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Cine

El mundo al borde del mundo

  • Debolsillo publica en tres volúmenes el famoso manga 'Old Boy'. Se estrena su nueva adaptación a la gran pantalla, dirigida por Spike Lee.

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En 1991, con tres años de retraso, pudo verse en el Festival de Sitges una película de animación japonesa que estaba dando mucho de qué hablar desde su estreno: Akira (1988) de Katsushiro Otomo, basada en la monumental obra gráfica del propio director, que descubrió a muchos aficionados la singularísima y a menudo desconcertante concepción del tebeo japonés, el llamado manga. Del impacto mundial del filme daría cuenta un par de declaraciones: Moebius colocó al director a la par de grandes maestros del cine nipón como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi; el polémico, polifacético y poliédrico Alejandro Jodorowsky, más inspirado, lo comparó al poeta Arthur Rimbaud. En la viñeta y en la pantalla, Katsushiro Otomo dio rienda suelta a su fantasía para elaborar un relato exasperado, y por momentos exasperante, ambientado en una megalópolis del futuro, Neo Tokyo, castigada diariamente por atentados terroristas, controlada con mano dura por el ejército, y recorrida en raudas motos por jóvenes que, a falta de nada mejor, matan el tiempo matándose entre sí.

Esa idea trágica de que la vida es sólo una sombra que pasa, una comedia llena de ruido y furia en manos de un histrión, tiene muy hondas raíces en el manga. Esa visión del mundo al borde del mundo, de encerrona y callejón sin salida, está también presente en Old Boy, una excelente serie escrita por Garon Tsuchiya e ilustrada por Nobuaki Minegishi, que se publicó entre 1996 y 1998 en la revista Weekly Manga Action. La serie fue recopilada posteriormente en ocho volúmenes; en España, el sello Debolsillo la ha reunido en tres. Tal como ocurriera con Akira, Old Boy fue una película antes que un cómic, avalada asimismo por el Festival de Sitges, que le concedió el Premio a la Mejor Película en 2004. El film homónimo, una producción de Corea del Sur, se llevaba la acción a Seúl, lógicamente. El director, Park Chan-wook, prescindió además de la animación a la hora de poner en imágenes la desquiciada experiencia al límite de Oh Dae-su (que significa "Relacionándose con gente" en coreano), un tipo con una excesiva querencia por la bebida a quien encierran durante quince años en una habitación, con una televisión como único contacto con el exterior.

La película estaba obligada a hacer cambios sustanciales en el libreto; téngase en cuenta que debían resumirse más de mil quinientas páginas en dos horas de metraje (lo que se llevó por delante acciones y motivaciones que probablemente dan más aliento al relato gráfico). No contento con ello, Park Chan-wook aumentó las distancias con el material de partida al introducir elementos truculentos y pasionales en la historia, que convertían su adaptación en una propuesta tan insensata como absorbente, muy distinta, aunque en el fondo, uno y otro, filme y cómic, cada uno a su manera, ilustren la tragedia de un hombre común que aprende, y a qué precio, el inmenso daño que pueden hacer unas pocas palabras dichas sin pensar. En el recuerdo del cinéfilo permanecen indelebles varias escenas del largometraje, como ésa en la que el protagonista se come un pulpo vivo [sic], y resuena una sentencia en la que rebulle una de esas pequeñas verdades con que intentamos descifrar el mundo: "Ríe, y el mundo reirá contigo. Llora, y llorarás solo", dice Oh Dae-su. Ni la escena del pulpo ni esta sentencia están en el cómic.

El relato de Tsuchiya & Minegishi, a pesar de la extravagancia de la anécdota, está planteado como un juego de inteligencia y expuesto con encomiable mesura: Shinchi Goto, el protagonista, permanece diez años de reclusión forzosa en una especie de cárcel gestionada por la Yakuza, la mafia japonesa. Goto es puesto en libertad tal como fue retenido, de repente y sin explicaciones. Su única obsesión a partir de entonces será responder a las dos preguntas que ha estado haciéndose ese tiempo: ¿Quién lo ha encerrado? ¿Y por qué lo hizo? El desarrollo de los hechos, sin embargo, lo obligará a replantearse la última cuestión: lo inquietante no es saber por qué lo encerraron, sino por qué lo han dejado en libertad en este preciso momento.

Old Boy -cuya nueva versión cinematográfica, dirigida por Spike Lee, llega esta semana a las salas españolas- utiliza una historia de venganza para colocar a los personajes ante un dilema de índole moral: la venganza actúa como una fuerza catártica, un revulsivo que saca lo peor de ellos, y no sólo; la venganza escarba en la tierra del tiempo y saca al descubierto secretos que habría sido conveniente dejar enterrados. El guión es notable; el trabajo gráfico, admirable: algunas viñetas son de un hiperrealismo deslumbrante, si bien los personajes están caracterizados según unos patrones familiares para el lector de cómic. En cualquier caso, Old Boy es una obra lo suficientemente rica y abierta como para enganchar al lector a secas.

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