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  • Destino. El hallazgo de un libro de relatos de Roberto Bolaño junto a la Alameda sirve para recordar el paso del chileno por Sevilla un mes antes de morir, pronto hará quince años

Los hermanos Ángel y Pepe Malaver, con un ejemplar de 'Llamadas telefónicas' de Roberto Bolaño junto a la cabina de teléfonos de La Norte Andaluza. Los hermanos Ángel y Pepe Malaver, con un ejemplar de 'Llamadas telefónicas' de Roberto Bolaño junto a la cabina de teléfonos de La Norte Andaluza.

Los hermanos Ángel y Pepe Malaver, con un ejemplar de 'Llamadas telefónicas' de Roberto Bolaño junto a la cabina de teléfonos de La Norte Andaluza. / B. Vargas

Roberto Bolaño pasó por Sevilla un mes antes de morir. En junio de 2003 participó en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos organizado por la editorial Seix Barral cuando la dirigía Adolfo García Ortega. Un mes después, el 15 de julio, el escritor chileno que había asombrado a crítica y público con Los detectives salvajes (premio Herralde de novela) moría en Barcelona, a los 50 años.

Alguien dejó en el alféizar de una ventana de la plaza de la Mata un ejemplar de Llamadas telefónicas, un libro de relatos que Bolaño publicó en Compactos Anagrama. Un libro con algunos guiños sevillanos, como el relato titulado Otro cuento ruso, que narra las vicisitudes de un soldado sevillano en la División Azul. "No era un Dionisio Ridruejo ni siquiera un Tomás Salvador", dice demostrando un conocimiento de algunos de los integrantes de aquel ejército surrealista.

En el titulado Sensini, cuenta la amistad entre dos pobres hombres, dos escritores que se pasan media vida mandando sus textos a concursos literarios de media España. Se conocen como concursantes en el premio de Alcoy y reincidirán en los de Plasencia y Écija, ciudad que acoge un premio real de novela picaresca que ha ganado entre otros Francisco Núñez Roldán.

En la foto de familia del encuentro de Sevilla aparecen doce escritores en la efímera sede de la Fundación José Manuel Lara -al final de la foto se ve un busto del editor de El Pedroso- que estuvo en la calle Fabiola, así llamada por la novela del mismo nombre que publicó un natural de esa casa, Nicolas Wiseman, que terminó siendo arzobispo de Westminster.

La fotografía la realizó Elena Ramírez, que dirigió Seix Barral a partir de 2007. De izquierda a derecha y de arriba abajo, Fernando Iwasaki, Rodrigo Fresán, Ignacio Padilla, Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Jorge Franco, Iván Thays, Roberto Bolaño, Edmundo Paz Soldán, Gonzalo Garcés, Jorge Volpi y Cristina Rivera Garza.

Como en una Copa Libertadores de la literatura, en Sevilla, Archivo de Indias de las letras, se dieron cita hace quince años tres mexicanos, tres colombianos, dos argentinos, dos peruanos, un boliviano y el chileno Roberto Bolaño. Una condición geográfica y cultural que forma parte esencial de la mayoría de los relatos. Su ponencia en Sevilla la tituló Los mitos de Chtulhu, aunque admitía que debió haberla titulado De dónde viene la literatura latinoamericana. Las doce ponencias las publicó Seix Barral en el libro Palabra de América. En el texto, Bolaño bromeaba con el rechazo a ofertas para que visitara la Cartuja o un tablao flamenco. "Yo sólo voy a un rodeo mexicano, chileno o argentino".

Humor y desasosiego crecen a partes iguales en la mayoría de estos relatos que una mano anónima dejó en la plaza de la Mata. Dos lectores voluntarios se colocaron junto a una cabina telefónica como el guiño a un relato cuyo protagonista, como el que escribe estas líneas, le tenía pavor a los contestadores automáticos. Gerona es otro de los escenarios. La ciudad donde fue alcalde Carles Puigdemont fue la patria adoptiva de Roberto Bolaño. Allí coincidió con Javier Cercas, que reconoce la decisiva colaboración del escritor chileno en las pesquisas de Soldados de Salamina.

El relato Sensini, donde hace una parodia de los concursos literarios de provincias, obtuvo un premio de verdad, el de Narración Ciudad de San Sebastián, patrocinado por la Fundación Kutxa. En otro de los relatos, cargado de ácida ironía, se pregunta por qué a los malos poetas les gusta tanto Miguel Hernández. En su ponencia sevillana, hablaba de Borges como el canon y entre sus escritores admirados citaba a Juan Villoro, autor de una novela proverbial, Arrecife, y de un libro de fútbol imprescindible, Dios es redondo.

En el relato La Nieve, el protagonista chileno conoce a un compatriota en Barcelona, hijo de un funcionario del Gobierno de Allende y con dos aficiones muy vinculadas a la Embajada de la Unión Soviética donde obtuvieron refugio tras el golpe sangriento de Pinochet: el vodka y las novelas de Mijail Bulgakov, autor ruso al que consideraba el mejor escritor del siglo XX. Confesión que entre vodka y vodka hace en una casa donde tiene colgado un banderín del Colo-Colo, el equipo chileno del que llegó a España Carlos Caszely.

Enrique Martín, con el nombre del entrenador del Albacete, da nombre a un relato que Bolaño dedica a Enrique Vila-Matas. El personaje nace el mismo año que el escritor chileno, un guiño posiblemente autobiográfico. Como en el libro de relatos de José María Conget, aquí también se menciona a Unamuno.

El gusano es el primer relato de los incluidos bajo el epígrafe de Detectives. Desde la librería todos los días ve sentado al mismo hombre en un banco de la Alameda. Lee libros, cita uno de Albert Camus, y va al cine. Una Alameda imaginaria, o sin ciudad concreta, que se corporeiza con este hallazgo fortuito de un libro en una ventana y su azaroso viaje hasta una cabina de teléfono rodeada de grupos que participan en el ritual del desayuno.

"La vida, como dicen en las telenovelas, continúa", escribe en el primer párrafo de Llamadas telefónicas. Su leyenda literaria sigue creciendo a pasos agigantados. La del creador que encontró la chispa en episodios vulgares.

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