entrevista | alexis ravelo "En la práctica, el único poder en una sociedad es el económico"

  • El escritor canario aborda en la novela ‘Un tío con una bolsa en la cabeza’, publicada por Siruela, la genealogía y la naturaleza de la corrupción

Alexis Ravelo (Las Palmas, 1971) profundiza en su último libro en el tema del turismo y el desarrollismo. Alexis Ravelo (Las Palmas, 1971) profundiza en su último libro en el tema del turismo y el desarrollismo.

Alexis Ravelo (Las Palmas, 1971) profundiza en su último libro en el tema del turismo y el desarrollismo. / D.S.

–'Un tío con una bolsa en la cabeza' parte de una escena que es el propio título. Una circunstancia que el propio protagonista considera de dudoso éxito a la hora de transformar en novela.

–Entendí que era la única manera de contar esta historia. Al final, nuestro trabajo consiste en encontrar buenos argumentos que nos permitan hablar de temas de calidad. No creo mucho en que un autor tenga que tener un estilo determinado y ser fiel a eso, sino que tiene que contar su historia de la mejor forma posible. Toda esa escena sale de una anécdota que le ocurrió a una concejala de urbanismo de un municipio turístico de Tenerife, a la que atracaron y luego se olvidaron de quitarle la bolsa.

–Vuelve usted a las cuestiones del turismo y el desarrollismo, como en La ceguera del cangrejo. Pero el protagonista, Gabrielo, parece el reverso tenebroso de César Manrique...

–De hecho, Un tío con una bolsa en la cabeza se escribió casi a la vez que La ceguera del cangrejo, porque a la hora de elaborar esa novela trabajé con mucha documentación, muchos sumarios, muchos abogados y activistas ecologistas que luchan contra la fagocitación turística. Pero no me dio tiempo de profundizar en la figura de los villanos clásicos, de corte económico, cosa que ésta sí me ha permitido de sobra, que además parte del monólogo interior.

–En la figura del, digamos, mentor, Colacho, se entiende por qué parte de la derecha cree que el poder es suyo por derecho...

–En la práctica, en una sociedad el único poder es el económico, y ese siempre es de la derecha. Colacho funcionaba muy bien como mentor del personaje y Gabrielo es un personaje bastante inculto, pero el Viejo, no: podía apuntalar cositas literarias y filosóficas, algún guiño oculto para el lector cómplice, porque Gabrielo es un tipo al que apaleas y caen bellotas. Colacho da un perfil muy interesante como eslabón perdido entre el franquismo y la democracia. El Viejo Colacho es hijo de un cacique de siempre, que hacia la mitad de la dictadura descubre lo que va a ser la tajada del turismo, y se aleja de Falange y se acerca a los tecnócratas y el Opus, preparándose muy bien para cuando llegue la democracia. Son los que educan a la casta que va a venir después, y les enseñan las maniobras para que todo cambie para que todo siga igual. A través de él analizamos, además, el árbol genealógico de la corrupción en España.

–Las dinámicas de poder que refleja el libro resultan, en efecto, muy familiares. ¿El escenario canario las cambia en algo?

–En todos los caldos cuecen habas, pero en Canarias sólo cuecen habas. En Canarias la corrupción siempre ha estado muy vinculada al turismo de sol y playa; las comunidades que no son costeras, claro, han tenido otros problemas. Todos los pueblos tienen su cacique: en Canarias también, pero aquí influyen además la insularidad y el alejamiento. Llega un punto en el que, si no quieres entrar en la rueda del clientelismo, te tienes que ir de la isla. Las redes clientelares son mucho más eficientes. Yo tengo la inmensa suerte de vivir de lo que escribo, tengo libertad. Pero quien trabaja en la construcción, la hostelería o en un gabinete de prensa, como mínimo se ve obligado a mirar hacia otro lado.

–También apunta al efecto de las redes y las plataformas en el periodismo. Como gremio nos hemos quejado mucho, pero sin duda tenemos una gran penitencia. Lo que no sé si tenemos es salvación...

–En tiempos de sociedad líquida, las redes sociales, toda esta supuesta democratización de la cultura y de la información puede acabar perfectamente terminando con el oficio de periodista. Muchos pseudoperiodistas tienen miles de seguidores, pero ofrecen información no contrastada, no saben lo que es un código ético... Pero el problema con los medios de comunicación y el control por parte del poder siempre ha existido. A todo eso se le suma un problema de ruido en el canal, de verdades que no pueden nunca comprobarse.

"Las redes sociales y la 'democratización' de la sociedad pueden acabar con el oficio de periodista"

–Refleja también la progresión de la política española, con la rutilante aparición de “neoconcitos y perroflautas”. Alguno diría que tampoco hay tanta diferencia.

–Para qué llamarte otras cosas, si te puedes denominar liberal. En los últimos años hemos visto cómo ciertas formaciones políticas se han adueñado de ideologías y descripciones que no les corresponden en absoluto. Aunque yo creo que la nueva política sí que puede aportar: al menos, da un poco de aire fresco porque el bipartidismo olía ya a cerrado, a Cánovas y Sagasta. Un Parlamento nos representa a todos... si nos representa a todos. Si deja atrás minorías, deja mucho que desear: la democracia es vivir en un sistema que respete a las minorías. Con la aparición de nuevos grupos muchas formaciones tuvieron que democratizarse un poco más. ¿Cuál es el problema? Si esas formaciones que aportan una alternativa acaban entrando en el juego de los partidos tradicionales y sus relaciones con el poder económico, se ven socavadas. Cuando salen facciones alternativas es normal que el sistema termine fagocitándolas. Los poderes fácticos intentan, si no atacar, al menos instrumentalizar a esos partidos.

–Una obviedad que subraya mucho en la novela, y ante la que parecemos estar ciegos, es que no hay corrupto sin corruptor.

–Y es que nunca hemos acabado con los corruptores. Cuando, al final, un fiscal o la Guardia Civil llevan ante los tribunales un gran caso de corrupción aparecen un par de cabezas de turco. Nos olvidamos de quién los corrompió, y ha habido grandes casos de corrupción en España en el que los donantes se han ido de rositas. Esta transparencia que reclaman los partidos nuevos y ha llegado al discurso siempre va a ser sólo un mecanismo aparente.

–¿Cree que es una dinámica que pueda cambiar?

–Es muy difícil cambiarla porque es un asunto de mentalidad y una forma de estar en el mundo. Pero es una cuestión individual, no colectiva. No nos han educado para conformarnos con lo que tenemos y llega un momento en que lo mismo estás a gusto, en un equilibrio entre lo que trabajas, ganas y descansas... Y mucha gente de lo que tiene sensación es de que se estanca. Vivimos en ese tipo de sociedad. Mientras no nos eduquen para ser felices con lo que tenemos, va a ser difícil.

–¿Hambre atrasada? 

–El asunto es mucho más profundo que el sistema económico, el momento político o los distintos ámbitos en los que actúa la corrupción. Es más personal y, al mismo tiempo, más profundo. Vivimos en una sociedad en la que se nos educa en que nada tiene límite. Individualmente genera angustia y a nivel colectivo es horrible. Una pregunta que me hago en esta novela es: ¿qué es lo que hace que alguien como Gabrielo Sánchez Santana se convierta en un personaje así? ¿Qué podría hacer que yo me convirtiera en alguien así? Es muy fina la línea. Viviendo en el sistema en el que vivimos y habiendo sido educados así, ahí podemos caer todos.

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