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Día Internacional del Síndrome de Asperger

Acoso escolar: El gran enemigo del Asperger

  • La Federación Andaluza de Síndrome de Asperger urge a las administraciones a promover campañas de concienciación y leyes efectivas contra el 'bullying' "que no acaben culpando a las víctimas"

Actividades en la asociación Asperger Sevilla.

Actividades en la asociación Asperger Sevilla. / Juan Carlos Vázquez

"Se reían de mí"; "me ponían motes"; "me encerraron en el baño"; "me pegaban"; "me echaron un bote de sal en la comida para mofarse de mí"; "le expulsaron del colegio porque empujó una mesa hacia una chica cuando se reían de él"; "se llegó a llevar un cuchillo en la mochila instituto"... Las voces detrás de estos duros testimonios pertenecen a personas que tienen dos cosas en común: un diagnóstico de Síndrome de Asperger o TEA de nivel 1 –una variedad del Trastorno del Espectro Autista sin discapacidad intelectual– y el haber sufrido bullying o ser familiar de alguien que lo ha sufrido en su niñez o adolescencia, como ocurre con más del 90% de los menores que viven con este trastorno, según datos de diferentes asociaciones, a falta de registros oficiales.

Rafael Jorreto es el presidente de la Federación Asperger Andalucía y da voz a más de 1.700 familias andaluzas a través de las siete asociaciones que representa y que integran aquellos que sufren las consecuencias de este trastorno. Cuenta que "el diagnóstico no define a la persona". "Grosso modo es difícil describir cómo es la vida de las personas con Asperger porque los casos son muy diferentes, pero lo que sí tenemos claro es que es una vida más difícil", afirma rotundo. 

Jorreto advierte de que las personas diagnosticadas procesan la realidad de forma diferente al resto y eso le dificulta procesar estímulos, sobre todo, relacionados con la comunicación social. "Esto le complica, básicamente, el relacionarse con los demás. Hablamos de dificultades para procesar miradas, leguaje no verbal, un guiño o, simplemente, una intención concreta según la entonación de la voz. Es decir, no entienden el mundo social establecido a su alrededor", apostilla. O visto de otro modo, el mundo social no los entiende a ellos. Por ello, la sombra del acoso escolar o bullying siempre está detrás.

"No conozco personas con Asperger o familiar cuyo hijo o hija no haya sufrido acoso o marginación en el colegio. Es algo que no puede pasar desapercibido ya desde la etapa infantil cuando se empieza a ver que son personas a las que les cuesta relacionarse y tener amigos, por lo que empiezan a ser excluidos, por ejemplo, de las fiestas de cumpleaños", explica Jorreto. "Pero en la adolescencia la situación se agrava. Ahí es cuando se empiezan a hacer grupos sociales, a hacer quedadas y ellos ven cómo no se les llama o los tachan de raros. Como el Asperger es invisible visualmente, la sociedad se coarta menos a la hora de hacer mofas que con otros síndromes más visibles", añade. Como consecuencia, o no, pero los datos hablan por sí solos, "el índice de suicidio en estas personas es significativamente mayor que el de la población general, correlacionándose el aumento de intentos e ideaciones en la franja etaria que coincide con la etapa de educación secundaria", apunta Jorreto.

Actividades en la asociación Asperger Sevilla. Actividades en la asociación Asperger Sevilla.

Actividades en la asociación Asperger Sevilla. / Juan Carlos Vázquez

Así, desde la Federación Asperger Andalucía hacen hincapié en ese enemigo añadido al Asperger en la etapa escolar y cómo echan en falta que, desde el lado de la comunidad educativa, se haga "mucho más" a la hora de gestionar ciertos conflictos. "Una persona con Asperger no entiende las bromas y lo que para cualquiera no tiene importancia, para ellos puede ser un insulto", afirma su presidente, que apunta a una "falta de sensibilidad" en el contexto educativo, tanto de profesores como de alumnos. 

"Un año tras otro lo denunciamos y los centros escolares parece que no quieren saber nada de esto. Lo atribuyen a que son cosas de niños y no le dan la importancia que tiene o, aunque activan los protocolos de acoso escolar, al final vemos que no sirven para nada más que para descargar las responsabilidades a los equipos escolares. Todos en un centro escolar están obligados según ese protocolo a informar a la Dirección del centro lo que pasa, sea un profesor o un alumno, pero no funcionan. Parece que es una realidad que se tapa, algo vergonzante en la comunidad educativa. Falta iniciativa de la Administración y colaboración de los centros escolares ante esta lacra", apostilla.  

Otra cuestión que dificulta la detección del acoso, es que, por lo general, las personas con Asperger "son muy sufridoras", advierte Jorreto, y, por lo general, no lo cuentan en casa porque para ellos "es muy doloroso" y así aguantan esperando a que todo pase, pero no pasa, "y llega un momento en que explotan", afirma Rafael Jorreto.

