Plaza nueva - Miguel Sánchez Montes de Oca

"Kissinger prefirió ver la Magna Hispalensis a la Expo"

  • De lo local, concejal del Ayuntamiento, a lo universal, secretario general del Instituto de Cooperación Iberoamericana. Vivió las entrañas de la Expo y evoca a ochenta mentores en puertas de sus 80 años.

Testigo en primera fila de la Expo 92, Miguel Sánchez Montes de Oca (San Fernando, Cádiz, 1936) tiene una larga trayectoria política y una breve etapa de concejal. Se fue del Ayuntamiento a hacer las Américas, su pasión.

-¿Uno es de donde nace?

-El paisaje de la infancia marca la personalidad. Nací en San Fernando, una ciudad de marinos, sabios, astrónomos, ingenieros y salineros. Mis padres eran de Alcalá de los Gazules, el sancta sanctorum del socialismo andaluz.

-¿Y no se hizo socialista?

-La tradición de Cádiz es más bien anarquista. Mi madre era íntima amiga de la madre de Alfonso Perales. De allí es la familia de Alejandro Sanz. Una tía-abuela suya nos traía de niños los huevos de campo y el pan de pueblo.

-¿A qué viene a Sevilla?

-A estudiar Derecho y Filosofía. Yo no quería ser marino ni hacer Medicina. Sevilla era la asignatura pendiente de mi padre y me vine a vivir con mi abuela paterna, que vivía en la Puerta Carmona. En la acera de los Negritos, encima de Becerra, vivía Luis Uruñuela, con el que todos los días iba a las clases de Derecho.

-El que iba a ser su alcalde.

-Y mi amigo. Fue premio extraordinario en la Escuela Francesa. Al acabar al bachillerato, el Gobierno Francés lo invitó a París.

-¿Empiezan juntos en política?

-Somos de los fundadores de Compromiso Político, el origen del PSA. El legado de Blas Infante lo trajo un médico exiliado en la Sierra Norte. Alejandro Rojas-Marcos era el líder. Éramos liberales en cultura, socialistas en economía, demócratas en política.

-El tripartito soñado...

-Todos nos llevábamos muy bien. Alejandro y Felipe fueron muy amigos. Uruñuela se casó por poderes por Felipe. Fuimos a una reunión secreta en El Rinconcillo. Alguien hablaba muy bajito y pregunté quién era ese cura. Era Manuel Benítez Rufo, que sería alcalde comunista de Dos Hermanas.

-¿Iba para concejal?

-Me presenté a la Presidencia de la Junta preautonómica y de la Diputación Provincial. Escuredo y Manolo del Valle me ganaron por un solo voto. Me dolió mucho que los andalucistas no me votaran. Pero así es el sistema parlamentario. Es increíble que no lo entiendan los de la fuerza más votada.

-¿Cómo surge su vocación americana?

-Con nueve años cogía el tranvía en San Fernando para ir a estudiar a Cádiz y pasando por Cortadura me preguntaba qué habría al otro lado de ese mar tan inmenso.

-¿Y su primer viaje a América?

-En 1965, a México, a organizar una asamblea de Cámaras de Comercio. No existían relaciones diplomáticas con ese país. Llegan con el acuerdo de París. El ministro que la firmó, Santiago Roel, me descubrió a Pedro Garfias. Soy hijo adoptivo de Guadalajara y seguidor del Atlas, los zorros rojinegros que el domingo perdieron el derbi con el Chivas.

-¿Conoce la Feria del Libro de Guadalajara?

-Intentamos que la trajeran a Sevilla, pero lo boicotearon políticos y editores catalanes.

-¿Cómo vive la Expo?

-Entro con José Luis Ballester. Estuve en aquella primera visita del BIE cuando la Cartuja era un erial. Llegaron el mismo día que la selección de Brasil. Viví la crisis de Manolo (Olivencia), un problema de protocolo absurdo.

-¿Sevilla sigue siendo eje nuclear del americanismo?

-No entiendo que Madrid y Barcelona tengan una Casa de América, y Sevilla, con el Archivo de Indias, la Biblioteca colombina y la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, no la tenga. Espero que la creen en las Atarazanas.

-¿Por qué deja la política local?

-Porque me voy con Manuel Prado Colón de Carvajal. Un hombre que se entregó a Sevilla enamorado de una ciudad que fue ingrata e injusta con él. Puso en órbita la Biblioteca Colombina. Es una ciudad muy difícil que también fue ingrata con Pellón y Cassinello.

-¿Un pabellón de la Expo?

-Japón. Todo el mundo esperaba alta tecnología, robots, y vieron un pabellón de madera. Soy muy amigo de Eikichi Hazashiya, embajador, traductor de los diarios de Colón al japonés y tío de la princesa heredera Masako.

-¿Conoce la otra Guadalajara?

-El viaje a la Alcarria. La gente conoce menos el viaje de Cela a Andalucía. Arremete contra Romero Murube y dice que Sevilla es como una mujer a la que se quiere, pero no se la intenta comprender.

-¿A quién le enseñó la Expo?

-Al rey Simeón de Bulgaria, al hermano de Javierre, a Kissinger. Su mujer, Nancy, nos regaló a Vicente Lleó y a mí unos gemelos. Kissinger tenía más interés en ver la Magna Hispalensis que la Expo.

-¿Qué descubre en América?

-Venezuela nos enseñó que los populismos llegan cuando la gente se desengaña de los políticos y se vuelven endogámicos. Brasil no es un Estado, es un continente. Lula sacó a 26 millones de personas de la pobreza, aunque cayó en la corrupción. Con Morales y Correa mejoraron Bolivia y Ecuador. Siento este país como mío, de Guayaquil a Cuenca.

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