Novena de abono de la maestranza

Tarde de escaso contenido

  • Luque corta una oreja a un sobrero de Parladé, en el cierre del festejo. La corrida de El Pilar-Moisés Fraile, sin poder alguno, noble y descastada. Morante se lució a la verónica.

Espectáculo muy pobre. Faltó el toro. Corrida de El Pilar, sin poder, flojísima, noble y descastada, en la que el tercio de varas se convirtió prácticamente en un simulacro.

El público aguardó con paciencia hasta el cierre en un festejo que caminaba por la senda del aburrimiento, a excepción de algunos pasajes breves, como el logrado por Morante a la verónica. Al final, el sexto titular fue devuelto por su invalidez y sustituido por un toro de Parladé, también flojísimo y muy noble. 

Daniel Luque intentó despertar las ilusiones del personal y recibió a su oponente junto a tablas del 5 con una larga de rodillas. El animal de Parladé coceó en el caballo reiteradamente al capote de un banderillero. Y, como había sucedido en toda la corrida, en este caso al grito de "¡Nada!", por parte del matador, nada o casi nada le picaron. Pese al cuidado, el toro perdió en dos ocasiones las manos cuando perseguía la muleta. Luque tardó en centrarse, intentando mantener en pie al astado. Por fin hilvanó dos series diestras -el pitón de dulce del astado- con muletazos de bella factura. Sonó en las postrimerías la música, con protestas de parte del público, mientras otros espectadores coreaban con oles un epílogo consistente en bellas trincherillas y otros adornos. El gerenense mató de estocada fulminante -decisiva para que los pañuelos ondeasen en los tendidos- y, por petición mayoritaria, le concedieron una oreja, de escaso valor si se tiene en cuenta que faltó toro.

Con su anterior, noble, Daniel Luque realizó un trasteo correcto, de escasa emoción para el público por la flojedad del astado.

Morante fue ovacionado al término del paseíllo por su actuación histórica del pasado lunes con el capote. El de La Puebla, tapado en un burladero, no correspondió al público desmonterándose. Sin embargo, sí correspondió, en gran medida, con su capotillo en la mano, con el que logró apasionar al público en su primer toro, en el que volvió a brillar a la verónica. Lo más brillante lo alcanzó en un quite en el que intercaló verónicas y chicuelinas, dibujando dos lances a la verónica en los que toreó con todo el cuerpo, marcando con ritmo el viaje del astado, muy suelto desde su salida. Aunque cuidó al toro en el tercio de varas, el animal se rajó de inmediato. 

Morante, que recriminó en su día la entrega de la Medalla de Oro de las Bellas Artes a Francisco Rivera Ordóñez Paquirri, le brindó la faena del cuarto, que quedó en nada. Porque de nuevo, lo que debía ser un toro bravo, resultó una res que apenas se tenía en pie, pese a que la cuidaron en el primer tercio. 

Miguel Ángel Perera -quien el año pasado abanderó el G-10, reivindicando derechos televisivos, por lo que le dejaron fuera de varias ferias clave, como la de Sevilla- descolló en actitud. Recibió a los toros de su lote con sendas largas cambiadas de rodillas. Con su primero toreó bien a la verónica, ganando terreno para cerrar con una vistosa media. Morante, máximo candidato al premio al mejor quite artístico, también logró puntos ayer para el premio al quite al riesgo, al meter el capote a tiempo para cortar la persecución del toro al banderillero Juan Sierra. Con la franela, Perera se mostró pétreo por su quietud ante el de El Pilar, un animal manejable y sin clase. El extremeño alcanzó lo mejor en una serie diestra marcada por la ligazón. Mató de entera muy caída y fue ovacionado.

Con el quinto, suelto y sin brío en los primeros tercios y que resultó muy flojo en la muleta, perdiendo las manos, Perera se extendió en una labor voluntariosa.

El final feliz para un público que ardía en deseos de que la tarde no se fundiera en negro, no debe ocultar que faltó toro, el rey de la dehesa, el pilar de la Fiesta. En este caso, los seis de El Pilar -el último con el hierro de Moisés Fraile-, pese a que les cuidaron y cuidaron en varas, como también al sobrero de Parladé, dulce guinda, resultó un blandengue pastel ganadero.

Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla

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