Diego Villegas I Músico

Soplos de aire fresco

Diego Villegas en un momento de su concierto con la Electro-Acoustic Band. Diego Villegas en un momento de su concierto con la Electro-Acoustic Band.

Diego Villegas en un momento de su concierto con la Electro-Acoustic Band. / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Dinámica, luminosa y alegre la música de Diego Villegas es un soplo de aire fresco. Su propuesta es una invitación a la felicidad y remueve del asiento porque nos recuerda que el mundo -y los otros- merecen la pena. Es decir, Cinco, el disco que ha estrenado en la Bienal con la vibrante Electro-Acoustic Band, propone un intenso viaje musical por las influencias más cercanas del sanluqueño (desde la música clásica a los ritmos afroamericanos o latinos, pasando por el jazz o la música oriental) que pretende subrayar lo importante que es mirar alrededor para reconocerse y encontrarse a uno mismo.

Aquí, por tanto, encontramos a un Villegas más sólido y seguro que, con una energía desbordante, supo conectar rápidamente con el público manteniendo un excelente equilibrio entre lo emocional y lo virtuoso, entre la melancolía y la esperanza, entre la sensibilidad y el descaro. Sin renunciar jamás a la natural flamencura que saca de sus instrumentos. Entre otras cosas porque lo que hace el artista desde el saxo soprano y tenor, la armónica, la flauta y el clarinete es cantar, hasta el punto de que a través de sus vientos escuchamos las letras.

Pero, además, al margen de la coherencia de la propuesta y de la excelencia de la banda (a los que pudimos disfrutar en sus infinitos matices), la grandeza del artista al que ahora se rifan las principales figuras de lo jondo, está en la cercanía que transmite. Dicho de otro modo, Villegas toca para que se le entienda y se le disfrute. De ahí que su menaje vitalista huya de lo oscuro, lo pedante o lo pretencioso y se muestre sincero y transparente, con la misma dosis de fuerza que de inocencia.

De su riquísimo repertorio de tientos-tangos, alegrías, guajiras, rumbas o canciones nos emocionó especialmente la serrana Conexión, en la que jugó con los volúmenes y la intensidad del clarinete para hacernos pasar por todos los estados de ánimo. O en los tangos Morente on my mind donde su afilada armónica y la inspiradora guitarra eléctrica de José Recacha nos llevaron de Triana a Granada. O en la soleá Shakuhachi, que fue un despliegue de compás y de gusto. También hubo sorpresa final con la arrebatadora María Terremoto que, como una negra gitana, pasó de cantar At last, el conocido tema de R&B versionado entre otras por Celine Dion o Beyoncé, a salir por bulerías acordándose de la Paquera. Demostrando, una vez más, su versatilidad y su arrojo. En definitiva, una inyección de optimismo que, como ellos mismos recalcaron a través de sus pañuelos rojos, recuerda que sin cultura no hay futuro.

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