De capa y cola (Un paréntesis en las vísperas)

El otro morado

Estas personas que ven aquí no esperan, flanqueando los caprichos del cielo, entrar a un templo donde hay montado un besamanos para gozo de la vista (y de lenguas ponzoñosas). No aguantan una cola para gloria (o penitencia) de los priostes. Estas mujeres que llegan hoy de la capital y allende el Aljarafe aguantan el tipo y todo lo que haya que aguantar para renovar el rito que trae marzo.

Cuando la primavera asoma ya por la esquina, aunque este año más bien lo que parece que asoma es el mes de los difuntos, la antigua calle Alcázares es un río de promesas depositadas junto a una humilde tarima, donde la sobria madera fue el último cobijo para un cuerpo que nunca conoció la corrupción del tiempo.

Albas tocas las reciben con una media sonrisa que dibuja una virtud llamada caridad y una condición que muy pocos alcanzan: la humildad. Sobre sus pechos la cruz que les da el apellido. Y en las manos una flor que escapa de liturgias procesionales: la violeta. El otro morado de la Cuaresma.

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