Un cuerpo infinito | Crítica Inmensa, sideral Olga Pericet

Olga Pericet con bata de cola y castañuelas en un momento de la pieza. Olga Pericet con bata de cola y castañuelas en un momento de la pieza.

Olga Pericet con bata de cola y castañuelas en un momento de la pieza. / Claudia Ruiz Caro

No es que se parezcan bailando. Todos saben que con Carmen Amaya se rompió el molde. Pero una cosa al menos tienen en común la Capitana y la Pericet: las dos tienen un cuerpo menudo que toma proporciones de gigante al subir a un escenario.

Porque solo un gigante, una bailaora en plena madurez, sobrada de técnica y de alma, podía salir airosa de este mano a mano con una de las bailaoras más legendarias de la historia como es Carmen Amaya.

Un cuerpo infinito, estrenado en mayo del pasado año, es uno de los pocos espectáculos de gran formato que se han visto en esta Bienal. En él se nos presenta un universo fantástico, dominado por una gran luna que puede convertirse en un océano, ese por el que, con mucha fatiga, llegó a América la bailaora, o en una pantalla donde vemos a la catalana en una de sus más célebres grabaciones.

Sus habitantes, con sus trajes espaciales, se disponen a emprender un viaje cuántico, sin tiempo, con paradas en distintos momentos de la vida de la bailaora fallecida en 1963. Entre una y otra etapa, largos silencios siderales, una respiración…

Con ese planteamiento, como se puede imaginar, cabe absolutamente todo: los pantalones y las camisas de amplias mangas junto a la bata de cola -y a unas magníficas castañuelas- y a los trajes de brillo que tanto gustaban a Carmen; las caderas que cimbrean, los pitos, las palmas supersónicas, los pies de vértigo, la Cuba de los años 40 o el ambiente de los club nocturnos neoyorquinos en los que Amaya actuaba -como el Beachcomber- y adonde acudían cada noche para aplaudirla artistas como Charles Chaplin o Grata Garbo.

Este viaje circular, repetimos, permite también, en el terreno musical, pasar del flamenco -un garrotín con música coral, la rondeña de Montoya en la guitarra de Antonia Jiménez, unos preciosos tangos de Triana, un taranto o las proverbiales alegrías de Carmen- al Sing, sing, sing, de Benny Goodman, las canciones de Antonio Machín o el Todo tiene su fin de Medina Azahara.

Junto a los flamencos -dos cantaores, una guitarra y percusión-, una trompeta y un cuarteto vocal ayudan a completar el amplio abanico de números musicales, ambientados mediante un incesante movimiento escénico, en nuestra opinión en ocasiones gratuito. Un ir y venir que unas veces enriquece y otras alarga las escenas en detrimento de ese río de esencias y de sorpresas inesperadas que suele caracterizar los espectáculos de la creadora cordobesa.

En el centro de todo, respaldada por un gran equipo de profesionales, aparece Olga Pericet. Sideral e inmensa, con una técnica apabullante y un bagaje vital que le permite –Alicia a través del espejo- no solo confundirse en el reflejo de la energía, de la fuerza descomunal e indesmayable de Carmen Amaya, sino también en su fragilidad, en su dolor.

Así, bailando como nunca, Pericet va poniendo su alma -y su amplísimo vocabulario- en los reflejos que recibe, creando a su paso imágenes que son pura poesía, riéndose y girando bajo la luna como una niña, con la melena y la cola blanca al viento, como esa que la fotógrafa Colita inmortalizara por los aires. O como en esa conmovedora escena en la que, de negro, multiplicada en otros cuerpos, pasea por una playa solitaria llena de conchas y baila de forma entrecortada y desgarrada, agarrándose a esos riñones que acabarían cruelmente, trágicamente con la vida de Carmen.

La bailaora al final del espectáculo, sola con los ecos de Carmen Amaya. La bailaora al final del espectáculo, sola con los ecos de Carmen Amaya.

La bailaora al final del espectáculo, sola con los ecos de Carmen Amaya. / Claudia Ruiz Caro

Al final, las dos bailaoras se funden por alegrías en una antigua grabación sonora. Imaginamos a Carmen sobre un pandero, con Sabicas y su padre ‘El Chino’ detrás, pero vemos a Olga sola, raíz y vuelo, libertad creadora del siglo XXI. Inmensas las dos, pero Olga, por suerte, es feliz presente.

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