La vida sigue igual (1-2)

Lleida-Betis · copa del rey

Garrido comprueba en sus carnes el ritmo impropio de un equipo que no reaccionó ni a su puesta de largo como entrenador El pase copero, ante un Lleida con diez, casi sentenciado

Javier Mérida

06 de diciembre 2013 - 11:57

Juan Carlos Garrido tiene demasiado trabajo por delante. Quizá más del que él ni ningún entrenador sea capaz de efectuar con la plantilla que hoy tiene a su disposición. Ésta es la principal conclusión que puede extraerse del partido perpetrado ayer por los catorce hombres que eligió para su puesta de largo como técnico del Betis. Si alguien es capaz de atisbar el más mínimo cambio con lo ya visto esta temporada, sencillamente está mintiendo.

Y la culpa no es, en absoluto, del técnico valenciano. Vaya esta aseveración, realizada desde el conocimiento, siempre por delante. Garrido ha dispuesto de apenas tres días para trabajar con sus futbolistas, aunque da la sensación de que el panorama no va a cambiar por más que tenga una vida entera. La plantilla es la que es, la que sirvió a los que la confeccionaron para dispararle a Mel en la nuca de forma de cruel, y da para lo que da, para ganarle de forma ajustada a un equipo de Segunda B con sólo diez futbolistas sobre el césped.

Se podrá argüir que es pronto, que el rival no motivaba lo más mínimo, que enseguida se vio que todo sería una pantomima por la expulsión del portero de los ilerdenses... Pónganse sobre el tapete todas las excusas que se quieran, pero que un equipo no reaccione a un cambio de entrenador, que siga jugando casi a ritmo de veteranos y que despache una segunda parte saldada con un tibio lanzamiento a puerta de Chuli es para coger el rosario y sobar las cuentas.

Y eso que el encuentro comenzó de la mejor manera posible, gracias a la jugada más injusta que existe en el fútbol, la del penalti y expulsión de un portero por una jugada en la que, de buena fe, llega tarde al balón. Si las milésimas hubiesen obrado en contra de Jorge Molina, apenas hubiese señalado el árbitro falta en contra, ni siquiera una tarjeta amarilla, como se vio en otra jugada posterior en la que encima el alcoyano estaba en fuera de juego. Pero fue el guardameta, indefenso ante un estúpido reglamento, el que se retrasó en el noble encuentro de dos jugadores que sólo apostaban por jugar el balón. Y era el minuto 4...

Conste que Jorge Molina fallaría la pena máxima ante Fran Perales, sustituto del expulsado Pau Torres. Pero disputar todo el partido frente a diez futbolistas que moran dos escalones más abajo...

Lo aprovechó el Betis porque Barreda, creyéndose oculto, usó sus manos para cometer otro penalti que el juez de línea vio y Verdú, con un lanzamiento rayano en el ridículo, convirtió. Minutos después, el nuevo portero del Lleida, que hace dos temporadas perteneció a la cantera nervionense, emborronó su parada anterior desde los once metros y otras dos en sendos cabezazos de Chica y Paulao, abundando en un error de Biel Medina para regalar el 0-2 a Jorge Molina tras un despeje fallido.

El descanso cayó sobre el Betis sin que éste arrojase señales de cambio. Mucho pase horizontal, algún cambio de juego de Nono, dos virguerías de Verdú y uno de los problemas de siempre: salvo Jorge Molina, no hay futbolista que tire un desmarque, que la quiera al espacio.

Atrás, el Betis no fue exigido, pero en la reanudación incluso se mostró incapaz de disimular sus vergüenzas. Andersen es un manojo de nervios, con los pies y con las manos, y su zaga, endeble sin igual, se contagia encima de ello. El equipo, pese al sostén de Reyes, perdió metros y el Lleida, sin ser nada y con diez, hasta fue capaz de hacerle un gol. En fuera de juego, pero en medio de una pasividad de la defensa y, sobre todo, del portero danés inadmisibles.

Este Betis, que hubiese sido noqueado por cualquier rival de medio pelo e incluso daba la sensación de que por el propio Lleida si hubiese gozado de un efectivo más, no reaccionó. Siguió jugando al ralentí, a las claritas, como si no existiese la portería contraria. Nono chutó alto desde lejos y Chuli, sobrepasado el minuto 80, disparó aseadamente a las manos de Perales. A eso se reduce el trabajo ofensivo de los hombres de Garrido, quien trató con la entrada del atacante onubense y, posteriormente, de Salva Sevilla de activar, sin éxito, el juego de los suyos.

El resultado, lógicamente, es lo de menos. Y encima es bueno. Pero la imagen que ofreció el Betis debe dar que pensar a los que tan desmañadamente manejan las riendas de este club. Aunque vistos los conocimientos deportivos que albergan casi mejor confiarlo todo al quehacer de Garrido. Total, así la cosas seguiría igual que hasta ahora, porque a la fecha el único pilar que sostenía este edificio era su entrenador. Y si muchos piensan hoy que Mel hubiese sido capaz de sacar a este ejército de mediocres hacia adelante, como ya demostró durante su vasta trayectoria heliopolitana, sólo hay que desear que su sustituto sea igualmente válido para evitar el batacazo que se atisba. Porque digo yo que el objetivo del club, ahora que se han cepillado al madrileño, ya sí será la salvación. ¿O no? Pues incluso para eso es necesario obligar a Bosch, antes de que le den boleto a él también, a que saque el dinero de la caja y lo ponga sobre el césped. Y si en vez de Stosic fichan por consejo de dos o tres intermediarios, mejor. ¿O alguien se cree que la llegada de Pabón fue fruto de un seguimiento exhaustivo? Que no se quede en el tintero: el pase a la siguiente ronda está casi finiquitado. ¡Faltaría más!

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