Coplas a la muerte de su padre | Crítica 'Pues se va la vida apriesa'

  • Cálamo publica una cuidada reedición ilustrada del gran clásico de Jorge Manrique con prólogo de Luis Alberto de Cuenca

Jorge Manrique (c. 1440-1479) retratado por Juan de Borgoña.

Jorge Manrique (c. 1440-1479) retratado por Juan de Borgoña. / D. S.

Ediciones Cálamo, con la complicidad y el apoyo del Ayuntamiento de Navas de Paredes y la Diputación de Palencia, ha publicado una ejemplar edición de Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (1440-1479), que ilustra profusamente Miguel Macho. Hace los honores con un breve pero contundente prólogo a la obra Luis Alberto de Cuenca, que asegura que éste es su poema favorito de la literatura española, lo que es decir mucho pues es conocido su saber profundo y nutrido de nuestras letras.

No cabe cuestionarse sobre la oportunidad de una edición de estas características porque publicar una obra como la que tenemos entre manos siempre viene a cuento, aunque no deja de ser un acto de valentía poner de nuevo a disposición del lector una de las obras capitales de la literatura en nuestra lengua, aunque nos tememos que no muchos pueden a estas alturas entenderla. El apoyo de las instituciones ha permitido, sin duda, la calidad de la factura de esta edición que Luis Alberto de Cuenca califica como canónica y que reproduce "la llevada a cabo recientemente por el gran medievalista Vicenç Beltran".

Los coloridos dibujos de Miguel Macho que ilustran estas Coplas a la muerte de su padre funcionan como glosas. El dibujante ha trabajado concienzudamente para trasladar a sus imágenes el sentido último del texto. Por eso él mismo se encarga de explicar, al final del libro, el criterio que ha seguido para desarrollar cada ilustración. Estos breves comentarios se configuran como una interpretación personal del poema que va más allá de lo meramente visual.

Aunque ahora habría manifestaciones de protesta en defensa de la infancia, hace algún tiempo las Coplas a la muerte de su padre eran lectura obligatoria en los institutos. Los estudiantes, de apenas 14 o 15 años, se enfrentaban con cierto apuro y con más o menos entereza a las dificultades que les ofrecía el castellano del siglo XV, con su ortografía vacilante y sus construcciones sorprendentes. En esas en apariencia sencillas estrofas de pie quebrado algunos aprendimos casi todo lo que necesitábamos saber de la vida, porque en las cuarenta coplas de este poema sorprendente Manrique compendia la sabiduría de la reflexión, el dolor de la pérdida y la honda experiencia de la vida.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Muchos de los que ahora tenemos más de 50 aprendimos que "nuestras vidas son los ríos / que va a dar en el mar" y nunca lo hemos olvidado, como tampoco hemos olvidado que la vana fortuna, que la fama terrenal, no es comparable, siquiera una sombra, del gozo del paraíso divino, que es, según entienda cada cual, el cielo prometido por la religión o simplemente despedirse del mundo con la conciencia tranquila. Desde que el poeta de Paredes de Navas nos lo explicó con imágenes sutiles y precisas tampoco hemos olvidado que nos iguala la muerte, que a todos llega y en estos días sentimos tan cercana.

Jorge Manrique nos enseñó también –y aún puede enseñar al que quiera sentir su elocuente susurro– el valor de una conmovedora despedida. Estos versos profundos y ligeros a un tiempo destilan sutilmente el dolor por la muerte del padre, el maestre de Santiago Don Rodrigo Manrique, que falleció el 11 de noviembre de 1476; pero estamos ante un dolor contenido que no gusta de estridencias. Manrique no olvida las ofensas que un día profirieran a su progenitor, pero no las nombra con venganza, sino para contraponerlas a la bondad y la sabiduría del que ya nunca ha de volver a ver.

En estas coplas aprendimos también casi todo lo que es necesario saber de literatura porque ninguna obra despliega como ésta los temas principales y los tópicos literarios que han marcado la educación libresca y sentimental de generaciones a lo largo de los siglos. Dice Luis Alberto de Cuenca en su prólogo que Las coplas a la muerte de su padre son "referente irrefutable e incontrovertible para los escritores de hoy", aunque algunos de ellos ni lo sepan, podríamos añadir.

Cada vez que Manrique se pregunta "¿Qué se hizieron las damas / sus tocados, sus vestidos / sus olores?", todos nos cuestionamos sobre el paso de los años y su devastador recorrido, "pues se va la vida apriesa / como sueño". El paso del tiempo es el tronco central de estas coplas que se bifurcan en apretadas ramas que alcanzan de lo más alto a lo más cotidiano.

Leer por primera vez las Coplas a la muerte de su padre en esta preciosa edición es un lujo, releerlas, además, un delicioso y nostálgico reencuentro que nos aliviará del barullo de estos tiempos oscuros con la claridad de la inteligencia. "Casi todos los españoles sabemos de memoria por lo menos alguna estrofa de tan maravillosa creación poética", apunta Luis Alberto de Cuenca en su introducción. Ojalá.

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