Plaza de España · Guadalajara

Del Alto Tajo al Bajo Guadalquivir

  • Alex Catalán. A la tercera debe ir la vencida en los Goya para este biólogo inconcluso que retrató el misterio de 'Isla Mínima'. Llegó en el 89 a Sevilla, con una afición al cine que debe a una de sus Pilares.

EN 1989 Cela gana el Nobel de Literatura y Alex Catalán (El Pobo de Dueñas, 1968) llega a Sevilla después de aprobar las oposiciones para reportero gráfico en Televisión Española. El jurado sueco debió estimar entre los méritos de Cela su Viaje a la Alcarria. Alex Catalán, autor de la fotografía de La Isla Mínima, nació al otro lado de la provincia, en un pueblo ubicado en el Parque Natural del Alto Tajo, el pequeño de los cinco hijos de una maestra de escuela y un empleado del Ministerio de Agricultura.

Con cuatro años se trasladan a Molina de Aragón, "el pueblo más frío de España, muy recurrente en los informativos, salimos mucho más por eso que por ser una ciudad medieval que debe su nombre a doña Blanca de Molina". Un municipio cuya relación más explícita con el cine es que allí se casó Norma Duval con el productor cinematográfico José Frade, artífice de títulos históricos de la factoría Ozores como Cristóbal Colón... de oficio descubridor o Juana la Loca... de vez en cuando. Alex Catalán sugiere que en el banco de Guadalajara el motivo de la boda de Felipe II con Isabel de Valois debería cambiarse por otra del enlace de la artista con el productor. "Buscaban un sitio anónimo, como el Springfield de los Simpson".

Alex Catalán no debería estar en esta provincia. "Tenía que haber nacido en Teruel, el límite provincial está a diez kilómetros, pero ese día nevó tanto que tuve que nacer en mi casa con matrona". La presencia de Andalucía en sus genes está en Sebastián, su abuelo materno, "se quedó manco porque una máquina le destrozó un brazo". Granadino de Laroles, en las Alpujarras, cruzó España entera para llegar hasta Moraña, en Pontevedra. Allí era el maestro que residía junto al aula de niños, mientras que Maruja, pontevedresa, lo hacía junto a la de niñas en un colegio financiado con el dinero de un indiano.

Allí surgió el flechazo, una boda mucho más decisiva que las de Felipe II con Isabel de Valois o la de Frade con Norma Duval. Los maestros llegaron con nuevo destino al Alto Tajo, a esa comarca donde José Luis Sampedro ambientó su novela El río que nos lleva. El pequeño de ocho hijos, su padre, se casó con Pilar, la mayor de las cuatro hijas de los maestros de escuela. "Mi abuelo paterno es de la época del Oeste".

Antes de hacer su particular trasvase Tajo-Guadalquivir, consagrado con esa inmersión visual en las Marismas, el benjamín de la maestra y el agrónomo probó a orillas del Manzanares. "En el mundo del cine la que me introduce es mi hermana Pilar. Es la primera mujer directora de fotografía del cine español. Madrid era para mí el ambiente de trabajo de mi hermana, que me fascinaba. Me encantaban sus amigos. El cine representaba la modernidad, frente a la vida aburrida del pueblo". La misma hermana que le abrió esas puertas le desaconsejó que estudiara Imagen. Aprovechó la estancia en Madrid para estudiar dos años de Fotografía, dos de Vídeo y trabajar con su hermana como ayudante.

Sevilla la conocía de una visita con sus padres. "Tenía siete años. Era en Semana Santa, recuerdo el flash de cadenas y pies descalzos y que en Sevilla fui al estreno de Superman. Me costó decidirme porque también estaba en la cartelera Spiderman".

Aquel niño sería después un joven de 21 años que venía a su nuevo destino laboral. "Mi primera visión de Sevilla es la avenida de la Palmera, donde estaba el centro regional, y las casas del 29. Siguen siendo mis espacios favoritos". Era joven, viajaba, se lo pasaba bien, pero de pronto a ese trabajo le empiezan a salir una serie de feos epítetos: funcionarial, repetitivo, monótono. Como vía de escape, se matricula en Biología. La dejó en tercero, pero algo le debió quedar, no sólo por el instinto visual para adentrarse en el ecosistema de Isla Mínima. "El día que el famoso picudo rojo deje la avenida sin palmeras, será el momento de irme de Sevilla". Sin un bagaje de cinéfilo, el hijo del Alto Tajo que retrató la magia del Bajo Guadalquivir encontró la horma de su zapato.

"Para el cine no me llama nadie, porque lo creamos nosotros". Conoce al sevillista Alberto Rodríguez, al bético Santi Amodeo, pero él permanece al margen de credos balompédicos y de "tradiciones arraigadas, fomentadas", por el peso "eclesiástico, mariano" de una diócesis regida por un paisano de Sigüenza. Le gusta competir en carreras de coches por internet. Participó en la Nouvelle Vague del cine andaluz, ese colectivo Cinexin en el que "para poner en cuestión la falta de ayudas de la Administración", hicieron 17 cortometrajes en latas de 30 metros de película de 16 milímetros. El suyo, que parece un homenaje a sus ancestros, se tituló El caminante.

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