Y esa dificultad para navegar adecuadamente en situaciones sociales, detectar e interpretar correctamente las señales del lenguaje no verbal, así como adquirir nuevas habilidades y conocimientos que no estén dentro de sus áreas de interés inmediato y, básicamente, de ser entendidos por los demás, que apuntan desde la Federación Andaluza de Asperger, es lo que ha marcado la infancia y adolescencia de todos los protagonistas de este reportaje. Dante, Beltrán, Maribel y Javier han sufrido o sufren acoso escolar en su infancia o adolescencia. Unos, se encuentran ya en otra etapa de su vida y han podido descubrir, aunque "muy tarde", lo que es ser feliz; otros se encuentran aún en esa lucha.

"El paso al instituto fue dramático"

Beltrán Sánchez es un ejemplo de lo primero. Hoy tiene 29 años, es socio y vicepresidente de Asperger Cádiz, está trabajando como administrativo tras superar sus estudios, pese a la crudeza de la realidad a la que tuvo que hacer frente durante muchos años, y, lo más importante, se considera "muy feliz". "Tengo mi sueldo, mi coche y, afortunadamente, todo esto quedó en el pasado", afirma. No obstante, echar la vista atrás, "todavía duele". "Es muy indignante porque ves cómo hay gente a tu alrededor que se ríe, no hace nada y, algunos, ni reaccionan", lamenta.

Beltrán junto a su coche. Beltrán junto a su coche.

Beltrán junto a su coche. / M. G.

Cuenta que todo empezó siendo un bebé, aunque el diagnóstico no llegó hasta los 11 años. "Ya mis padres ahí observaron que no les miraba directamente, por ejemplo. Y, con el paso del tiempo, no hablaba y tenía comportamientos hiperactivos y dificultades en el aprendizaje. En la Primaria ya se metían conmigo porque me veían inferior, por decirlo de alguna manera. Recuerdo que yo mismo me veía así. Era consciente de que no era capaz de hacer cosas que otros de mi edad sí hacían", cuenta abiertamente.

El desconocimiento y la falta de información y visibilidad de este síndrome es otro hándicap añadido que padecen las personas con Asperger. "Estuve años sin saber realmente que era el Asperger y eso también influyó en mi desarrollo conmigo mismo y con los demás. Entrar en la asociación me ayudó a conocer más profundamente lo que me pasaba y estar en contacto con otras personas con las que me sentía identificado y me ayudó mucho", afirma.

Cuenta que su "pesadilla" empezó con la entrada en el colegio y "estalló" en su etapa en el instituto. Los "peores momentos" de su vida llegaron en la adolescencia. "A los doce años me llevaron a un colegio privado, con normas más estrictas, con nuevo ambiente escolar y, además, coincidiendo con el paso a la Secundaria. Todo eso me catapultó y me hundió en una situación de infelicidad y desmotivación que, lógicamente, han marcado mi vida", añade. "El no tener amigos hizo que me desmotivara y me encerrara en mi mundo y me empujó a una depresión", apostilla rotundo.

Lamentablemente, Beltrán siguió sufriendo bullying hasta el Bachillerato. "Me pegaban, se metían conmigo, se reían de mí y me llevaron al límite. Estuve a punto de dar una patada voladora a uno de mis agresores. Nadie hacía nada por ayudarme, ni los maestros ni mis compañeros. Fue muy duro. En casa mis padres veían que yo no era feliz, que me hacían bullying y, básicamente, no tenía apoyos en los centros en los que he estado. Mi padre tuvo que dar un ultimátum y amenazar con llevar a la Inspección para que reaccionaran. Me llegaron a culpar a mí de que me hicieran esas cosas", manifiesta.

"Le alentaron a que se lesionara con unas tijeras"

El aislamiento y las burlas por ser Asperger también han formado y forman parte de la vida de Maribel y su familia. Sus dos hijos sufren este síndrome, cada uno muy diferente del otro, y también han sido víctimas del acoso escolar. Hoy tienen 18 y 16 años. Ella, paciente de salud mental desde los seis años, pero con un diagnostico que no llegó hasta los 13 aproximadamente; y él, cogido mucho más a tiempo, en la infancia cuando de manera fortuita en una revisión de su hermana le vieron signos compatibles con este trastorno.

"A mí es que me ha pasado de todo", enumera la sevillana. Lo que menos, cuenta la mujer compungida, que los invitaran a fiestas de cumpleaños. "Es un ejemplo, pero duele. Los padres lo pasamos fatal. Se sufre muchísimo", recalca.

Maribel junto a sus dos hijos. Maribel junto a sus dos hijos.

Maribel junto a sus dos hijos. / M. G.

Sobre su hija mayor, cuenta que en el colegio "estuvo más arropada", pero que la llegada al instituto fue "el no va más". "Una vez", recuerda con rabia, "le instaron a que se autolesionara con la tijera". "Me llamaron desde el instituto para avisarme y, aún así, ella siempre me lo negaba porque para ellos es duro también reconocer esa situación. Ahí sí creo que les pusieron un parte a los que la alentaron a agredirse, pero, por lo general, nunca he visto que los maestros hayan puesto de su parte, sólo la orientadora me ayudó. Ella tenía la etiqueta de rara", afirma.

