Garbanzos de destrucción masiva

En el destierro de las Casas de la Judería, los asturianos celebraron un año más el Desarme. La conmemoración de una derrota militar convertida por Leopoldo Alas Clarín, entonces concejal del Ayuntamiendo de Oviedo, en fiesta cívico-religiosa.

La comunidad asturiana residente en Sevilla, amén de astures consortes, sentimentales o allegados, empezó a habituarse a esta tradición desde que la puso en marcha el restaurante Asturias cuando abrió sus puertas en diciembre de 1972. Cada 19 de octubre, en todos los restaurantes de Oviedo colocan el cartel de ¡Hay desarme! Y Sevilla, Nova Roma, se siente Vetusta en una celebración histórico-gastronónmica que se inició ayer y también tendrá lugar hoy y mañana.

El desarme conmemora la treta que las tropas isabelinas, partidarios de Isabel II, utilizaron para desarmar a las tropas carlistas, defensores de los derechos al trono del príncipe Carlos. Dos ramas dinásticas de Fernando VII, el Deseado Indeseable. El armamento utilizado para desactivar al enemigo era invencible: garbanzos con bacalao y espinacas, callos a la asturiana y arroz con leche. Hechos que pertenecen a la primera guerra carlista, ese conflicto que está en las novelas de Pío Baroja y que interesó al mismísimo Carlos Marx.

El restaurante Asturias de Ramón y Cajal era coetáneo de la Facultad de Económicas que empezó su andadura universitaria el curso 1971-72 con Manuel Clavero de rector y Manuel Olivencia como primer decano. Fieles a su cita con el desarme, ayer no faltaron Antonio Burgos y sus amigas las hermanas Cobo, que también lo son de Pepe Cobo, el galerista que apadrinó en los años ochenta a la hornada de pintores que expusieron en La Máquina Española: Agredano, Guzmán, Paneque, Espaliu, Cabrera...

El desarme recibe todos los años el premio Princesa de Asturias que este año llevará a Les Luthiers desde Sevilla hasta Oviedo, ciudad con una hermandad de los Estudiantes que sacan un paso al estilo sevillano y que a través del fotógrafo Paco Macías intentaron convencer a Antonio Burgos para que les pronunciara el pregón de la Semana Santa.

Con el desarme, la ciudad, como en el arranque de La Regenta, siempre duerme la siesta.

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