Monika Buch 70's | Crítica

Un arte que forma la mirada

  • La galería Rafael Ortiz acoge una muestra de la valenciana Monika Buch, en cuya obra se dan la mano el ascetismo y el rigor analítico, sin que por ello resulte seca o fría

Una de las obras de Monika Buch que se muestran en la galería Rafael Ortiz. Una de las obras de Monika Buch que se muestran en la galería Rafael Ortiz.

Una de las obras de Monika Buch que se muestran en la galería Rafael Ortiz. / D. S.

Las piezas que expone Monika Buch (Valencia, 1936) en la galería Rafael Ortiz son gratas a primera vista pero una mirada rápida apenas disfrutará de ellas. Detengámonos en una gran espiral fechada en 1979. Sorprende por su exacto trazado y porque parece emitir seis rayos de luz azul. Examinándola con calma, veremos que en realidad son seis las espirales sucesivas. Nacen cada una en el centro, donde forman un preciso hexágono, y cada una está compuesta, al parecer, de rombos encadenados. Vemos entonces que los pretendidos rayos azules resultan de la coincidencia mutua de la parte más ancha de los sucesivos rombos. Obras así nos enseñan dos cosas: la primera, que la percepción no es pasiva, los ojos actúan, forman, construyen. La segunda, que esa primera mirada puede ser, si no engañosa, precipitada y por tanto, nunca está de más el análisis.

No dejemos aún la espiral. Puede enseñarnos algo más. He dicho que la componen rombos encadenados. Es simplemente una descripción pero quizá esas formas estén pensadas de antemano. ¿De dónde vienen? Lo descubrimos en una obra fechada poco antes, en 1975, donde también domina el azul. Es un hexágono irregular (o un cuadrado con sus vértices cortados) dividida en cuatro cuadrantes. Cada uno se compone de pequeños prismas cúbicos con distinta orientación: en las cuadrantes superiores los prismas miran, por así decir, hacia fuera, a izquierda y derecha, y en las inferiores, se dirigen o miran hacia dentro. Recorriendo con atención la figura se advierte que de los prismas más alejados del centro sólo aparece la cara superior reducida a un rombo. Así, cabe suponer, se han generado los elementos de la espiral: no son figuras caprichosas sino proceden de prismas cúbicos vistos en perspectiva. Tenemos, pues, una nueva conclusión: las formas de Monika Buch se han construido según leyes geométricas y ópticas, sin que por ello las obras resulten tediosas, secas o frías.

Obra de la artista valenciana. Obra de la artista valenciana.

Obra de la artista valenciana. / D. S.

Las dos obras examinadas destacan por la exactitud del lenguaje con que se han construido. Lo mismo puede decirse de un dibujo a lápiz y tinta fechado en 1978. La primera mirada quizá vea en ella solo un enrejado, incluso algo embarullado. Puede que por eso mismo se examine más de cerca. Quien lo haga descubrirá en él un gran cubo, cada una de sus doce aristas compuestas por siete prismas cúbicos pequeños alineados. La obra entonces se ordena y es posible advertir como la obra es generativa: la superposición de volúmenes genera módulos posibles. Esta superposición, en otras obras puede ser, en apariencia, más caprichosa: las redes de prismas cúbicos superpuestos, en vez de coincidir entre sí, van girando. Así ocurre en las dos figuras de un dibujo de 1979 y en un cuadro (acrílico sobre tabla) de 1975. Los giros no forman un caos ni un remolino. Marcan un ritmo tan ordenado y potente como los fragmentos fugados que Beethoven introduce en algunas de sus piezas más ordenadas. Los giros nos llevan a otra característica de la obra de Buch: el ritmo, que la emparenta con el arte cinético.

Finalmente, el color. El caso más claro es una de esas figuras que parecen alternativamente un hexágono o un cubo. La pieza está fechada en 1974 y en ella el color pasa del rojo al violeta pasando por el azul y el ultramar. Nueva conclusión: esta forma de arte no está reñida con la sensualidad.

Otra de las piezas de Monica Buch. Otra de las piezas de Monica Buch.

Otra de las piezas de Monica Buch. / D. S.

Monika Buch fue la única persona nacida en España que fue alumna de la Escuela de Ulm, heredera, tras la Segunda Guerra Mundial, de la Bauhaus. Por eso su obra entronca con un arte, surgido hace ahora poco más de cien años, empeñado en investigar las formas puras y en construir sus obras según un lenguaje fijado de antemano al que se atienen con rigor.

Es un arte ascético porque, como dijimos más arriba, es analítico. Los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial son de prudente reflexión en el arte y en el pensamiento. El arte volvió sobre las formas para examinarlas y el pensamiento lo hizo sobre su vehículo principal, el lenguaje. El análisis de formas hizo al arte consciente de ser construcción: qué formas son las más fecundas, cómo pueden generar las más variadas obras y cómo pueden aplicarse al diseño de muebles, tejidos, enseres y aun viviendas, con la consecuencia de una vida mejor. Es un arte ascético pero no necesariamente frío: el cultivo del color y del ritmo, como he intentado mostrar, impulsan con frecuencia la emoción. Pero no es una emoción falsa porque el espectador puede calibrar su alcance: la misma obra potencia la actividad de la percepción. Por eso, esta forma de arte, al ser fértil para la formación de la mirada y del pensamiento, posee un alto potencial pedagógico. Estas son algunas claves del trabajo de Monika Buch y quizá también la razón por la que la muestra satisface a la mirada y al pensamiento.

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