El don | Crítica

Función social del arte

  • Sexto Piso publica 'El don', un ensayo sobre la faceta social del arte, escrito en los 80, cuya repercusión ha sido mayor al otro lado del Atlántico, quizá por una distinta concepción de "lo público" en las economías de influencia anglosajona

El poeta y ensayista Lewis Hyde (Boston, 1945) El poeta y ensayista Lewis Hyde (Boston, 1945)

El poeta y ensayista Lewis Hyde (Boston, 1945)

En el prólogo, Margaret Atwood recuerda que su primer contacto con el autor de El don fue en el año 84, cuando había comenzado a escribir El cuento de la criada en aquel Berlín hendido del “Check Point Charlie”. Dicha precisión, sin embargo, no es episódica o subordinada a la cuestión principal. Y ello porque lo principal, en El don, no está lejos de la Guerra Fría ni de la concepción del arte en las economías capitalistas. Quiere esto decir que Hyde está más interesado en las repercusiones colectivas del arte, o en la posibilidad misma de la creación artística en las economías occidentales, que en una valoración histórica del hecho creativo. Siguiendo a Mauss, a Malinowski, al influjo de las ciencias sociales de la entreguerra, Hyde postula el arte como un don, como una ofrenda, cuyos vínculos antropológicos, religiosos y de todo orden son los que aquí se ponen de relieve, frente a una acusada mercantilización del arte y del artista.

Esta obra de Hyde no está lejana de aquellos versos de Machado: "todo necio/ confunde valor y precio".

Recordemos que este mismo temor es el que afligía, un siglo antes, a William Morris y su Arts & Crafts, cuya preocupación no puede deslindarse de las consideraciones estéticas y sociales de John Ruskin, y tampoco de los versos de Machado (“todo necio/ confunde valor y precio”), que nacían de una misma inquietud finisecular por dos cuestiones determinantes: la originalidad y la pureza, asediadas por la industrialización, y en consecuencia, por el artista bohemio, mercenario de sí, que ya se arrellanaba en los cafés y en las redacciones.

La diferencia entre Morris y Hyde es, mayormente, una cuestión de óptica. Si el XIX simbolista aún creía en la individualidad sagrada y mistérica del Poeta, amenazada por la producción en masa, en el Occidente de finales del XX es el arte como exudación social, como moneda anímica (el don), aquello que peligrará por las exigencias de Moloch. Este último temor es el que aquí expresa Hyde, con los altos ejemplos de Whitman y Pound, como corderos sacrificiales de aquel mundo repetitivo y en venta que lirificó Andy Warhol.

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