los porcentajes fluctuaban. El riesgo era de un 90% desde las 14:00 a las 20:00, luego diminuyó al 60% desde las 19:00 a las 20:00 y por último, a partir de esa hora, todo se reducía al 30%. Números para entretener una tarde donde la decepción iba ganándole el terreno a la ilusión. Tras la sorpresa de los Javieres, San Benito y la Candelaria, que habían solicitado prórroga para salir, suspendían su estación de penitencia, como anteriormente decidió los Estudiantes, cofradía que estrenaba monaguillas en el paraninfo de la Universidad. La decisión de Santa Cruz no se hizo esperar. Minutos antes de la siete ya se supo que no saldría. El Martes Santo estaba en blanco. Sin cofradías por la calle. Sólo con el ruido de los bares, el rezo de los vía crucis y el tránsito de gente para ver los pasos impolutos en las iglesias, que permanecían allí como ropa nueva ausente de estreno.

Pero a este martes le quedaba mucho que ver: el traslado de los pasos de los Estudiantes desde el Paraninfo a su capilla y el misterio de la Bofetá bajo un aguacero. Los porcentajes, en este último caso, jugaron en contra. La cofradía de San Lorenzo -dirigida por un comisionado- apostó y tuvo mala suerte. Eso o el afán por repetir la imagen de 2003, cuando fue la primera en pisar la Campana. Juzguen ustedes mismos. Lo cierto es que la imagen rozó lo dantesco: un paso que se ponía en la calle en el momento del día en el que más llovía, la cofradía que siguió sin variar su itinerario -ampliado por Amor de Dios para conmemorar un aniversario que debió celebrarse en 2010- pese a la amenaza de precipitaciones y decenas de niños nazarenos empapados. El comisionado insistió en que se consultó el parte meteorológico cada 10 minutos, aunque no faltó quien empezó a cuestionar la colaboración de los meteorólogos. Al final, la estampa que se repitió fue la de 2007, cuando al paso también le cayó un aguacero a poco de salir.

Con esta imagen se desvaneció la última esperanza de un día en continua apuesta. De decisiones que ya marcan la historia de las hermandades. Salir o no salir. Cuestión y porfía en cofradía. Al final, siempre escampa.

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