Ánimas | Crítica Luces de colores, lo pasaré mal

El segundo largo de José F. Ortuño y Laura Alvea discurre por un mismo concepto eminentemente escenográfico y visual que el de aquella The extraordinary tale (2014) estirada más allá de lo recomendable en su formato de cuento de hadas macabro.

La dirección artística, los decorados, la iluminación y unos voluntariosos efectos especiales buscan referencias en Argento, Carpenter y compañía (¿Psicosis a estas alturas, de verdad?) para inundar la pantalla de homenajes cinéfilos a través de pasillos siniestros, suelos kubrickianos, luces de neón, espejos abismados, puertas y pasadizos a otras dimensiones que conforman un cansino catálogo de lugares comunes del género, aderezados también de músicas a todo volumen y efectos sonoros en busca de sugestiones que devienen más bien sobresaltos.

Se trata aquí de indagar en la psique traumática y el duelo adolescente sobre modelos de importación para traerlos a una producción local en la que, ay, los dos actores neófitos que la sostienen, Clare Durant e Iván Pellicer, carecen de la entidad y las prestaciones necesarias para que el trip alucinado de ilusiones, pesadillas, fantasmagorías, desdoblamientos y transferencias adquiera una mínima consistencia más allá de lo anecdótico.

El tramposo galimatías narrativo y los pobres diálogos de este artificio pirotécnico tampoco ayudan mucho a dar solidez (adulta) a una propuesta que se mira demasiado el ombligo en sus capacidades miméticas olvidando lo esencial: que no se debe aburrir ni tomarle demasiado el pelo al espectador por muy adolescente que éste sea.