Arte

El esfuerzo de los profesionales

Juan Bosco Díaz Urmeneta

Crítico de arte

Año de contrastes. Las instituciones restringen y recortan, y el mercado del arte se dispara. Algún centro de arte ve sus recursos reducidos a niveles del año 2001 y el mercado internacional también regresa pero a las abultadas cifras del año 2007, cuando las agencias de calificación financiera derramaban su bendición sobre las hipotecas subprime. El alza del mercado del arte tiene nombres orientales: Meng Wang, un clásico del siglo XIV, Beihong Xu, enlace entre la pintura tradicional china y las vanguardias, y sobre ambos, Baishi Qi, coetáneo del anterior pero con una visión más popular de la pintura china. Cierto que, entre las ventas destacadas del año hay obras de Clyfford Still y Roy Lichtenstein, y algo más rezagados, los incombustibles Picasso y Warhol, pero cabría citar una decena de autores chinos que en conjunto impulsaron y sostuvieron el alza del negocio del arte en 2011.

Habrá quien piense en una nueva burbuja o quienes anuncien un desplazamiento de la hegemonía cultural. Sea de ello lo que fuere, merece la pena por el momento señalar dos aspectos que se antojan relevantes: el auge de las ventas en la red y la progresiva importancia que adquieren las empresas de subastas. Ambos dan que pensar. Los pesimistas auguran un retroceso de las galerías de arte. El protagonismo de las subastas no se limita a la venta: las grandes firmas, prácticamente multinacionales, y sus delegaciones o franquicias organizan muestras, poseen y administran una vasta información y aun se permiten disponer servicio de bar para los clientes. Frente a estas iniciativas, ¿qué puede hacer el sufrido galerista que ha de esforzarse en cuidar a sus artistas, vender sus obras y promover en su ciudad la presencia del arte más actual?

Si el futuro de las galerías parece difícil, el presente lo es más para los centros institucionales. Responsables políticos y gabinetes de estudio de entidades financieras insisten en el valor del conocimiento y la cultura para salir de la crisis. Pero tales declaraciones no rebasan el umbral de la intención y a la hora de asignar recursos manda la escasez. Los catálogos se simplifican o incluso desaparecen, las exposiciones se alargan en el tiempo y las compras para la colección se restringen. En medio de esta languidez hay sin embargo una ganancia: la labor de los profesionales. Exposiciones como Locus Solus o la dedicada a Elena Asins en el Reina Sofía, la que en el Guggenheim contraponía los trabajos de Brancusi y Serra, la dedicada a David. D. Duncan por el Museo Picasso de Málaga o la titulada La canción como fuerza social transformadora en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo han sido otros tantos momentos fuertes del arte del año. Añadamos aún la muestra del Centro Guerrero que trazaba paralelos entre Hitchcock y Buñuel, y la breve pero densa de Luc Tuymans en el Centro de Arte de Málaga.

Estas exposiciones, especialmente las realizadas en los centros públicos, han sido posible gracias al conocimiento y sagacidad de los profesionales que dirigen esas entidades. Ideas nuevas, originales, no demasiado costosas han generado muestras dirigidas más a la reflexión del espectador que a la exitosa imagen pública. Exposiciones como la ya citada Locus Solus o en general, las organizadas por el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo han rastreado conexiones entre aspectos muy diversos de la cultura que generalmente no salen a la luz. Algo parecido ocurre con los paralelos trazados entre Kippenberger y Picasso (Museo Picasso Málaga) o el ya citado entre Hitchcock y Buñuel. Estas iniciativas oponen al mal tiempo una imaginación crítica fecunda, de interés para aficionados, útil para estudiantes, y fértil en general, para quienes quieran superar la fachada de nuestra cultura. Incluso la sustitución del catálogo por publicaciones más modestas pero más densas es ventajosa.

No faltan sin embargo nubarrones. Más acá de las restricciones, hay instituciones decididas al parecer a prescindir de estos profesionales. Lo acontecido en Laboral, en Gijón, un centro dedicado al arte de nuevas tecnologías, aún puede tener excusa: no se renueva el contrato a Rosina Gómez-Baeza (en la práctica, fundadora del centro) ni se convoca nuevo concurso, pero la dirección recae sobre un experto, colaborador de la directora cesante, Benjamin Weil. Más confuso es que el Centro Niemeyer, también en Asturias, se mantenga en dique seco y es del todo injustificable el cese de Josep Ramoneda en la dirección del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y su sustitución por una persona cuyo mayor mérito es gozar de confianza política. Las ansias de fiscalización y control pueden devaluar los centros de arte y cultura, y dilapidar esfuerzos hechos durante años. Sobre todo si, más allá de esos afanes, se perciben los puestos de dirección como compensación para quienes no tuvieron sitio en los nuevos mapas de responsabilidades políticas. Sería sobre todo una torpeza porque en tiempos de escasez, la información, contactos y conocimientos de un profesional del arte son difícilmente sustituibles.

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