El acoso no cesó y así describe Maribel el episodio más duro que ha vivido con su hija. "Se llegó a llevar un cuchillo al instituto en la mochila. No lo llegó a usar nunca, gracias a Dios. Ahora lo pienso y se me hiela el cuerpo. Ella sólo querría en defenderse porque se reían de ella y así llevaban muchos años. Lo llevaba dentro de un libro y nunca se lo vi. Me llamó la profesora porque se lo vieron otras compañeras", cuenta. Es la consecuencia más extrema del hartazgo que sufren estas personas a consecuencia del bullying. Lejos de servir para detectar que había un problema, cuenta Maribel que supuso una baza más para las risas de sus compañeros. "La empezaron a llamar la niña del cuchillo. Es muy lamentable todo", recalca.

Para Maribel era "todos los días un sinvivir", que luego se repitió con su hijo. "El paso del colegio al instituto es una bomba", comienza diciendo. Con él sí abrieron un protocolo de acoso, no obstante, la familia cortó por lo sano cambiándolo de instituto. Antes, había ido a quejarse muchas veces a la Delegación de Educación e, incluso, pusimos una denuncia porque le dieron un puñetazo en la cabeza, pero al ser menor, lo único que recibí fue una carta en la que se me decía que no se podía hacer nada. "Yo lo que siempre he tratado de explicar es que mi hijo es literal, que no entiende lo que es una broma y que puede tener reacciones, como tenemos todos, pero que, en su caso, tiene diagnosticado Asperger y no se tiene sensibilidad con ellos. Una de esas reacciones le costó una expulsión por empujar una silla hacia un grupo que se reía de él. No entendemos que esta sea la forma de abordar la educación de una persona con este síndrome. Ni los profesores ni los colegios están adaptados a estos niños", lamenta agobiada Maribel.

"Se peleaban por no estar conmigo en los trabajos en grupo" 

A Dante le diagnosticaron el Síndrome de Asperger hace dos años, cuando tenía 21. El bullying, no obstante, lo sufrió desde mucho antes de ponerle nombre a este trastorno. También mucho después. "Puedo decir que he sufrido acoso escolar, prácticamente, desde el inicio de la Primaria", cuenta. "Me daban de lado, no me hablaban e, incluso, se peleaban por no estar conmigo en los trabajos en grupo", agrega el sevillano.

Dante en una imagen reciente. Dante en una imagen reciente.

Dante en una imagen reciente. / M. G.

Lo peor vino tras el paso al instituto. "Los motes que me pusieron en el colegio se propagaron y gente que yo no conocía de nada se metía conmigo", sostiene. El acoso que sufrió por sus nuevos compañeros de centro escolar le llevó a dejar la ESO. "No aguantaba más y fue una decisión muy difícil. Lo que más me gustaba en mi vida era aprender y me quitaron de eso", afirma. "Me costaba mucho entender por qué se metían conmigo, me ponían motes o se reían se mí. Me veían diferente a ellos", cuenta Dante, que puntualiza que, además de tener Asperger, es una persona trans. "Yo intentaba interactuar con la gente de mi edad y veía que se reían. Los profesores en la ESO hablaban conmigo y me culpaban de no acercarme a los demás. Me decían que intentara yo socializar. No se daban cuenta que lo intentaba, pero sabía como hacerlo. Me he llegado a autolesionar por eso y he tenido conductas suicidas, pero nadie sabía dar la importancia que tenía. Era muy frustrante", afirma.

Sí tuvo el apoyo incondicional de sus hermanos. Uno mayor, que también sufrió bullying; y otra, su gemela, también acosada -cuenta Dante- "por el simple hecho de defenderme". Las quejas continuas de su madre en el centro no sirvieron de nada. "La sensación es que era más fácil ignorarlo, que intentar poner solución", apostilla.

A los 21 años llegó el diagnóstico y con él llegó el abandono de ese ambiente hostil. Aunque a Dante le quedó en un principio la sensación de que el bullying le arruinó la vida por su sueño era ir a la Universidad y el abandono de los estudios no se lo permitió, logró ingresar en un Ciclo Formativo de Grado Superior y empezó de nuevo. "Empecé a ver qué es que te traten bien, con respeto y recibir ayuda, que es algo que durante mis años de estudio nunca había tenido", lamenta.

Por todo ello, desde la Federación Andaluza de Asperger aprovechan hoy, Día Mundial del Asperger, para insistir en la necesidad de realizar "una exhaustiva revisión de los protocolos de acoso escolar y suicidio en el ámbito educativo por su manifiesta inoperancia".  "Urgen campañas de concienciación y unas leyes efectivas contra el acoso escolar que no acaben culpando a las víctimas", asegura Jorreto, quien denuncia "la falta de implicación activa de los profesionales de la educación que en ocasiones detectan las familias de personas en el espectro". "La discapacidad no existe cuando el entorno es solidario; mientras tanto, necesitamos leyes de protección. Es importantísimo el apoyo de los compañeros de clase, que son los que detectan primero el bullying", recalca. Porque un Asperger, de entrada, puede que no sea consciente.

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