Cuarema · Obituario

El eterno retorno a San Bernardo

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Bruñía con piedra de ágata las letras de sus libros, de sus pregones íntimos, de sus himnos, de sus salves y de sus sevillanas. La grandeza de la Semana Santa sólo es posible gracias a personajes anónimos, a miradas profundas y limpias que ocultan su identidad bajo un antifaz. Me lo decía mi compañero Antonio Cattoni, refiriéndose a José Manuel Muñoz Suárez,  hermano de San Bernardo, San Buenaventura y Santa Marta, historiador de nuestras hermandades y subdirector del Boletín de Cofradías. Pepe Muñoz -así le llamaban sus amigos- escribía unas veces sobre lo que fue -historia- y otras sobre lo que pudo haber sido -literatura-, pero siempre con la libertad de quien conoce que el secreto de la felicidad consiste en vivir cada instante como si fuera a durar siempre y no tanto en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace.

En parte por eso, José Manuel Muñoz halló, en el transcurso de una conmovedora investigación histórica, el nombre del escultor Pedro Roldán entre los fundadores de la primigenia hermandad de la Santa Cruz del Cañoquebrado y así quedó reflejado en el libro dedicado a los 350 años de historia de la Soledad de San Buenaventura. Tenía una amplísima visión de las cosas, por eso muchos vieron en su vida y hasta en su muerte retazos del genial Antonio Gaudí, que murió víctima del atropello de un tranvía cuando se dirigía a la barcelonesa iglesia de San Felipe Neri. Pepe Muñoz se dirigía al presbiterio de San Bernardo, acuciado por un aroma de rosas y orquídeas, en las horas felices del triduo. Sin embargo, en la frontera del barrio, el destino dibujó un tenebroso trazo digno del lienzo del Juicio Final, la obra de Herrera el Viejo que también puede admirarse justo al lado del altar del Cristo de la Salud. La belleza es el resplandor de la verdad, decía Gaudí.

Así que un año más nos dispondremos a entender que San Bernardo es el barrio de los prodigios y que cabe esperar, cada Miércoles Santo, el retorno de quienes proclamaron el arraigo frente al desalojo. Allí, donde las estocadas se embellecen con un volapié, veremos al Cristo de la Salud recrear y proclamar que la muerte es un dulce sueño y  las bambalinas y los varales del palio avanzarán, entre los rizados barrotes de las viejas barandillas, inventando acordes propios de partitura de Stravinski: se oye lo que se ve y se ve lo que se oye. Siempre se regresa al edén perdido en el que aprendimos las viejas leyendas.

Así como Romero Murube habitaba en el barrio de espejos que hacía el río en Triana, Pepe Muñoz vivía en el reflejo broncíneo e imposible de las veletas bajo el puente sin agua de Juan Talavera. En la patria hecha de tiempo está a punto de ofrecerse, a la vista de quien tenga ojos para ver, el mito del eterno retorno que glosó en sus pregones José Manuel Muñoz Suárez. Siempre se regresa al lugar en el que uno fue feliz.

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