Cooperación internacional

Dos médicos sevillanos remedian malformaciones físicas en el confín de Camboya

  • Íñigo Úbeda y Joaquín Cabezas, junto al barcelonés José Ramón García, aprovechan sus vacaciones para intervenir a pacientes indígenas y formar a enfermeros camboyanos.

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Un entregado grupo de médicos de Sevilla y Barcelona da, bisturí en mano y en una de las áreas más remotas de Camboya, un soplo de felicidad a los indígenas que arrastran malformaciones físicas.

Que un pie se apoye por la planta y no por el empeine era hasta hace poco una aspiración inalcanzable para estos camboyanos desatendidos por el precario sistema sanitario del país, a pesar de que la medicina actual puede remediar esa clase de defectos con relativa facilidad.

Para contribuir a revertir esta situación, un grupo de médicos españoles de la organización no gubernamental Acádica opera a los afectados por estas patologías y forma a médicos y enfermeros camboyanos en cirugía traumatológica.

Aprovechando sus vacaciones, los facultativos viajan una vez al año a Camboya para atender a los que no tienen recursos para acceder a una simple operación que les permita normalizar un poco sus vidas.

Este es el caso de las poblaciones indígenas de la provincia de Ratanakiri, al noreste del país, donde esta semana Íñigo Úbeda (Sevilla) y Joaquín Cabezas, de Fremap en Sevilla, y José Ramón García, de Fremap en Barcelona, han iniciado un nuevo proyecto tras haberse dedicado durante los últimos cinco años a poner en marcha un equipo de traumatólogos en el Hospital Pediátrico de Phnom Penh, la capital.

Por la mesa de operaciones de estos médicos que trabajan en España para Fremap pasan malformaciones que suelen ser congénitas, secuelas de poliomielitis o hasta efectos secundarios de los bombardeos norteamericanos que sufrió la aislada región durante la guerra de Vietnam.

"No sabemos exactamente las causas ni si el índice de afectados es superior al de, por ejemplo, España, donde estas malformaciones se tratan a los pocos días de nacer el bebé", explica Íñigo Úbeda, el pionero del grupo que empezó su cooperación en Camboya en 1998.

Camas sin colchón, barro abundante o familiares de enfermos haciendo una hoguera en el patio exterior de las habitaciones para cocer algo de arroz. Este es el panorama que uno ve en el hospital de Ban Lung, capital de Ratanakiri, donde se puso en marcha el nuevo proyecto.

Se trata de un centro de nivel elemental que, además, está dotado de facultativos camboyanos con escasa formación médica.

"Sólo saben hacer cosas básicas", dice García tras operar a Mom Cham Nieng, una niña de 15 años de la tribu tampuan, que desde que nació no podía extender tres dedos de su mano izquierda.

La falta de medios, incluso la de yeso para escayolar extremidades, es otro problema que los médicos españoles intentan sortear con los donativos de material que reciben.

"Aquí hacen la anestesia como se hacía en España hace treinta años", apunta Cabezas, anestesista del grupo y quien aprovecha cada operación quirúrgica para enseñar a los médicos locales las diversas maneras de dormir al paciente.

Durante la semana de trabajo en Ban Lung, por el pequeño y mal dotado quirófano, pasan una decena de pacientes de entre los cerca de un centenar de personas que hacen cola a diario frente a las puertas del hospital con la esperanza de poder ser atendidas.

Pies zambos, fracturas mal consolidadas, luxaciones de todo tipo, y dedos pegados a las manos forman el grueso del repertorio de males que sufren quienes acuden al dispensario.

"Con la mayoría no podemos hacer nada", señala Úbeda con resignación, aunque pese a ello, es capaz de atender a pacientes con otros problemas, como el de una mujer que pedía ser liberada de la chepa que le había producido un gran quiste de grasa alojado en su espalda desde hacía muchos años.

"Hacemos operaciones sencillas, que no requieran mucha rehabilitación ni tengan un postoperatorio demasiado complicado, que puedan asumirlo los médicos de aquí", destaca Úbeda mientras atiende a Srey Nieng, una niña de 3 años, a quien ha devuelto a sus dedos la movilidad tras una sencilla operación.

En esta región en la que una persona discapacitada es considerada una carga por la comunidad, aquellas que sufren malformaciones físicas sufren también cierta exclusión social.

"Hace dos años operamos a una mujer con los dos pies zambos que al terminar nos dijo que por fin podía encontrar un hombre y casarse", recuerda Úbeda.

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