'No, you can't'

  • Los críticos del PSOE presentan su retirada como si fueran víctimas del 'aparato' pese a carecer de suficientes apoyos

Esta vez el lema de Barack Obama -Yes, we can (Podemos)- no ha servido de mucho. La aritmética lo ha echado todo a perder. Eso y la nula capacidad para leer cuál es la situación real del partido de casi todos los principales referentes del denominado sector crítico del PSOE de Sevilla, que han obtenido un logro épico: perder el congreso que tanto ansiaban ganar justo antes de que éste llegara a abrir sus puertas. Realmente, no se puede pedir más. Quedará en los anales.

En realidad, lo ocurrido no debería sorprender a nadie. Se veía venir se mirase por donde se mirase al horizonte disponible. Quien no haya sido capaz, o no quisiera, descifrar la partitura que venía sonando en el PSOE sevillano desde hace bastantes meses es porque o no tiene el más mínimo oído o sencillamente no sabe leer música. La cosa saltaba a la vista para cualquiera que quisiera prestar algo de atención.

Los críticos no parecían ser capaces de ganar, entre otras razones, por una mera cuestión de técnica literaria: desconocían los elementos exactos con los que debe armarse cualquier ficción. Esa sensación de verdad que transmiten ciertas mentiras. La suya, al cabo, era una narración pretenciosa que nunca llegó a funcionar como debía. Su táctica consistía en una especie de variante del viejo tópico cultural de la juventud arrolladora. Esa teoría de que en el interior del PSOE de Sevilla existe una joven generación de dirigentes sobradamente preparados que es capaz de cambiar la forma de hacer política de la organización, hasta ahora controlada por los que -casi todos ellos- denominan como los mayores. La dialéctica que ofrecieron al militante se limitaba a elegir entre una teórica corriente de aire fresco que venía a renovar el socialismo en la provincia sevillana -donde el poder real del PSOE es omnímodo, casi obsceno- de manera casi espontánea, como por evolución natural, y una vieja guardia que no se dejaba quitar el juguete.

En realidad, las cosas no eran tan simples. O acaso fueran muy distintas. Porque, como nos enseñara Baroja, la juventud es sobre todo el territorio de la egolatría. Una vieja dolencia que en determinados supuestos, se cura con la edad, aunque en otras ocasiones permanece inalterable hasta la muerte del sujeto que la padezca. Dependiendo de cuál sea el carácter de cada cual oscila de tamaño y condición. Aunque suele provocar, entre otras variantes, exceso de osadía. De otra forma no se explica que, en lugar en los avales de los 429 delegados en disputa -el cuerpo electoral del congreso que hoy se iniciará con una única lista-, los críticos sustentasen todas sus opciones en crear la sensación de que todo podía cambiar. De que el cambio eran ellos. Una estrategia en la que resultaban esenciales los medios de comunicación más o menos afines, ciertas confidencias de café, al caer la tarde, y, sobre todo, la amplificatio de sus propuestas, ideas y planteamientos sobre el futuro del PSOE. Mientras más se les oyera en las plataformas públicas disponibles, más numerosos parecerían. Mientras más sensación de mayoría lograran dar, mayores serían sus opciones de llegar a ser una por el procedimiento de atraer apoyos de los militantes dudosos. Ésos que siempre quieren jugar a caballo ganador. Y, en definitiva, mientras más apoyos, más votos en el congreso. Al final, todo terminaba con una nueva era en el seno del PSOE de Sevilla. Nuevos tiempos. Hermoso, pero incierto.

Su discurso también requería para cuajar un orador y un tiempo escénico adecuado. En el primer capítulo acertaron a medias: Demetrio Pérez tiene una imagen distinta a otros dirigentes socialistas; su figura no estaba hasta ahora contaminada por cuestión alguna. En el segundo asunto decididamente se estrellaron con todo el equipo. Sobre el liderazgo de los críticos podría escribirse casi una tesis sobre cómo cometer todos los errores posibles. Primero porque tardaron mucho en dar la cara -nacieron como los críticos anónimos; un grupo que nunca se significaba de forma clara frente a la dirección provincial- y después porque no fueron capaces hasta al final, probablemente cuando ya era muy tarde, de fabricar un candidato con atractivo tangible para los propios militantes.

Durante una primera etapa todas las voces coreaban el nombre de Evangelina Naranjo, consejera de Justicia de la Junta y ex edil del Ayuntamiento de Sevilla, como la alternativa ideal para poder dar la batalla a Viera. Parecía tenerlo todo: era mujer, joven y, aunque con una experiencia política relativa, sin herencias negativas. Pero también tenía mucha prisa: tanta que su figura política se quemó muy deprisa al ser incapaz de marcar las mínimas distancias entre su papel orgánico -secretaria de la agrupación socialista de Miraflores- y el institucional. Esta confusión terminó por restarle opciones.

Amortizada Naranjo, las otras opciones disponibles se limitaban a Gómez de Celis, mano derecha de Monteseirín, y a Demetrio Pérez, delegado del Gobierno de la Junta en Sevilla. Celis, administrador de una importante cuota de poder en las agrupaciones urbanas de Sevilla capital, no quiso ir a la primera línea para no quemarse, aunque al final ha resultado en parte consumido por el fuego al aparecer como referente recurreente hasta el momento exacto en el que Pérez decidió ser el candidato. Éste, en cambio, era perfecto por su juventud y por la capacidad, desde su cargo, de ganar alianzas en los pueblos.

Los críticos sabían que para imponerse necesitaban, además de aparentar ser más de los que son, buscar aliados en la provincia, que es donde se ganan o se pierden -todavía- los congresos. Pero las cosas se torcieron. En parte por su idea de dejar que Monteseirín iniciara la carrera pidiendo a Viera que se retirase de la carrera por la secretaría general para dar paso a otra generación. Lo que estimaron que sería un activo político -el apoyo del alcalde, presidente de honor del PSOE- resultó un problema dado el grado de rechazo que éste despierta en ciertos ámbitos de la organización. Tanto, que Pérez trató de marcar distancias con el tren ya en marcha. Con escaso éxito. Mientras los oficialistas cerraban acuerdos con los delegados para obtener avales de sobra, los críticos apenas llegaban a los mínimos -un 25% de los delegados- necesarios para poder subir al ring de boxeo. Iban tan justos que la deserción de sólo una parte de sus apoyos -militantes que decían estar con ellos cuando en realidad también decían estar con Viera; socialistas que sólo pretenden aparecer junto al ganador- los dejó al borde el abismo. Aguantaron con el cuento hasta ayer. Pero la ficción se quebró como el cristal al no ser arropados ni por la dirección regional ni por la federal del partido. Había que rendirse. No, you can't.

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