Verano del 85 | Crítica La invención del (primer) amor

Una imagen del nuevo filme de François Ozon. Una imagen del nuevo filme de François Ozon.

Una imagen del nuevo filme de François Ozon.

Corre el verano del 85 en un pueblo de la costa normanda, en la radio suena The Cure y en los cines proyectan Footlose. Un joven sale al mar en un pequeño velero y queda atrapado en la tormenta; a su rescate, otro joven de adónico aspecto lo remolca hasta el puerto. Empieza la amistad y pronto salta la chispa. Así arranca esta nueva cinta del prolífico François Ozon que parece buscar ecos autobiográficos y generacionales en la novela original de Aidan Chambers (Dance on my grave), a través de una de esas historias estacionales de (auto)descubrimiento que determinan el carácter y la personalidad al tiempo en que retratan la complejidad del tránsito, el dolor del primer amor, la forja de una identidad adulta.

Ozon propone un aparente distanciamiento novelesco sobre sus materiales para desdoblar el relato en dos tiempos y reconstruirlo con un pretexto judicial. Nuestro protagonista narra desde un presente autoconsciente y literario los acontecimientos de aquel verano, los encuentros y aventuras, el fuego lento previo a la pasión (eludida) de los cuerpos, la aparición de los personajes satélite, la chica inglesa, el profesor homosexual, los padres y la madre, que configuran este marco de promesas y desinhibiciones atravesado por el carpe diem y el coqueteo con la muerte.

Ozon se aleja del naturalismo estacional de Rohmer para desplegar su gusto por la narración sintética y especular, lo que no se traduce aquí necesariamente en buenas soluciones de puesta en escena, principal lastre de un filme a veces preso de su literalidad y que verbaliza ideas y sentimientos que quedan suficientemente claros sin necesidad de la palabra.

A pesar de su juego autoconsciente, Verano del 85 no deja de ser un filme de angst adolescente y salida del armario a plena luz veraniega y bajo la protectora distancia del tiempo que busca intensificar sus emociones entre espectadores que se contentan hoy con la nostalgia de la juventud perdida y los ecos de su banda sonora.