El mensajero de la ilusión

  • La salida del Heraldo, encarnado por Alesia Benvenutti, desde el Ateneo concentró a una multitud expectante

Es una semiótica maravillosa. Sólo viene para anunciarlos, pero no importa: la ciudad se volcó en esta sutileza de emisores y receptores. Viene con el mensaje de los Reyes y de paso para recoger las cartas para los monarcas de Oriente. Con la aparición del Heraldo por Orfila empieza la magia de este tiempo sin edad en el que los mayores vuelven a ser niños y los niños querrían ser mayores para verlo todo mucho mejor.

El del medio es el mensaje. Le llaman de muchas maneras: el Cartero real, el Mensajero. Es el Heraldo. La Heraldo. "Es una mujer. Se le nota en la sonrisa", dice una señora apostada en la esquina de General Polavieja. El Portón y los bares aydyacentes se han quedado vacíos, pero Dios es misericordioso y volverán a llenarse cuando el pueblo de la Nova Roma se disuelva. Muchos no lo hacen. Vieron al Heraldo entrar por Tetuán y vuelven a verlo salir por Sierpes. "¿Processioni?". Lo preguntan unas turistas italianas frente a El Cronómetro. Las familias se hacen fuertes en torno a los carritos de bebé, que logísticamente se convierten en carros de pacífico combate. Quizás sea la última ocasión en la que estos vehículos de los más pequeños se libren de la Pragmática que los quiere expulsar de las bullas de la Semana Santa y hasta de las visitas a la Alhambra. Entre los muchos carritos estaba el que ocupaba, bien abrigado y con los ojos bien abiertos, Fernando Zoido, el benjamín del portavoz del PP en el Ayuntamiento.

Una madre se turnaba alzando al niño y la niña. "Son mellizos", le explicaba a una señora que estaba detrás, que a su vez se lo contaba al marido. Todo se transmitía, empezando por la música. Sonaba el tema estelar de la banda sonora de Rocky. "Menos mal que no ponen música de cofradías. No es el momento", decía alguien.

Detrás de los músicos y los beduinos, los orientales. Se verían raros a sí mismos, vestidos tan de normal, José Luis Sáez (Melchor), Miguel Vilaplana (Gaspar) y Antonio Pulido (Baltasar). "Mira, los Reyes". El comentario de un adulto informado era contrarrestado por el quite de un padre atento. "No son los Reyes. Son los suplentes por si alguno se lesiona". Y es verdad. Ellos encarnan a los Reyes, pero no son los Reyes. Ellos también son heraldos. Embajadores de los jefes de un Estado que flota en el espacio y en el tiempo.

Alesia Benvenutti ejercía a las mil maravillas como Heraldo. La estampa de la amazona desde el Laredo, antaño montañés, con la Giralda al fondo, era un cuadro de Hohenleiter. Tan impagable que la madre cogió al chiquillo de meses. "Mi marido dice que el coche pesa tres veces más que el de Inma, pero lo tiene todo, hasta cambiador. No tengo que ir a casa para nada". Dos policías motorizados encabezaban el cortejo. Sus compañeros de a pie desahogaban las concentraciones procelosas, incluida una secta de cliclistas que querían pasar a toda costa.

Las cartas están en el buzón. El Heraldo ya leyó el Herald de Oriente. Lo demás es cuestión de tiempo. De muy poco tiempo.

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