El vestido de Cristina Pedroche sigue dando que hablar.

De Pedroche a Pedroche

De Pedroche a Pedroche De Pedroche a Pedroche

De Pedroche a Pedroche

Menuda bronca que se está liando con el terno de transparencias que vistió la presentadora Cristina Pedroche para recibir el año. Reconozco de antemano que no la vi en directo, pues uno es conservador para ciertas cosas y en casa se confía en Ramontxu y en el olor a naftalina de su capa para cumplir con la liturgia de las uvas sin incidentes ni atoramientos ni excesivos calores. No quitó eso, claro, para que no le llegasen luego a uno imágenes de la Pedroche con su particular modelo ni para que no me alcanzase, aunque fuese en oleadas lejanas, el tumulto que el asuntó causó en las redes. Incluso la propia presentadora salió con garbo en su Twitter para explicar que ella se sentía libre de actuar como ha actuado y para subir un par de fotos suyas, más bien dirigidas a mujeres que a hombres, con el traje de marras y en plan: "Mirad y flipad, bonitas".

Leyendo el reguero de críticas subsiguiente, en el que se trufaban el machismo salivante, el feminismo juicioso, el radical aleccionador y moralino y hasta el catalanismo casposo, que se cuela hoy por lugares impensables, me entraron ganas de coger el coche y largarme al recio y hermoso municipio de Pedroche, villa histórica y monumental del Norte cordobés de la que doy por hecho que procede, aunque sea remotamante, el apellido de guerra de Cristina.

Ciudad antigua, más bien fría para estas calendas y con mucho de la vieja Castilla machadiana en su ADN, parece Pedroche un retiro magnífico para aislarse de la tontería y la simpleza que envuelven en este país a todo lo serio, y lo mismo da que sea 2015 que 2016.

Y es que si con división acabamos el año con división también lo empezamos hasta en lo más nimio y hasta el punto de confundir la libertad chiquita con la gran Libertad y un escote con un yugo para bueyes. Más Pedroche pues del nuestro, el del sillar, la torre, las viejas historias y el artesonado, y menos polémicas que pasado mañana serán olvido. Quizá podamos hablar entonces, incluso tranquilamente, del libre albedrío, el mercantilismo o el concepto individual de la dignidad. Por lo pronto, eso sí, la vida sigue igual.

FÉLIX RUIZ

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